Doscientos años después de la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá, por parte de El Libertador, Simón Bolívar, se ciernen enormes peligros sobre las naciones llevadas a la independencia nacional bajo su liderazgo político y militar.
Olmedo Beluche / Para Con Nuestra América
Los derechos nacionales a la soberanía territorial, a la autonomía económica y a la libertad política están amenazados para el conjunto de Latinoamérica y El Caribe, no por una fuerza extracontinental, como lo era la Santa Alianza de monarquías absolutistas europeas en la década de 1820, sino por parte de Estados Unidos de América.
El corolario Trump a la Doctrina Monroe, el imperialismo en el siglo XXI
En noviembre de 2025, el gobierno norteamericano de Donald Trump hizo pública su Doctrina de Seguridad Nacional, en la que dedica una buena parte a lo que llama “hemisferio occidental” (el continente americano), definiendo sin ambages sus criterios para la actualización de la Doctrina Monroe (“corolario Trump”), que se convierte en el marco en que se desarrollarán las relaciones exteriores de ese país hacia América Latina y el Caribe.
Dicho en una frase, Estados Unidos no permitirá que empresas “extracontinentales” controlen negocios estratégicos como petróleo, minerales, etc. Luego se afirma que ese objetivo se alcanzará por vías diplomáticas, o por la fuerza, si es necesario. Con lo cual se hace evidente la amenaza al derecho soberano de cada nación de fijar su política exterior y comercial.
La primera víctima de esta política imperialista del siglo XXI lo ha sido la república de Panamá, meses antes de ser formulado el llamado “corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Desde diciembre de 2024, a poco de ganar las elecciones por segunda vez, y antes de tomar posesión de la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump inició una campaña alegando que el Canal de Panamá estaba en manos de China.
Esos alegatos fueron repetidos por Donald Trump al tomar posesión de la presidencia, el 20 de enero de 2025. En su primer viaje al exterior, el secretario de Estado, Marco Rubio, vino a Panamá para hacer patentes los objetivos de su política respecto al canal panameño, lo cual fue respondido con sumisión por parte del presidente José R. Mulino.
El gobierno panameño rompió el acuerdo comercial con China, cedió tres bases militares a Estados Unidos en las riberas del canal (Memorando Hegseth – Ábrego, de abril de 2025) en clara violación del Pacto de Neutralidad del canal. Además, admitió el paso gratuito de barcos de la armada norteamericana por la vía acuática, y ha se ha alineado sumisamente como estado vasallo de Estados Unidos en política exterior.
El 3 de enero de 2026, a poco de la formulación del corolario Trump, se materializó la ejecución del corolario Trump con la agresión militar contra Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, así como con la imposición de criterios imperialistas para apropiarse del petróleo de ese país. Los días subsiguientes se avanzó otro paso en el mismo sentido al imponerse un bloqueo total contra Cuba para impedir que le lleguen buques cargados de combustible con el declarado objetivo de forzar el cambio de régimen político interno.
Otras muestras de esta actualización de la Doctrina Monroe lo constituyen la descarada intervención política por parte de Estados Unidos en procesos electorales latinoamericanos, las amenazas de agresión e intervención militar bajo la excusa del combate al narcotráfico, la fijación de doctrinas como el llamado Escudo de Las Américas y los nuevos límites de la “Gran Norteamerica”, presentado por secretario de guerra, Peter Hegseth, en marzo de 2026. Todos estos hechos marcan un claro retroceso en materia de derechos soberanos para Latinoamérica y el Caribe.
