El cambio climático
impone a nuestros países una realidad implacable: la necesidad de
transformar y subvertir el modelo o estilo de maldesarrollo que impera en la
región, y cuyos desequilibrios se expresan ya en todos los ordenes de la vida
social y ambiental.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
La Comisión Económica
para América Latina (CEPAL) publicó en febrero de este año un informe titulado La economía del cambio climático en América Latina y el Caribe.
Paradojas y desafíos del desarrollo sostenible, un documento que
formula fuertes críticas al estilo de desarrollo dominante en el continente, al
que caracteriza como insostenible, y lanza señales de alarma sobre distintos
escenarios de impacto inminente del cambio climático y sus fenómenos asociados,
si esa concepción del consumo de bienes y recursos, de la distribución de la
riqueza, y en general, de las relaciones entre naturaleza y sociedad, no
cambian. Lo anterior con el agravante de que sobre nuestros pueblos de América
Central pende, mortal, la paradoja del maldesarrollo
planetario: somos una de las regiones que menos contribuyen a la producción y
emisión de gases de efecto invernadero, pero, al mismo tiempo, por la acción
irracional de las economías y sistemas productivos industrializados, estamos
altamente expuestos a las consecuencias del cambio climático.












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