Hoy encaramos bien una crisis de la modernidad que nos expone a problemas semejantes a los que enfrentaron los últimos antiguos en su momento, y los primeros modernos en el suyo. Esa crisis expresa un nuevo proceso de transición histórica, que empieza a plantearnos los desafíos que plantea el desarrollo futuro de nuestra propia especie.
Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá
“Naturaleza es todo lo que existe, en toda forma, espíritus y cuerpos; corrientes esclavas en su cauce, raíces esclavas en la tierra; pies, esclavos como las raíces; almas menos esclavas que los pies. El misterioso mundo íntimo, el maravilloso mundo externo, cuanto es, deforme o luminoso u obscuro, cercano o lejano, vasto o raquítico, licuoso o terroso, regular todo, medido todo menos el cielo y el alma de los hombres,
es naturaleza”
José Martí
En tiempos como los que vivimos, las cosas y las ideas van dejando de ser lo que eran en el camino a lo que llegarán o no a ser. Ese cambio transcurre en una espiral que avanza hacia el futuro recuperando una y otra vez el pasado, en ciclos a veces más anchos, otras más estrechos, a veces descendentes, otras ascendentes en su constante devenir. Y en ese proceso, por lo general difuso en la conciencia colectiva, ocurre a veces que todo el pensamiento anterior debe ser incorporado al nuestro como un momento necesario en su desarrollo.
Esto ha ocurrido antes. El cristianismo desempeñó un papel histórico de primer orden en la transición de la Antigüedad a la Edad Media. En ese proceso tuvieron un importante papel intelectuales como San Agustín en el rescate y la nueva lectura de los grandes autores clásicos del mundo que se disolvía, como Aristóteles, que contribuyeron en una importante medida a darle forma a la edad nueva que emergía de la desintegración de la romanidad.
Lo importante, aquí, es la estructura que de la nueva visión del mundo que caracteriza a la cultura que así emerge, incluyendo en ella las formas del pensar y las normas de relacionamiento y de conductas sociales que la caracterizan. Así, a lo largo de la Edad Media esa visión del mundo enfatizó los problemas relacionados con el fin de los tiempos y la salvación de las almas, y sus saberes se vieron organizados en torno a la disciplina que se ocupa de esos problemas, que es la teología.
Al cabo de mil años ocurrió la transición de la Edad Media a la Moderna, entre 1450 y 1650. Ese nuevo proceso relevó el saber referido a los problemas de la salvación del alma por otro centrado en la acumulación de ganancias, organizado en torno a la economía como disciplina que se ocupa de esos menesteres, que pasó a ser dominante en la cultura que conocemos hasta ahora.
Hoy encaramos bien una crisis de la modernidad que nos expone a problemas semejantes a los que enfrentaron los últimos antiguos en su momento, y los primeros modernos en el suyo. Esa crisis expresa un nuevo proceso de transición histórica, que empieza a plantearnos los desafíos que plantea el desarrollo futuro de nuestra propia especie. Así, nuestro saber tiende a referirse cada vez más a los problemas de la sustentabilidad del desarrollo humano, y organizarse en torno a la ecología como ciencia de las relaciones en cuyo marco cabe plantear ese problema. De aquí una geocultura que va dando lugar a la formación de nuevos campos del saber -como la historia ambiental, la ecología política y la economía ecológica-, y plantea a las ciencias de lo natural la necesidad de encontrar formas nuevas de relación con las de lo humano.
Ese proceso incluye, ya, formas de organización de la cultura y de sus lenguajes que son innovadoras en cuanto se refieren a problemas de un nuevo tipo en nuestra historia, cuando – al decir de John Bellamy Foster - “la expansión cuantitativa de la producción global y de la extracción de recursos” han llevado “a una transformación cualitativa en la relación de la especie humana con el conjunto del Sistema Tierra”.
Hoy, agrega Foster, esa transformación ha hecho de “los factores antropogénicos” una “fuerza de cambio” capaz de alterar el clima planetario, alterar los ciclos biogeoquímicos de la biosfera, erosionar la biodiversidad del planeta, y generar crecientes problemas de acceso a tierras fértiles y agua dulce para una población que ya supera los 8 mil millones de personas.
La complejidad de estas transformaciones se corresponde con el ingreso del planeta y sus ocupantes a una etapa de su historia designada con el nombre de Antropoceno. Comprender el alcance y las opciones de futuro de ese proceso en curso de una manera que nos permita incidir de manera consciente en su desarrollo constituye el principal desafío cultural y político de nuestro tiempo.
