viernes, 18 de noviembre de 2011

América Latina y el viejo pacto neocolonial

Sin menospreciar los avances de la última década, es claro que la cuestión de fondo en muchos de los problemas de nuestra América radica, todavía, en la persistencia del pacto neocolonial en nuestras dolorosas repúblicas, como las llamara José Martí. Y para desatar ese nudo, nos falta mucho camino por andar.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

En su obra clásica Historia contemporánea de América Latina (Alianza Editorial, 2010. P. 280), Tulio Halpegrin Donghi describió cómo, hacia el último cuarto del siglo XIX, tuvo lugar un cambio decisivo que determinaría el modo de inserción de nuestra América en el sistema internacional, y su rol como proveedor de materias primas para un mercado mundial controlado por las grandes potencias: “En 1880 –años más , años menos- el avance en casi toda Hispanoamérica de una economía primaria y exportadora significa la sustitución finalmente consumada del pacto colonial impuesto por las metrópolis ibéricas por uno nuevo. A partir de entonces se va a continuar la marcha por el camino ya decididamente tomado”.

En 2011, ese pacto neocolonial, en sus aspectos fundamentales y más perniciosos, sigue vigente. Esto es claro, por supuesto, en los flujos de inversión de capitales y en los patrones de producción dominantes que responden a aquella economía primaria y exportadora, pero también, en aspectos culturales (las visiones de mundo que configuran y animan los imaginarios sociales y políticos del llamado “desarrollo”) que determinan un modo de relacionarnos con la naturaleza que hoy alcanza, y casi supera ya, los límites de sostenibilidad.

El informe de CEPAL sobre la inversión extranjera directa (IED), correspondiente al año 2010, presenta información sumamente relevante para comprender esta realidad definida por los flujos de capital en sus dos modalidades: transnacional y translatino (inversiones de capital originadas en nuestra propia región), y sus impactos en varios órdenes.

De acuerdo con los datos de CEPAL, la IED proveniente de EE.UU, Países Bajos, China, Canadá y Reino Unido –las “nuevas metrópolis”- creció en total un 40% entre 2009 y 2010, para alcanzar los $113.000 millones de dólares; por su parte, las empresas translatinas, incluidas las de capital estatal, movilizaron $43.000 millones dólares en inversiones entre los países de la región: un monto que se cuadruplicó con respecto del año anterior.

Los principales receptores de la IED fueron Brasil, Argentina, Perú, Chile y México; en tanto que los sectores a los que se dirigen esas inversiones son los recursos naturales (minería y agronegocios) y los servicios, con un 43% y un 30% respectivamente en América del Sur; y las manufacturas (54%) y servicios (41%), en México, América Central y el Caribe.

Esto significa que la mejor posición de la economía latinoamericana, celebrada por propios y extraños, a izquierda y derecha, todavía sigue basada en la especialización subordinada y dependiente del sistema productivo/exportador (zonas francas que gozan de exoneraciones fiscales e incentivos financieros), con énfasis en la explotación de la mano de obra (en maquilas y empresas de call center), así como en la intensificación del modelo extractivista (lo que los analistas definen como “reprimarización”). Basta recordar a manera de ejemplo, como lo señala CEPAL, que “más del 90% de las inversiones chinas confirmadas en América Latina se han dirigido a la extracción de recursos naturales”.

Así, a la distancia de más de un siglo, se reafirman y profundizan tendencias derivadas de los procesos socio-económicos y culturales que determinaron la configuración actual de América Latina: en efecto, la estructura de distribución de montos y destinos de la inversión extranjera directa, a inicios del siglo XXI, replica, en términos generales, la estructura productiva-comercial de los tiempos de la economía imperial/colonial -decisiva en el desarrollo capitalista europeo- y que, en buena medida, señaló el curso a seguir en el proceso de construcción de los Estados nacionales entre los siglos XIX y XX.

¿Está condenada América Latina a repetir su historia, unas veces como tragedia y otras como farsa? ¿Estamos a tiempo de avanzar hacia alternativas al desarrollo hegemónico, que ofrezcan a nuestros pueblos un futuro cualitativamente distinto al de ser simple reserva de materias primas del capitalismo para salvar sus ciclos de crisis?

En una región con amplia presencia de gobiernos y fuerzas sociales progresistas (sobre todo en el Sur), el imperativo de avanzar hacia esas posibilidades pasa, en primera instancia, por una más vigorosa acción del Estado sobre el mercado y sus lógicas de rentabilidad a cualquier costo.

Solo desde el campo político progresista, con sus fortalezas y a pesar de sus contradicciones, se podría reorientar parte de los excedentes de riqueza generados por los flujos de inversión al fortalecimiento del proyecto nacional-popular latinoamericano, y hacia la construcción de sociedades y sistemas productivos sostenibles, no depredarores del medio ambiente. Al Estado y no al mercado le corresponde asumir ese liderazgo político, jurídico y cultural, que empieza con la definición estratégica del tipo de IED cuya presencia se quiere estimular en cada país, ponderando su real impacto socioeconómico y ambiental; y al mismo tiempo, estableciendo con claridad, desde una perspectiva nuestroamericana de búsqueda del bien común, el rol que deben desempeñar las empresas translatinas estatales -algunas tan poderosas como PETROBRAS, BANDES o PDVSA- en la consolidación de una autonomía regional sustentable en los ámbitos económico, productivo, energético y científico-tecnológico, articulada a la nueva y ambiciosa institucionalidad de la integración (UNASUR, ALBA, MERCOSUR y la futura CELAC).

