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sábado, 13 de octubre de 2012

Simón Rodríguez nos estaba esperando

Venimos a celebrar una nueva e-lección de los pueblos. La democracia latinoamericana vive y se construye también en nuestras aulas.

Carla Wainsztok / Especial para Con Nuestra América
Desde Buenos Aires, Argentina

Venezuela: una lección para nuestra América
Con Simón Rodríguez aprendimos que la idea de igualdad incluye la formación de los pueblos y los ciudadanos. No hay contradicción en ello. La idea de ciudadanía presume  los derechos y la idea de pueblos la de comunidad. Comunidad de los que aún no tienen, no tenían comunidad.

Formar ciudadanos, educar pueblos, va de la mano del proyecto de la Patria Grande. Comunidad-escuela; comunidad-pueblo; comunidad Patria Grande. Apuesta de un maestro venezolano por las pedagogías y los mares del Sur.

Rodríguez afirmaba allá por 1820 que la República era imaginaria y no dejaría de serlo mientras sus hijas e hijos rodaran en las calles.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Invitación

Estoy de acuerdo en revertir los errores, en desterrar el autoritarismo y en construir una democracia socialista sólida, eficiente, con un funcionamiento siempre perfectible, que se garantice a sí misma. Me niego a renunciar a los derechos fundamentales que la Revolución conquistó para el pueblo. Antes que nada, dignidad y soberanía, y asimismo salud, educación, cultura y una vejez honorable para todos.
Creo que la Revolución Cubana dignificó a nuestro país y a los cubanos. Y que el Gobierno Revolucionario ha sido el mejor gobierno de nuestra Historia.
Sí: antes de la Revolución La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas. Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto, los que "tenían con qué" en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar, como mi madre, como nuestra familia, como la mayoría de las familias cubanas. Por aquellas avenidas fabulosas sólo se paseaban los “ciudadanos respetables”, bien considerados en primer lugar por su aspecto. Los harapientos, los mendigos, casi todos negros, tenían que hacer rodeos, porque cuando un policía los veía en alguna calle “decente”, a palos los sacaban de allí.
Esto lo vi con mis propios ojos de niño de 7 u 8 años y lo estuve viendo hasta que cumplí 12, cuando triunfó la Revolución.
En la esquina de mi casa había dos bares, en uno de ellos, a veces, en vez de cenar, nos tomábamos un batido. En varias ocasiones pasaron marines, cayéndose de borrachos, buscando prostitutas y metiéndose con las mujeres del barrio. A un joven vecino nuestro, que salió a defender a su hermana, lo tiraron al suelo, y cuando llegó la policía ¿con quién creen que cargaron? ¿Con los abusadores? Pues no. A patadas por los fondillos se llevaron a aquel joven universitario que, lógicamente, después se destacaba en las tánganas estudiantiles.
Ahí están las fotos de un marine meando, sentado en la cabeza de la estatua de Martí, en el Parque Central de nuestra Capital.
Eso era Cuba, antes del 59. Al menos así eran las calles de la Centrohabana que yo viví a diario, las del barrio de San Leopoldo, colindante con Dragones y Cayo Hueso. Ahora están destruidas, me desgarra pasar por allí porque es como ver las ruinas de mi propia infancia. Lo canto en “Trovador antiguo”. ¿Cómo pudimos llegar a semejante deterioro? Por muchas razones. Mucha culpa nuestra por no haber visto los árboles, embelesados con el bosque, pero culpa también de los que quieren que regresen los marines a vejar la cabeza de Martí.
Estoy de acuerdo en revertir los errores, en desterrar el autoritarismo y en construir una democracia socialista sólida, eficiente, con un funcionamiento siempre perfectible, que se garantice a sí misma. Me niego a renunciar a los derechos fundamentales que la Revolución conquistó para el pueblo. Antes que nada, dignidad y soberanía, y asimismo salud, educación, cultura y una vejez honorable para todos. Quisiera no tener que enterarme de lo que pasa en mi país por la prensa de afuera, cuyos enfoques aportan no poca confusión. Quisiera que mejoraran muchas cosas que he dicho y otras que no.
Pero, por encima de todo, no quiero que regrese aquella ignominia, aquella miseria, aquella falsedad de partidos políticos que cuando tomaban el poder le entregaban el país al mejor postor. Todo aquello sucedía al tibio amparo de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Constitución de 1940. La experiencia pre-revolucionaria cubana y la de muchos otros países demuestra lo que importan los derechos humanos en las democracias representativas.
Muchos de los que hoy atacan la Revolución, fueron educados por ella. Profesionales emigrados, que comparan forzadamente las condiciones ideales de “la culta Europa”, con la hostigada Cuba. Otros, más viejos, quizá algúna vez llegaron a "ser algo" gracias a la Revolución y hoy se pavonean como ideólogos pro capitalistas, estudiosos de Leyes e Historia, disfrazados de humildes obreros. Personalmente, no soporto a los "cambiacasacas" fervorosos; esos arrepentidos, con sus cursitos de marxismo y todo, que eran más papistas que el Papa y ahora son su propio reverso. No les deseo mal, a nadie se lo deseo, pero tanta inconsistencia me revuelve.
La Revolución, como Prometeo (le debo una canción con ese nombre), iluminó a los olvidados. Porque en vez de decirle al pueblo: cree, le dijo: lee. Por eso, como al héroe mitológico, quieren hacerle pagar su osadía, atándola a una remota cumbre donde un buitre (o un águila imperial) le devore eternamente las entrañas. Yo no niego los errores y los voluntarismos, pero no sé olvidar la vocación de pueblo de la Revolución, frente a agresiones que han usado todas las armas para herir y matar, así como los más poderosos y sofisticados medios de difusión (y distorsión) de ideas.
Jamás he dicho que el bloqueo tiene toda la culpa de nuestras desgracias. Pero la existencia del bloqueo no nos ha dado nunca la oportunidad de medirnos a nosotros mismos.
A mí me gustaría morir con las responsabilidades de nuestras desdichas bien claritas.
Por eso invito a todos los que aman a Cuba y desean la dignidad de los cubanos, a gritar conmigo ahora, mañana, en todas partes: ¡Abajo el bloqueo!

