sábado, 16 de diciembre de 2023

Panamá en el camino al cambio social para el cambio ambiental

 Si en el plano ambiental hemos ingresado de golpe en el Antropoceno al calor de la lucha contra la minería metálica a infierno abierto, el saber y el hacer aún dominantes en nuestra sociedad son, en el mejor de los casos, los del desarrollismo liberal de la segunda mitad del siglo pasado. 

Guillermo Castro H. / Para Con Nuestra América

Desde Alto Boquete, Panamá


“como ellos los del Arte, nosotros tenemos los monumentos de la Naturaleza; como ellos catedrales de piedra, nosotros catedrales de verdor; y cúpulas de árboles más vastos que sus cúpulas, y palmeras tan altas como sus torres”

José Martí, 1881[1]


A medida que se torna más compleja la crisis socioambiental que encaramos, ganan en importancia los problemas relacionados con la mitigación de sus efectos y la adaptación a sus consecuencias. Dado que uno de los factores de mayor gravedad en esa crisis radica en el colapso de los ecosistemas que organizan la vida en la Tierra, se presta atención cada vez mayor al impacto de ese colapso sobre los servicios que esos ecosistemas ofrecen al desarrollo de nuestra especie.

 

Estos problemas ganan en claridad al referirlos a conceptos como los de biosfera y noosfera, elaborados hacia la década de 1930 por el biogeoquímico ruso Vladimir Vernadsky. [2] Así, la biosfera designa el ámbito del sistema Tierra en el que la vida crea las condiciones para su propia existencia, y se constituye en una fuerza geológica de alcance planetario al crear procesos y elementos que no existirían sin ella, como la presencia de oxígeno en la atmósfera y la de hidrocarburos en el subsuelo, la formación de suelos y la de de rocas calcáreas que eventualmente se transforman en granito. 

 

La noosfera, por su parte, designa el ámbito de la biosfera transformado por el hacer y el saber que distinguen a la especie humana. En lo cotidiano, esos términos equivalen aproximadamente a los de naturaleza y ambiente, si entendemos al segundo como el producto de los procesos de trabajo socialmente organizados mediante los cuales nos relacionamos con nuestro entorno natural.

 

Vista así, la crisis socioambiental expresa el deterioro de las relaciones entre la biosfera y la noosfera generado por el desarrollo del mercado mundial. En ese deterioro desempeña un importante papel el colapso de ecosistemas asociado a la expansión urbana, y la extracción incesante de recursos naturales y la generación masiva de desechos de la producción y el consumo. Así, en 2011 Will Steffen et al señalaron cómo “la erosión de los servicios ecosistémicos, es decir, [de] aquellos beneficios derivados de los ecosistemas que sustentan y mejoran el bienestar humano, durante los últimos dos siglos” generaba “consecuencias no deseadas sobre el sistema global de soporte vital que sustenta la empresa humana en rápida expansión, que se encuentran en el centro de los desafíos interconectados del siglo XXI.”[3]

 

Al respecto los autores presentaron una visión de tales servicios organizada en dos grandes grupos, elaborada a partir de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio 2005.[4] El primer grupo correspondía a la oferta de bienes y servicios, “usualmente llamados ‘recursos’”, que incluyen “alimentos, fibras y agua dulce (recursos naturales) y, ahora, abarcan además combustibles fósiles, fósforo, metales, y otros materiales derivados de los recursos geológicos de la Tierra.”

 

El segundo consistía en dos grupos de servicios ecosistémicos. Uno correspondía a servicios de apoyo, como “el ciclo de nutrientes, la formación del suelo y la producción primaria”, necesarios para el buen funcionamiento de los sistemas agrícolas, “que algunos llaman también ‘recursos ambientales’”. En una escala más amplia, incluían también “procesos geofísicos de beneficio para la humanidad”, como “la provisión a largo plazo de suelos fértiles […], los flujos ascendentes de la circulación oceánica que traen nutrientes desde las profundidades del océano para sustentar muchos de los ecosistemas marinos que proporcionan alimentos ricos en proteínas,” y el papel de los glaciares como una infraestructura natural “de almacenamiento para el suministro de recursos hídricos.”

 

El otro grupo ofrecía servicios de regulación considerados “gratuitos”, como el control ecológico de plagas y enfermedades y la regulación del sistema climático mediante la absorción y almacenamiento de carbono por los ecosistemas, que contribuyen a mantener “un entorno propicio para la vida humana”. Esto incluye, por ejemplo, el almacenamiento de carbono por los ecosistemas, como parte de “un servicio regulador más amplio del sistema terrestre”, “el conjunto de reacciones químicas en la estratosfera que continuamente forman ozono, esencial para filtrar la radiación ultravioleta biológicamente dañina del sol, y el papel de las grandes capas de hielo polares en la regulación de la temperatura.” 

