Todos los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, un ingeniero de una multinacional, su portero o su gerente, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico semi analfabeto, todos y todas atravesamos hoy el calvario de la precariedad laboral.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
En 1848, como frase final del Manifiesto Comunista, dos jóvenes intelectuales alemanes decían: “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” El llamado, vehementemente impetuoso, buscaba la organización de toda aquella persona que trabaje –es decir: que por medio de su esfuerzo, modifique el entorno natural en función de un proyecto humano– para, en una acción revolucionaria, cambiar el opresor sistema capitalista marchando al socialismo, puerta de entrada a una futura sociedad sin clases sociales: el comunismo.
















