Independientemente
de la indignación que ocasiona la represión franquista al pueblo catalán,
también indigna la diferenciación con el que el establishment neoliberal mira a
Venezuela y a Catalunya.
Carlos Figueroa Ibarra / Especial
para Con Nuestra América
Desde
Puebla, México
El 16 de julio de 2017,
la oposición derechista venezolana hizo una consulta electoral para que los
venezolanos determinaran si querían una asamblea constituyente. Al final del
día, esa derecha aseguró de manera discutible que había obtenido entre 7 y 8
millones de votantes, la mayoría de los cuales habría rechazado la posibilidad
de esa constituyente. El proceso era ilegal y sin embargo el gobierno
encabezado por Nicolás Maduro no interfirió en el mismo, ni efectuó acciones
represivas. Hubiera sido una inmoralidad y una tontería el hacerlo. Como dijo alguna vez el genio tenebroso
Fouché, habría sido “peor que un crimen, un error político”. Una de las batallas de la revolución bolivariana es la de la
legitimidad y en particular la de la legitimidad internacional. La dictadura
mediática internacional ha calificado al régimen chavista como una “sangrienta dictadura totalitaria y populista”.
Hoy la derecha venezolana ha perdido varias batallas políticas y se encuentra a
la defensiva, cuatro de sus gobernadores electos accedieron de marea realista
juramentarse ante la Asamblea Nacional Constituyente. Pero el asedio mediático
y los grandes poderes mundiales no ceden: el actual gobierno venezolano es una
dictadura.