 

Con todo, al referirse a elementos de la biosfera desde su significado para la noosfera sin considerar la relación entre ambas como un proceso histórico de interacción mediado por el trabajo, se pierde de vista el vínculo entre categorías como las de elementos (naturales) y recursos (económicos), y aun las de naturaleza y ambiente. Desde otra perspectiva, el economista norteamericano James O’Connor (1930-2017) consideraba a esos servicios ecosistémicos como parte de un conjunto más amplio de condiciones naturales de producción, que abarcan “la contribución de la naturaleza a la producción física, independiente de la cantidad de tiempo de trabajo (o la cantidad de capital) aplicado a la producción.” 

 

Al respecto, decía que el mercado  trataba “a las condiciones naturales de producción como mercancías ficticias”, de donde resultaba que 

 

Con un ingenio a la vez torturado y excéntrico, los economistas neoclásicos intentan hoy asignar precio al aire limpio, a los paisajes atractivos y a otros elementos de interés ambiental; a la vida silvestre, e incluso al bosque húmedo tropical. Sin embargo, por mucho capital que se aplique al suelo, a los acuíferos y a los yacimientos minerales, éstos son producidos por Dios, que no los hizo para la venta en el mercado mundial. [5]

 

Esto, por otra parte, no excluye el hecho de que, en ese mercado, la ley del valor opera en la relación biosfera / noosfera en lo que hace a la transformación de elementos presentes en la primera en recursos que demande la segunda mediante el trabajo. En este sentido, los llamados servicios ecosistémicos hacen parte de la biosfera y como tales pueden incluso ser considerados gratuitos desde el punto de vista de la producción mercantil. Su ausencia, sin embargo, encarece los procesos productivos que hacían tal uso gratuito de ellos en sus primeras fases de su desarrollo. 

 

Con ello, el colapso de ecosistemas genera un mercado de servicios ambientales que hace parte de la noosfera, en cuanto estos producidos para compensar la pérdida de los ecosistémicos. El mercado al que se destina esa producción abarca, por ejemplo, todo lo que va desde la captura de gases de efecto invernadero a la restauración de ecosistemas degradados, y la gestión de los desechos que hoy contaminan y alteran el funcionamiento de todos los ámbitos de la biosfera.

Ese mercado se ubica, así, en el eje de contradicción entre la biosfera y la noosfera, pues la necesidad de encarar el impacto de la crisis socioambiental genera una demanda creciente de servicios ambientales. Esto explica que la producción y la apropiación de esos servicios tiende a constituirse en un factor de conflicto socioambiental de importancia cada vez mayor, en cuanto sean encaradas como un medio para promover – o retrasar – el cambio social como una condición para el ambiental. 

 

Panamá ingresa a ese conflicto en la transición desde una circunstancia de soberanía limitada por una situación de protectorado militar que se prolongó por casi todo el siglo XX hacia otra de pleno ejercicio de los deberes y los derechos de la soberanía en el XXI. Esto ayuda a entender que, si en el plano ambiental hemos ingresado de golpe en el Antropoceno al calor de la lucha contra la minería metálica a infierno abierto, el saber y el hacer aún dominantes en nuestra sociedad son, en el mejor de los casos, los del desarrollismo liberal de la segunda mitad del siglo pasado. 

 

Hoy, la producción de servicios ambientales abre un amplio espacio de oportunidades fomentar el cambio social necesario para proteger y hacer cada vez más competitivas nuestras ventajas comparativas en materia, por ejemplo, de dotación de agua y biodiversidad. Tal será -junto a la diversificación de nuestros servicios al comercio mundial - el camino que nos lleve a construir en el Istmo, finalmente, una sociedad próspera, inclusiva, sostenible y democrática. El camino será largo, pero ya hemos echado a andar.

 

Alto Boquete, Panamá, 15 de diciembre de 2023



[1] Fragmento del discurso pronunciado en el Club del Comercio, en Caracas, Venezuela, el 21 de marzo de 1881. Obras Completas. Editorial de Cienicas Sociales, La Habana, 1975. VII, 286.

[2] Vernadsky, Vladimir (1938): “The Transition From the Biosphere To the Noösphere. Excerpts from Scientific Thought as a Planetary Phenomenon”. 21st Century, Spring-Summer 2012.

https://21sci-tech.com/Articles_2012/Spring-Summer_2012/04_Biospere_Noosphere.pdf

[3]  Will Steffen, Asa Persson, Lisa Deutsch, Jan Zalasiewicz, Mark Williams, Katherine Richardson, Carole Crumley, Paul Crutzen, Carl Folke, Line Gordon, Mario Molina, Veerabhadran Ramanathan, Johan Rockstrom, Marten Scheffer, Hans Joachim Schellnhuber, Uno Svedin (2011): “The Anthropocene: From Global Change to Planetary Stewardship”. Cursivas: gch. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3357752/

[5] “The conditions of production and the production of conditions”. Natural Causes. Essays in ecological Marxism. The Guilford Press, New York London, 1998. Traducción de Guillermo Castro H., Panamá, 2000. Otra versión disponible en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6812683

 

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