La Doctrina Monroe se ha disfrazado de diversos ropajes a lo largo de dos siglos, pero no ha cambiado de esencia. Destino Manifiesto, cuando le robaba a México lo que hoy constituye el Oeste Americano (1840-50); corolario de Rutherford Hayes (1880), doctrina según la cual ellos debían controlar cualquier canal por Centroamérica, emitida cuando una empresa francesa iniciaba la construcción del Canal de Panamá; corolario Roosevelt (1904), o doctrina del “gran garrote”, que sufrió Panamá, Venezuela, Nicaragua y Dominicana a inicios del siglo XX; “política del buen vecino”, de Franklin D. Roosevelt cuando quería al continente bajo su alianza militar en la Segunda Guerra Mundial; “Doctrina de Seguridad Nacional” durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética; el ALCA a inicios del siglo XXI y los tratados de “libre comercio”, con la globalización neoliberal; Y ahora el “corolario Trump”.
La Doctrina Monroe y el Congreso Anfictiónico de Panamá
Desde 1823, cuando el presidente James Monroe de Estados Unidos emitió su famosa doctrina de política exterior, resumida en la frase “América para los americanos”, ese país ha desarrollado este criterio en su relacionamiento con los países ubicados al sur de este continente. Durante doscientos años América Latina ha sido considerado por aquella potencia como su “patio trasero”, su coto de caza, sus estados subordinados y fuente de materias primas.
En 1823 esa Doctrina Monroe había sido lanzada como advertencia a las monarquías europeas que habían colaborado militarmente en restaurar la monarquía en Francia, luego de la derrota de Napoleón, y, a su vez, la monarquía francesa que en ese año invadió España para acabar con el gobierno liberal del general Rafael del Riego, restaurándole a Fernando VII plenos poderes absolutos. El temor ante una probable ofensiva de reconquista contra las naciones recién independizadas en América era real.
La clase dominante norteamericana percibía con lucidez que un retroceso en el proceso independentista de Hispanoamérica le rebotaría negativamente constituyéndose en una amenaza a futuro a su propia intendencia, a lo que habría que agregar sus objetivos expansionistas territoriales a costa de las relativamente débiles repúblicas recién nacidas.
Eso que temía el gobierno de Monroe es lo mismo que pretendía enfrentar Simón Bolívar con la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, la cual formalizó en diciembre de 1824, a pocas horas de lograr la derrota de los restos del ejército españolista en la Batalla de Ayacucho. En ese momento, para Bolívar el peligro principal al que había que enfrentar concretando una alianza político militar de las nuevas repúblicas era un intento de reconquista por parte de la monarquía española con el apoyo de los absolutistas europeos.
Tanto la Doctrina Monroe, como la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, eran las respuestas a un mismo y probable enemigo, pero eran respuestas desde intereses y lógicas distintas. Aunque Bolívar le insistió al vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula Santander, que no invitara a Estados Unidos al Congreso de Panamá, en ese momento no lo hacía porque lo viera como peligro inminente, sino para no ofender a Inglaterra, a la que veía como aliada principal en su objetivo de obligar a España y las monarquías europeas a renunciar a cualquier contraataque en América.
Hay diversas notas de Bolívar a Santander en que advierte de no invitar a Estados Unidos, sin duda ya atisbaba en la amenaza en ciernes que representaba (lo que lo llevaría a concluir en 1829 que “…Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”) pero, sin duda, no eran el peligro inminente que preocupaba a Simón Bolívar. Esa amenaza provenía de Europa y España.
Los objetivos del Congreso Anfictiónico de 1826
El 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, como jefe de estado de Perú, Simón Bolívar dirige una convocatoria a los gobiernos de Colombia, México, el Río La Plata, Chile y Guatemala (América Central), para instalar una Asamblea de Plenipotenciarios en Panamá, para “obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino...”.
Esa asamblea debía: “Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre sólo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios, nombrados por cada una de nuestras repúblicas y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras armas contra el poder español”.
Aquí conviene aclarar un malentendido habitual: Bolívar no pretendía crear un solo estado nacional desde México hasta Chile. Diez años antes, durante su exilio en Jamaica, ya era consciente de que era imposible crear un solo estado que unificara toda Hispanoamérica independiente, y mencionaba a las que serían las futuras naciones, que surgirían fraccionadas por poderosos motivos infranqueables.
