El frío invierno
austral se ha metido en los huesos de la población y sólo el calor de la
esperanza para octubre, puede sacarla de la sórdida ficción en que está
sumergida.
Roberto Utrero Guerra / Especial para Con Nuestra América
Desde Mendoza,
Argentina
Hace dos semanas, a
días de las PASO, se estrenó a nivel nacional el pretensioso y caro film La cordillera. Allí, el laureado actor
Ricardo Darín encarna al presidente de Argentina que, recientemente electo,
debe viajar a la Cumbre de mandatarios de la región a realizarse en Chile donde
se analizará la posibilidad de concretar una alianza petrolera a nivel
continental. El marco en el que transcurre la mayor parte de la película es en
plena cordillera de Los Andes, en un resort cinco estrellas, alternando el
blanco níveo con los azules oscuros que conforman un relato plagado de
claroscuros. Las presiones y traiciones políticas alternan con las crueldades
íntimas que muestran hasta dónde puede llegar un individuo para acceder al
poder. En este caso es su torturada hija y el recurso de la hipnosis para sacar
a la luz los traumas y conflictos con su padre. El mal debe ser conocido al
menos dos veces devela como mensaje el oscuro protagonista. El presidente
ficticio, es un hombre común que llega desde la humilde provincia de La Pampa
que, hasta su nombre, Hernán Blanco, sirve como ingrediente maniqueo fundamental
para direccionar su exitosa campaña hacia la presidencia: lo nuestro es blanco
o negro. Una exhortación ineludible de la grieta que, desde los voceros del
gobierno se intenta derrumbar, pero que sus robustos cimientos desmienten a
cada instante.