Eso incluye conocer el camino que hemos recorrido para llegar aquí. Al respecto, Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz nos recuerdan que las consecuencias destructivas de la expansión del mercado mundial ya eran conocidas a fines del siglo XVIII y principios del XIX.
Esto, dicen, dio lugar a lecturas del entorno de los humanos que aportaron a la formación del concepto de ambiente, como las alteraciones del clima, los metabolismos humano-naturaleza, y la economía y el agotamiento de la naturaleza.
Así, para fines del siglo XVIII el término circumfusa (lo extendido, circundante) ya era utilizado para referirse a los elementos del entorno humano. Desde esa misma perspectiva, el término environment, utilizado en inglés y en francés para designar al ambiente, está vinculado a la noción de entorno – environs, en francés -, mientras el término ambiente, de uso en español proviene del latín ambiens – lo que rodea, lo cercano.
Aquí, lo importante no es tanto el origen de la palabra, sino la formación del concepto que ella expresa. Así, por ejemplo, tan solo en el siglo XIX ese proceso abarca los debates asociados a la teoría de la evolución por selección natural planteada por Charles Darwin en 1859; los asociados al concepto de ecología formulado por Ernst Haeckel en 1869, y los relativos al papel del trabajo en la interacción entre nuestra especie y sus entornos naturales, y las formas históricas de esa relación, presentados por Carlos Marx y Federico Engels entre 1867 y 1876.
Hoy contamos con una narrativa que remite a la década de 1970 el primer gran impulso al uso del concepto de ambiente – más abierto a las ciencias humanas - como distinto al de ecosistema, más vinculado a las ciencias naturales y hasta entonces dominante. Viendo en retrospectiva ese impulso, encontramos múltiples señales del curso que conduciría a ese resultado. De entre ellas cabe destacar dos. En 1956, el geógrafo Carl Sauer llamó a entender cuándo y cómo los humanos habían “alterado y desplazado segmentos cada vez mayores del mundo orgánico,” haciendo de nuestra especie “el dominante ecológico en más y más regiones”, y produciendo “cambios en la superficie del terreno, el suelo y las aguas en la tierra”. Y advertía que, en un mundo que subordinaba el uso responsable de los recursos naturales a “las capacidades del avance ilimitado de la tecnología”, los científicos naturales “eran y aún podrían ser de la estirpe de Dédalo, dedicados a inventar reorganizaciones cada vez más osadas de la materia y por tanto, lo quieran o no, de las instituciones sociales.”
Y en 1962, por supuesto, la bióloga Rachel Carson publicó su libro
La Primavera Silenciosa, de la bióloga Rachel Carson, que llevó el problema del abuso de plaguicidas en la agricultura industrial al gran público norteamericano.
De entonces acá, hemos ingresado a una circunstancia histórica que define en nuevos términos a lo ambiental como problema. En este plano, el Antropoceno tiene un efecto disruptivo en la comprensión de los problemas ambientales de nuestro tiempo, y en las estructuras y categorías del conocer dominantes en la geocultura del sistema mundial, como las de desarrollo y sostenibilidad, y la de lo social como un sistema del ambiente global. Hoy, en efecto, el concepto de ambiente desborda el entorno inmediato de las interacciones Humanidad / Naturaleza para constituirse en el producto de las interacciones entre los procesos de trabajo organizados por el sistema social humano y los procesos naturales del sistema Tierra.
Si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir sociedades capaces de sostener el desarrollo de nuestra especie en el Sistema Tierra del que hacemos parte. Los conocimientos científicos y los medios tecnológicos disponibles tendrán una eficacia limitada si carecen de los fines adecuados: contribuir a la elaboración de esos fines, y de los medios necesarios para realizarlos, es el reto mayor para los nuevos campos del saber que emergen al calor de la crisis que abre paso al Antropoceno es el gran reto de la geocultura ambiental de nuestro tiempo, y para el hacer que socialice esos saberes.
Alto Boquete, Panamá, 28 de agosto de 2025
Foster, John Bellamy, 2024: The Dialectics of Ecology. Socialism and nature. Monthly Review Press, New York.
2017: The Shock of the Anthropocene. The Earth, History and Us. Verso, London * New York
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