sábado, 2 de julio de 2022

Insectos aliados y armas biológicas

 Hoy más que nunca se impone la necesidad que la humanidad prohíba total y de manera eficaz la investigación, desarrollo, producción y almacenamiento de las armas biológicas, tanto las que se consideran eufemísticamente defensivas, como las ofensivas.

Pedro Rivera Ramos / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

Las armas biológicas o el uso deliberado de organismos vivos (virus, hongos, bacterias e insectos) para causar enfermedades en plantas, animales o seres humanos, con la finalidad de diezmar las capacidades o la resistencia de un enemigo, no es, como podría suponerse, una práctica muy reciente en el campo militar o de guerra. Se  cree que fueron los asirios los primeros en hacer uso de ella, cuando en el siglo VI a.n.e. envenenaban los pozos de agua de sus enemigos con ergotamina, una micotoxina producida por el cornezuelo del centeno, un hongo parásito de esta gramínea que causaba contracción arterial, alucinaciones y una intoxicación gastrointestinal muy severa. 

 

Más tarde, otras civilizaciones como la persa, griega y romana, se valieron de plantas tóxicas como la Helleborus foetidus o personas y animales muertos por enfermedades contagiosas, para envenenar también las fuentes de agua de sus adversarios. Asimismo, la historia recoge que muchos pueblos se preparaban para luchar contra otros, infectando sus lanzas y flechas con veneno de serpientes y hasta con las heces y sangre humana o animal contaminadas.

 

Durante la conquista y colonización de América, una buena parte de las poblaciones aborígenes que los europeos encontraron, fueron sometidas con más facilidad al ser seriamente exterminadas, por su vulnerabilidad a las enfermedades desconocidas del viejo continente. Un ejemplo de ello fue la victoria de Francisco Pizarro sobre el emperador inca Atahualpa Cápac, al que venció con pocos hombres, gracias a que el ejército inca que lo superaba en varios miles de soldados, además de sus evidentes errores de carácter táctico y técnico, estaba siendo afectado por el virus de la viruela. Este mismo virus fue usado entre los siglos XVII y XVIII por el ejército británico, cuando deliberadamente entregó mantas contaminadas entre la población indígena de Norteamérica que apoyaba a las tropas francesas, lo que causó una gran cantidad de muertos. Más tarde, el ejército estadounidense usaría las mantas variólicas para subyugar a las tribus indígenas, que ocupaban las grandes llanuras del territorio norteamericano.

 

Existen pruebas suficientes sobre la experimentación y utilización de armas biológicas durante las dos guerras mundiales. Alemanes, ingleses, japoneses, rusos y estadounidenses, consideraron desde muy temprano la importancia que en los  conflictos bélicos o en la lucha contra sus enemigos, tendría el uso de armas biológicas. Programas de ese tipo fueron desarrollados por los alemanes utilizando inicialmente a Bacillus anthracis y Burkholderia mallei, mientras que prisioneros de sus campos de concentración fueron expuestos a Ricketsia prowazekii causante del tifus y al virus de la hepatitis, con la supuesta finalidad de encontrar antibióticos y vacunas para estas enfermedades. Por otro lado, los ingleses durante la segunda guerra mundial planificaron atacar algunas ciudades alemanas, con 500 bombas de racimo que contenían cada una más de un centenar de esporas de ántrax. En sus ambiciosos experimentos de los años 40, con la finalidad de contar con esta bacteria letal como arma biológica, terminaron haciendo inhabitable durante décadas, a una isla escocesa conocida como Gruinard. 

 

Desde principios de la posguerra las grandes potencias, sobre todo Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, se han  acusado mutuamente de que en las distintas contiendas bélicas donde han estado presente directa o indirectamente, el uso de las armas biológicas no han faltado, contraviniendo el Protocolo de Ginebra de 1925 sobre armas químicas y la Convención sobre armas biológicas de 1972. Corea, Kampuchea, Afganistán, Vietnam, Cuba, Irak y Siria, han sido escenarios que a menudo se mencionan como ejemplos concretos, del uso y los daños que han dejado esas armas al ambiente y a las personas. Tampoco han faltado, tanto en ciudades estadounidenses como rusas, incidentes frecuentes donde la población ha sido expuesta a agentes biológicos tóxicos, que casualmente forman parte de programas de investigación de armamento biológico en laboratorios militares cercanos.

