En tiempos de convulsión e incertidumbre el mensaje fundamentalista se
convierte en un masaje terapéutico que le viene bien a un capitalismo estresado,
pero muy mal a un continente latinoamericano que casi siempre cumple el papel
del diván que soporta el peso del paciente y las consecuencias de sus arrebatos
y “locuras”.
Álvaro Vega Sánchez * / Para
Con Nuestra América
En las décadas de 1970-1980 la primera ola del fundamentalismo religioso
fue intempestiva y azotó en medio de los jalones bélicos de la guerra fría y el
ensañamiento del poder militar contrainsurgente, atendiendo a la política de Seguridad Nacional impulsada
por los Estados Unidos para proteger sus intereses geopolíticos en la región.
Predomina, en este primer oleaje, el poder duro (hard power) del brazo
militar represivo. Sin embargo, el aparato político-militar fue oxigenado
religiosamente por el magisterio disciplinario de Juan Pablo II con el cardenal
Ratzinger como su mano derecha, así como por el fundamentalismo evangélico
liberal, el incipiente neopentecostalismo y algunas réplicas latinoamericanas
del culto mediático -“Iglesia Electrónica”- y de los extravagantes
tele-evangelistas norteamericanos.
