Si al inicio Estados Unidos y la OTAN apostaron a que la maquinaria de Putin era incapaz de enfrentar la suma de las sanciones más las nuevas tecnologías militares, hoy los términos parecen invertirse: es Rusia la que define el ritmo y la escala del conflicto.
Ilán Semo / LA JORNADA
Poco a poco, las causas profundas de la guerra en Ucrania se van develando. El pasado 7 de marzo apareció en la página digital de Bloomenberg un detallado reportaje sobre la carrera (entre las corporaciones occidentales) para emprender la ola de inversiones más ambiciosa desde la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que en los próximos 10 años llegarán a Ucrania un trillón de euros para apropiarse de lo que alguna vez perteneció a la oligarquía más corrupta y fallida del continente. “Como en ningún otro lugar de Europa del Este –asevera la publicación– se han abierto las puertas para la expansión”. En otras palabras: sobre los cadáveres de decenas de miles de ucranios, dará comienzo el espectáculo de otra rapiña, la de su riqueza. Quien definió, en su momento, a la intervención rusa como una “guerra interimperialista” tenía más que razón.