 

En la actualidad, con el gran desarrollo que han alcanzado las ciencias biológicas, la edición genética y la biotecnología moderna, la posibilidad de que en los conflictos armados que se producen en el mundo se haga uso de armamento biológico, es cada vez más  real. Lo mismo podría suponerse de que grupos terroristas o delincuenciales, utilicen estos avances científicos para liberar de manera intencional virus, toxinas o patógenos entre la población civil de algún país y alcanzar así sus objetivos políticos, económicos o sociales. Esto es posible toda vez que gracias al extraordinario desarrollo científico y tecnológico logrado en estos campos, la producción de armas biológicas deviene en un proceso relativamente sencillo y barato, que no requiere de instalaciones sofisticadas y cuyo principal problema suele ser, la protección y seguridad del personal que manipule los microorganismos. 

 

Lo cierto es que cuando la Convención de Armas Biológicas --primer tratado en prohibir una categoría completa de armamento de destrucción masiva--arriba precisamente en abril de este año a su medio siglo de existencia, no queda duda alguna que un reducido número de países poderosos, siguen contando con un considerable arsenal biológico y polígonos secretos para ensayos, debido principalmente a que no han detenido en ningún momento la investigación, producción, desarrollo y almacenamiento de armas biológicas, y no solo con fines “defensivos”, sino con fines netamente ofensivos. Esta realidad es consecuencia de que la Convención desde sus inicios hasta ahora, no obliga a declarar los agentes biológicos,  toxinas o armas que posean, tampoco prohíbe de manera absoluta ni la investigación biológica ni la producción y almacenamiento de los mismos. Además, carece de los medios efectivos para vigilar, evaluar, supervisar y comprobar el cumplimiento o plena observancia de este tratado de desarme.

 

No hay duda alguna entonces, que las ciencias biológicas y las técnicas de edición genética han alcanzado tal nivel de desarrollo hoy día, que no solo pueden servir para manipular o modificar agentes patógenos, toxinas e insectos con fines hostiles o militares, sino también para proponer soluciones tecnológicas descabelladas, como por ejemplo, enfrentar el descenso que vienen sufriendo las poblaciones de abejas en todo el mundo, creando verdaderos enjambres de abejas robóticas o abejas transgénicas resistentes principalmente a plaguicidas, virus y otros microorganismos.  De ese modo, la polinización gratis y biodegradable que hoy realizan las abejas, se convertirá en una actividad protegida seguramente por patentes y con una carga considerable de costos de contaminación, energéticos, ecológicos y de salud.

 

A pesar que los Estados Unidos fue el único país que a principios de la década del 70, renunció unilateralmente a la producción y almacenamiento de armas biológicas y aseguró haber destruido todas sus reservas de agentes biológicos y toxinas, lo cierto es que ese país cuenta en la actualidad, con los programas más avanzados en el desarrollo de armamento biológico ofensivo y una red de laboratorios y centros de investigación, que dispersos por todo el mundo se dedican a ello. Estos peligrosos programas tuvieron su comienzo por allá por los años 1942 y 1943, cuando en un pequeño aeropuerto municipal del condado de Frederick, estado de Maryland, se levantara un complejo de laboratorios militares conocido como Fort Detrick. 

 

Luego de la pausa que significó la suspensión de producir este tipo de armamento decretada por Nixon en 1969, las actividades van a reiniciarse con mucha fuerza entre las décadas del 80 y 90. Los virus de la fiebre amarilla, ébola y viruela; las bacterias del botulismo, el ántrax y el tifus, así como toxinas de serpientes y escorpiones, son solo algunos de los tantos agentes infecciosos, que han ocupado la atención de los laboratorios militares estadounidenses de guerra biológica; mismos que han sido identificados por la OTAN, la alianza guerrerista europea, como parte de una lista de más de treinta capaces de convertirse en armamento de ese tipo. 