En su célebre Carta de Jamaica (1815), ya preveía la necesidad de la convocatoria de un congreso en Panamá: “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate de St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones”.
Y agrega: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América”.
No se trataba de formar un solo estado nación continental, para Simón Bolívar se trataba de un objetivo político, fundar una entidad permanente de consulta, una especie de asamblea permanente, como hoy día sería Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, fundada por Hugo Chávez; y un objetivo militar, un ejército conjunto multinacional de varios miles de soldados que sirviera de fuerza disuasoria contra cualquier intento intervencionista desde Europa.
El fracaso del Congreso Anfictiónico y el drama de América Latina
El fracaso del Congreso de Panamá de 1826 provino de dos fuentes: la externas, de los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra, invitados a la cita como observadores; y las internas, las propias oligarquías criollas que gobernaban las recién independizadas repúblicas cuyo control oligárquico era más fácil divididas y sumisas a interese foráneos.
El presidente norteamericano John Quincy Adams, de Estados Unidos (verdadero autor de la Doctrina Monroe como secretario de Estado de James Monroe) aceptó la invitación para participar del congreso, que le enviara el vicepresidente de Colombia, Francisco de P. Santander, desde Bogotá, e instruyó a sus delegados para que rechazaran “toda idea de un Congreso Anfictiónico investido con poderes para decidir las controversias entre los estados americanos para regular de cualquier forma su conducta”; e impedir cualquier expedición liberadora a las últimas colonias españolas, Cuba y Puerto Rico.
Por suerte, los delegados de Estados Unidos no pudieron estar presentes en el Congreso, dado que uno falleció (R. Anderson, embajador en Bogotá) y el reemplazo, J. Sergeant, no llegó a tiempo.
Por su parte, el primer ministro británico Canning, a decir de Jorge Abelardo Ramos, designó a Mr. Edward J. Dawkins, con precisas instrucciones para enfatizar que el Congreso Anfictiónico debía respetar las leyes marítimas inglesas e impedir a toda costa una confederación encabezada por Estados Unidos. Este último sí estuvo presente en las sesiones, y entre sus influencias negativas se cuenta la insistencia para que Hispanoamérica indemnizara a España por la independencia, además de exigir leer la resolución final antes de ser aprobada por los delegados.
De las élites dominantes de Hispanoamérica provino la otra conspiración para hacer fracasar los objetivos del Congreso de Panamá. Los criollos que constituían la clase explotadora en América hispana, algunos de los cuales se habían opuesto a la independencia de la monarquía española, en un primer momento, o tuvieron una actitud pasiva durante la guerra de independencia, al final fueron los mayores beneficiados pues controlaron el poder político mientras continuaron sus negocios comerciales, plantaciones o minas explotando trabajo esclavo o en servidumbre.
Los delegados que asistieron no acogieron la propuesta de Bolívar de instaurar un organismo permanente de coordinación política, privilegiando la soberanía de cada estado nacional. Tampoco aceptaron crear una fuerza militar de 60 mil soldados con mando centralizado para enfrentar una posible invasión europea, y se conformaron con formular una cooperación militar.
Rivadavia en Buenos Aires fue reacio a enviar delegados desde el principio. En Chile, la oligarquía había sacado del poder a O´Higgins el más consecuente patriota y no envió delegados. Paraguay tampoco envió a nadie porque ya había iniciado su curso aislacionista y autárquico. Brasil fue invitada pero no hubo delegación oficial. Bolivia no hizo llegar sus delegados.
Estuvieron presentes México, Centroamérica, Perú y Colombia. Pero ya había iniciado la mayor conspiración contra Bolívar y su proyecto desde el corazón mismo del gobierno colombiano por parte del vicepresidente, Santander. No solo había saboteado activamente los criterios de Bolívar para la convocatoria del congreso, como la invitación a Estados Unidos, sino que ya había iniciado la animadversión interna de los cachacos bogotanos contra los venezolanos, en especial contra el general José A. Páez, lo que derivaría en la ruptura de la gran Colombia.
