sábado, 6 de abril de 2024

El marxismo es una ciencia

 Hay que proseguir profundizando el instrumento teórico con el que delinear una estrategia revolucionaria. Eso parece que está faltando hoy día.

Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

Las izquierdas, en todas partes del mundo, se han apegado bastante a la letra de lo estudiado y expuesto por Carlos Marx en la segunda mitad del siglo XIX. Sus descubrimientos, sin ningún lugar a dudas, abrieron un campo de pensamiento social crítico inigualable. Tanto y a tal punto que sus formulaciones, en realidad llamadas “socialismo científico” o “materialismo histórico”, pasaron a ser rápidamente conocidas como “marxismo”. Cuando se entroniza de una determinada manera a un autor, a un personaje, se corre el riesgo de poder terminar endiosándolo. Marx, definitivamente, nunca aprobó esa designación.
 
Con esto, ni remotamente estamos diciendo que Marx se equivocó o que fue superado, o que él en persona fomentara un culto a su personalidad. Por el contrario, nada más alejado de ello. Pero sí debe hacerse notar que su obra generó una ciencia, en el sentido más estricto de la palabra, una “ruptura epistemológica”, como decía Louis Althousser. Es decir: un saber que se pretende riguroso, que se maneja por conceptos y que tiene la capacidad de actuar concretamente sobre el mundo, así como hace cualquier ciencia: a partir de sus conceptos fundamentales se genera una praxis operativa en la realidad concreta. 
 
En tal sentido, lo enunciado por Marx, que en esencia sigue siendo totalmente vigente hoy, más de un siglo y medio después de su aparición como teoría -por cierto, no se ha terminado la explotación de clase, y en eso se basa el actual modo de producción, que en esencia sigue siendo igual al abordado en el siglo XIX-, ese estudio, esa crítica, en el sentido más prístino del término, se hizo sobre la base de un capitalismo todavía de libre concurrencia, con unas pocas potencias europeas y el naciente Estados Unidos controlando el mercado mundial, y con un gran Sur global convertido en colonia de aquellas metrópolis. En lo sustancial, eso no ha cambiado, pero el sistema capitalista fue modificándose en su forma. Se hizo monopolista, luego devino imperialista, posteriormente globalizado con la llamada deslocalización, desarticuló a la clase proletaria industrial, se robotiza en forma creciente, fue creando nuevas formas de relacionamiento social. 
 
El mundo de hoy, tercera década del siglo XXI, presenta características bastante distintas a la sociedad decimonónica estudiada por Marx. Fenómenos nuevos marcan la dinámica humana: mundo de la virtualidad (ya se hacen confesiones con el cura confesor en línea) que nos va convirtiendo en seres permanentemente ante una pantalla; algoritmos, reconocimiento facial y detección del calor corporal que permiten saber a los poderes dónde estamos en cada momento y qué pensamos; catástrofe ecológica que puede cambiar irreversiblemente el planeta; guerra de cuarta generación en marcha (mecanismos de control mediático-psicológico-culturales de altísimo impacto, incluyendo neuroarmas) que van decidiendo en forma creciente lo que debemos pensar; influencers que mueven más gente por las redes sociales con mensajes banales y “entradores” que cualquier mitin político; nuevas formas de la sexualidad (la explosión LGTBIQ+ no se detiene) que abren preguntas sobre el ser humano del futuro y la construcción de nuevos modelos de familia; de los 6.000 idiomas existentes hoy día, para fines del presente siglo quedará solo el 10%, dado que la planetarización cultural es un hecho que no se detiene, avasallando formaciones ancestrales que no pueden resistir; inteligencia artificial que nos interroga sobre la marcha futura del ser humano (tres libros diarios producidos por un chatbot… ¿sobrará la gente?). El auge de la IA avanzada y la AGI (inteligencia general artificial) tiene el potencial de desestabilizar la seguridad mundial de un modo que recuerda a la introducción de armas nucleares” informa el Departamento de Estado de Estados Unidos; explosiva aparición de startups (pequeñas empresas de alta tecnología con alcance global) que marcan buena parte del ritmo del movimiento comercial actual; proliferación creciente de “nómadas digitales” (trabajadores ligados al mundo cibernético que trabajan en forma remota, incluso de un país a otro, dejando completamente de lado la presencialidad), lo cual no fortalece lazos solidarios de gremio sino que constituye una invitación al individualismo (o solipsismo, como se le ha caracterizado); el contrabando internacional de semiconductores informáticos (chips) de gama alta con un gran potencial destructivo rigiendo cada vez más los procesos industriales y militares, aumentando exponencialmente la brecha entre países ricos y pobres; delincuencia organizada al más alto nivel moviendo cantidades monumentales de dinero que se reciclan en la economía “limpia”, convirtiéndose en nuevos poderes políticos (narcoactividad, tráfico ilegal de personas y de armas, redes de prostitución a gran escala, expansión de drogas sintéticas, falsificación de medicamentos, industria del sicariato, minería ilegal).
 
Ante todo este nuevo panorama, el materialismo histórico como ciencia debe seguir profundizando esos aspectos. Nuevos colectivos de lucha que han ido apareciendo en los años (lucha contra el patriarcado, contra el racismo, contra la discriminación sexual, etc.) aportan renovada energía a la lucha antisistémica, por lo que deben establecerse los vínculos pertinentes con los fundamentos del materialismo histórico. Los textos clásicos son fundamentales, pero con el estalinismo vivido en la primera experiencia socialista en la Unión Soviética, mucho de la teoría pasó a ser dogma, más cerca de una actitud religiosa que científica. Los manuales soviéticos no abrieron la investigación, sino que, en general, se limitaron a repetir fórmulas. Eso marcó mucho al campo comunista internacional, muchas veces fieles seguidores de Moscú. 
 
Hay que proseguir profundizando el instrumento teórico con el que delinear una estrategia revolucionaria. Eso parece que está faltando hoy día. Las ciencias sociales continuaron avanzando, y muchas de ellas pueden dar importantes pistas para esa construcción: el Psicoanálisis (y sus investigaciones acerca de la condición humana, de la fascinación con el poder), la Semiótica (que estudia cómo podemos ser convertidos en manso rebaño por el uso de la comunicación), por ejemplo. La realidad humana se muestra intrincadamente compleja, y solo con lecturas críticas que nos proporcionan estas actuales ciencias podremos entender alguno de los empantanamientos del socialismo real. Las luchas de poder, por ejemplo, crueles y sangrientas en general, no se dan solo en el ámbito de la derecha: también en las izquierdas. ¿No es hora de reconocerlo para abordarlas con espíritu científico crítico? El materialismo histórico es una ciencia, no una religión dogmática. Por tanto está llamado a seguir investigando y proponiendo vías de acción. 

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