Mientras los bicentenarios estados de Latinoamérica se fortalecen, y como región se constituyen en interlocutores propositivos en un mundo sacudido por crisis sistémicas, Honduras se disuelve como Estado y como sociedad, producto de la atrofia mental y moral de sus élites.
Ollantay Itzamná / Alterinfos

Sería una insensatez sostener que la acelerada licuefacción de las instituciones estatales y la violenta desintegración social generalizada son fruto del golpe de Estado. Éste acto criminal sólo aceleró las contradicciones terminales con las que nació Honduras a la vida republicana. Por cerca de dos siglos, las élites creyendo que gestaban y administraban un Estado real, prohijaron un Estado ilusorio. Y, ahora, miran sin querer ver, de cómo se diluyen las fachadas institucionales de una ilusión estatal que no pudo cuajar, ni material, ni simbólicamente, en el territorio del país, como tampoco en el imaginario colectivo de sus habitantes.
Las sociedades, por sus necesidades de convivencia, tienden a organizarse jurídica y políticamente, en aras de buscar el bienestar común de sus integrantes. Para ello acuerdan normas de convivencia obligatorias y nominan autoridades que velen por el cumplimiento de dichas normas. A eso se llama Estado. La violencia generalizada, por el contrario, es la ausencia del Estado.

