 

El microbiólogo William C. Patrick III, que estuvo encabezando las actividades de investigación biológica en Fort Detrick por casi tres décadas, aseguró alguna vez que durante ese período, se lograron armas biológicas ofensivas con el ántrax, brucelosis, el virus de la encefalitis equina venezolana, tularemia y tres agentes infecciosos más. Ninguna de las cuales fueron encontradas en el Irak de Saddam Hussein, aunque los invasores de ese país aseguraban que el dictador, estaba en posesión de armas de destrucción masiva.

 

Ahora, desde el 2016 el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, a través de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA), viene impulsando el desarrollo de un programa llamado Insectos Aliados, que con la excusa de resguardar la agricultura estadounidense, pretende valerse de insectos que actuarían como vectores de virus modificados genéticamente, para supuestamente proteger a los cultivos contra plagas o armas biológicas y hasta serían capaces de hacerlos más resistentes a estas amenazas. Esto como es obvio, no excluye para nada el uso de esos mismos virus e insectos con fines bélicos, para dañar no solo las cosechas de sus enemigos, sino también a los propios seres humanos.

 

Tampoco la Marina de los Estados Unidos se ha querido quedar atrás en la  investigación y desarrollo de armas biológicas. Hace unos años solicitó a una universidad estadounidense implantar chips en las antenas de langostas, para detectar de este modo la existencia de depósitos explosivos en territorios enemigos. Hoy cuenta con una Unidad de Investigación Médica Naval (NAMRU) en diferentes regiones, entre ellas la NAMRU 6, que es en esencia, un laboratorio militar estadounidense que opera desde 1983 en Lima, Perú, para supuestamente estudiar con fines medicinales, los patógenos que transmiten enfermedades tropicales.

 

Vale recordar también que cuando no había finalizado el año en que DARPA apareciera con su programa de Insectos Aliados, el gobierno estadounidense acusa al gobierno de Cuba de agredir a su representación diplomática en la Habana, mediante ataques acústicos provenientes de un arma sofisticada de microondas, que les causó a más de veinte estadounidenses, mareos, confusión mental, vértigos, problemas de audición, de equilibrio y hasta ligeras conmociones cerebrales. Al más alto nivel del Pentágono dos subsecretarios de Defensa, pasaban después a declarar que el llamado “síndrome de la Habana”, era provocado por un arma de “energía dirigida” creada por China o Rusia y que ya había sido usada en otras latitudes contra tropas estadounidenses. Sin embargo, en una investigación  realizada por dos científicos de las universidades de Berkeley en California y de Lincoln en Reino Unido y dada a conocer a principios del 2019, se revelaba que el supuesto ataque acústico de la inteligencia cubana, correspondía ni más ni menos, que al eco del canto de un grillo caribeño (anurogryllus celerinictus) durante el cortejo a su grilla.

 

Lo paradójico aquí, es que quienes sin prueba alguna han acusado a Cuba de usar un arma sónica contra su personal diplomático, sean los mismos que desde 1971 con la introducción del virus de la fiebre porcina africana, hasta la dispersión aérea en octubre de 1996 del insecto Thrips palmi karny que devastó las cosechas de papa, han desarrollado una verdadera guerra biológica contra esta nación del Caribe.  Existen más de una veintena de agresiones biológicas bien documentadas que Estados Unidos ha realizado contra Cuba en más de 25 años, entre las que sobresalen el dengue hemorrágico, el moho azul del tabaco, la roya de la caña de azúcar y la conjuntivitis hemorrágica. Recientemente el jefe de las Tropas de Defensa Radiológica, Química y Biológica de las Fuerzas Armadas de Rusia, a raíz de la operación militar que tiene lugar en Ucrania, declaró que encontraron laboratorios biológicos en ese país, que sirvieron para producir los mosquitos del dengue que afectaron a los cubanos entre los años 70 y 80.

 

Por eso hoy más que nunca se impone la necesidad que la humanidad prohíba total y de manera eficaz la investigación, desarrollo, producción y almacenamiento de las armas biológicas, tanto las que se consideran eufemísticamente defensivas, como las ofensivas. Urge en definitiva la eliminación de las existentes y un desarme general y completo bajo control y supervisión exhaustivas. No hacerlo ahora, continuará prolongando los riesgos que todos los seres humanos corremos con este armamento y sus consecuencias impredecibles.

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