sábado, 28 de agosto de 2010

Nuestra América: Un encuentro antológico

La obra en común de Simón Bolívar y Simón Rodríguez es formar: en el caso del primero, la Patria Grande, la Confederación de Naciones; y en el caso de Rodríguez formar tiene una connotación pedagógica. Formar pueblos, formar hombres para la sociedad, formar maestros.
Carla Wainsztok* / NuestraAmérica.info
En 1824, Bolívar se entera que su “viejo maestro” Simón Rodríguez se encuentra en territorio de la América Meridional. Tal noticia lo llena de alegría y decide escribirle una carta: “¡Oh, mi maestro! ¡Oh mi amigo! Usted en Colombia, Usted en Bogotá y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es usted el hombre más extraordinario del mundo. (…) Usted, Maestro mío ¡cuánto debe haberme contemplado de cerca, aunque colocado a tan remota distancia! ¡Con qué avidez habrá seguido Usted mis pasos dirigidos muy anticipadamente por Usted mismo! Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Usted me señaló (…) Sí, amigo querido: Usted está con nosotros. ¡Mil veces dichoso el día en que Usted pisó las playas de Colombia! Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desespero por saber qué designio, que destino tiene Usted. Sobre todo, mi impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos: ya que no puedo yo volar hacia Usted, hágalo hacia mí (…) Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Usted a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte. La amistad invoco”.
En Perú en 1825, se encuentran el maestro y su discípulo. Un testigo relata el amoroso acontecimiento: “yo vi al humilde pedagogo desmontarse a las puertas del palacio dictatorial, y en vez del brusco rechazo que acaso temía el centinela, halló la afectuosa recepción del amigo, con el debido respeto a sus canas y su antigua amistad. Bolívar lo abrazo con filial cariño y le trató con una amabilidad que revelaba la bondad de un corazón que la prosperidad no había logrado corromper. Rodríguez era un hombre de carácter excéntrico, no solamente instruido sino sabio, tenía el conocimiento perfecto del mundo, que sólo se adquiere con el constante trato de los hombres”.
Dos años más tarde Rodríguez envía otra carta dirigida a Bolívar: “que usted haya abrazado una profesión y yo otra, hace una diferencia de ejercicio, no de obra”.
La obra en común es formar: en el caso de Bolívar, la Patria Grande, la Confederación de Naciones; y en el caso de Rodríguez formar tiene una connotación pedagógica. Formar pueblos, formar hombres para la sociedad, formar maestros.
Entonces formar es lo contrario de imitar, de copiar. Formar como un obrar propio. Dos ideas de Rodríguez al respecto: “inventamos o erramos” y “adoptar adaptar”.
A diferencia de la gran mayoría de los pedagogos europeos, Rodríguez sostiene: “en los niños pobres está la Patria”, por lo tanto el proyecto pedagógico es sin duda de Educación Popular. Y a diferencia de otros pedagogos, no cree que haya niños educables y no educables, además de confiar en la educación de adultos.
Su proyecto es una escuela donde se reúnan trabajo y educación. En Lacatunga funda un colegio donde se ha de enseñar Castellano, Quichua, Física, Química, Historia Natural y se establecerán dos fábricas una de loza y otra de vidrio, además de maestranzas de albañilería, carpintería y herrería.
Pero además su gran preocupación es leer, ya que Patria y Gramática constituyen una unidad. Formar la Patria requería formar la lengua.
Afirma Rodríguez que los niños y las niñas deben leer mejor que sus padres y sus abuelos porque ellos serán plenipotenciarios, los jueces, los gobernantes, los presidentes.
Leer a su vez es un acto filosófico, que no se limita a la interpretación sino a la comprensión en el sentido humanista y filológico de la palabra. Leer es compartir el relato, la leyenda.
Maestro y discípulo no estuvieron de acuerdo en todo, tuvieron un gran desencuentro sobre el método para enseñar. Bolívar, preocupado por la falta de maestros y de recursos, además de llamar a su lado a Rodríguez, invitó a Lancaster (creador de un método de enseñanza que se basaba en los monitores) a Venezuela. Rodríguez, quien sostenía “que el tiempo es el lugar de la acción”, detestaba a Lancaster y sus catecismitos. Para Rodríguez, el tiempo de la formación era distinto al tiempo de lo coyuntural, sin embargo no dudó en escribir a favor de su discípulo.
En 1830, año de la muerte del Libertador, Rodríguez publica una obra que había escrito en 1828 que se conoce como “Defensa de Bolívar”.
Para el filósofo Castoriadis no es correcto que haya filósofos legitimadores, el filósofo debe ser siempre un tábano, un crítico, esto abre un gran interrogante respecto al lugar del pensador, del escritor, del filósofo. ¿Qué hacer cuando el proyecto de la Patria Grande se disuelve en internas, como las que acontecieron luego de 1826, y prevalecen las patrias chicas?
A Bolívar le gustaba afirmar: “la Patria es América”. Hoy en Venezuela los nombres de Simón y Simoncito, es decir los nombres del maestro de Bolívar, están asociados a las misiones de alfabetización y post alfabetización.
El maestro y su discípulo cabalgan por la América Meridional.
*Profesora de la materia Teoría Social Latinoamericana, Universidad de Buenos Aires