Conspiración de Santander contra el propio Bolívar y que escalaría hasta el intento de asesinarlo en 1828, y en el asesinato vil del Mariscal Antonio José de Sucre, en 1830. Ante el fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá, Simón Bolívar diría con tristeza: “Su poder será una sombra y sus decretos, consejos, nada más”.
Doscientos años de divisiones y traiciones nos tienen postrados ante Estados Unidos
El fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, el fracaso de la unidad bolivariana como la propuso El Libertador, ha marcado la historia y la vida de las repúblicas hispanoamericanas y por extensión latinoamericanas y caribeñas. Ese fracaso marcó la quiebra de nuestra independencia política y autonomía económica, retrocediendo a la categoría de estados neocoloniales (o semicoloniales) y en algunos casos y momentos se ha retrocedido al estatuto de protectorados o colonias.
Las guerras civiles que azotaron nuestros países a lo largo del siglo XIX y gran parte del XX, son el producto del fracaso del programa político, social y económico de la independencia. Se ha producido lo que Aníbal Quijano llamó la “colonialidad del poder”. Es decir, se acabó la colonia con la independencia, pero la estructura de poder se mantuvo igual, siguió mandando la élite criolla, devenida en oligarquía y después en oligarquía financiera.
Unas oligarquías internas muy a gusto con la sumisión y el vasallaje ante los designios del imperialismo norteamericano en un proceso violento de creciente subordinación política y saqueo económico. Durante estos doscientos años, cada vez que emergió con apoyo popular un proyecto político, y un liderazgo acorde, que pretendió recuperar la aspiración bolivariana de unidad e independencia nacional, la alianza de las oligarquías locales con Estados Unidos, los han cortado de manera violenta y sangrienta.
El intento más serio que hubo en años recientes por recuperar la lucha de El Libertador por unidad e independencia lo encabezó el comandante Hugo Chávez, como presidente de la República Bolivariana de Venezuela y a la cabeza de un movimiento que llamó Revolución Bolivariana. Chávez logró a una serie de gobernantes progresistas del continente como Ignacio Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Néstor y Cristina Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales, etc., para constituir instituciones continentales de unidad como el ALBA, PetroCaribe, la CELAC, etc.
Sin embargo, el proceso de unidad continental fue cortado por la repentina muerte (¿Un magnicidio?) del presidente Chávez, y, finalmente, el llamado Proceso Bolivariano recibió su último tiro de gracia con el ataque militar y secuestro de su sucesor, Nicolás Maduro.
Quienes aspiramos a no ser esclavos del imperialismo anglosajón del norte de América, quienes soñamos con que algún día se materialice en realidad la democracia, las libertades democráticas, los derechos humanos, la independencia nacional, el desarrollo económico humano y sostenible, la autodeterminación de los pueblos, una sociedad más justa y equitativa, desde Latinoamérica y el Caribe, debemos siempre remontarnos a Bolívar y al Congreso de Panamá de 1826, como fuente de inspiración.
Bibliografía
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2. Beluche, Olmedo. Estado, Nación y Clases Sociales en Panamá. Editorial Portobelo. Pequeño Formato 115. Panamá, 1999.
3. Beluche, Olmedo. La verdadera historia de la separación de 1903. ARTICSA. Panamá, 2003.
4. Beluche, Olmedo. Independencia Hispanoamericana y lucha de clases. ALAS – CLACSO, 2025.
5. Bolívar, Simón. Doctrina del Libertador. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1985.
6. Gómez, Laureano. El final de la grandeza. Editoria Hojas e Ideas. Santa Fe de Bogotá, 1993.
7. Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la nación latinoamericana. Editorial Prensa Moderna. Cali, 1986

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