Sin menospreciar los avances de la última década, es claro que la cuestión de fondo en muchos de los problemas de nuestra América radica, todavía, en la persistencia del pacto neocolonial en nuestras dolorosas repúblicas, como las llamara José Martí. Y para desatar ese nudo, nos falta mucho camino por andar.

La coyuntura histórica y política del bicentenario nos ofrece condiciones únicas para la ruptura de las cadenas que nos marcaron desde el siglo XIX, para dar pasos firmes hacia las transformaciones y transiciones que hoy reclaman los pueblos, y que necesita urgentemente la humanidad.

No perder esa oportunidad y abrir más y mejores espacios para el debate y la discusión de ideas en torno a nuestras alternativas emancipatorias, han de ser objetivos irrenunciables de los movimientos sociales, las organizaciones populares, los partidos políticos, los intelectuales, la academia y la ciudadanía toda, en el ejercicio del poder y en el control permanente de nuestros gobernantes.

Anarcocapitalismo y descolonización latinoamericana

La “descolonización” es, también, la recuperación de las autoestimas nacionales, esas que tan lejanas habían quedado durante el neoliberalismo. Es este interés nacional el que ha oxigenado la representación política, el que ha cambiado el contenido de los léxicos políticos, tan habituados a transitar siempre por la compaginación con los intereses extranjeros.

Amilcar Salas Oroño* / Página12 (Argentina)

1. Los cambios históricos se toman su tiempo. Pareciera que recién el siglo XXI ha traído para América Latina la posibilidad de repensar su naturaleza “dependiente”. Frente a un panorama mundial marcado por una crisis financiera que no encuentra punto de equilibrio, el desprestigio de las principales instituciones supranacionales, gobiernos renunciados y ciudadanos “indignados”, una brecha se abre entre, por un lado, los mapas ideológicos que guían las respuestas en los países centrales y, por el otro, lo que sucede en nuestro subcontinente. Son disparidades no exclusivamente de la administración: reflejan un desacople de las mentalidades políticas latinoamericanas respecto de lo que, por siglos, resultó determinante en términos prácticos: la creencia de que nuestro progreso sólo sería posible si correspondiéramos a los modelos económicos, políticos y culturales de los países centrales. Un subterráneo quiebre ideológico que se asienta, sobre todo, en heterodoxas y originales fórmulas de regulación estatal sobre algunas dinámicas del mercado –como lo promocionan incluso académicos europeos y estadounidenses–. Una tendencial “descolonización” latinoamericana, un reacomodamiento de lo que usualmente ha sido considerado centro y periferia, un cambio en las autopercepciones.

Chile: La difícil renovación de la élite política

El Poder Político reside hoy, tal como en el Chile premoderno, en unas pocas familias de derecha y de izquierda, de clase alta y de clase media alta, algunas de las cuales vienen mandando este país por más de una centena de años. Esta falta de renovación ha significado una cuasi captura de parte de ciertos individuos y familias de los más altos cargos del Estado.

Manuel Barrera Romero / Especial para Con Nuestra América

Desde Santiago de Chile

La renovación de las dirigencias políticas es un proceso nada de fácil y, quizás, imposible de conseguir bajo las normas y los comportamientos de la democracia y sociedad chilenas. En el caso extremo de la derrota electoral del gobierno militar no se produjo una participación política destacada de aquellas capas sociales que estuvieron excluidas y que realizaron, in situ, una sistemática oposición a dicho gobierno. Ello había dado origen a un potente liderazgo político, masivo y popular. No obstante, el liderazgo político del retorno a la democracia fue el de la década de los 60’ y primeros 70’ que había participado de los gobiernos de Frei Montalva y de Allende y de los Parlamentos de la época.

El movimiento popular durante los 17 años del gobierno militar se organizó en numerosas organizaciones: sindicatos; juntas de vecinos; ollas comunes; ONG´s de estudio, de capacitación y de solidaridad; en las llamadas organizaciones económicas populares; en las comunidades cristianes de base; etc. Ahí se generó un multitudinario liderazgo popular, cuya expresión más dramática fueron las decisivas protestas callejeras en contra de la dictadura, pero cuya actividad fue cotidiana.

Eran tiempos en que se manifestó una sociedad civil variada y potente que con la llegada de la democracia tendió, extrañamente, a desaparecer para dar paso a una excluyente sociedad política. Porque hay que decirlo claramente, mientras gran parte de la dirigencia política estaba en el exilio aquí al interior del país la esperanza popular no se dejó abatir. ¿Qué pasó con estos líderes populares, por qué no accedió ninguno a las responsabilidades superiores del Estado durante los gobiernos democráticos? No conocemos respuesta alguna de parte de los partidos a este interrogante. Queda claro que se impuso la “ley de hierro de la oligarquía” de los partidos políticos, enunciada por el sociólogo alemán Robert Mitchels.

Guatemala: El último retorno de Otto Raúl González

Otto Raúl González murió el 23 de junio de 2007 en la ciudad de México. El 26 de octubre de este año me tocó el honor de acompañarlo en su último retorno al terruño que lo vio nacer. Hoy su corporeidad está disuelta en ese terruño. Ojalá su obra también se disuelva en el mejor sentido: que forme parte de lo mejor de las nuevas generaciones.

Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América

Desde Puebla, México

El miércoles 26 de octubre de este año de 2011, me encontraba sentado en una de las salas de abordaje del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México. Mi estado de ánimo era agitado pues mi viaje obedecía al acto de dignificación y solicitud de perdón que el Estado ofrecería dos días después con motivo del asesinato de mis padres. Súbitamente en una de las butacas divisé un rostro para mi inolvidable desde la infancia. Una mujer morena de pelo oscuro y largo, bella como siempre pese al paso de los años, se encontraba sentada allí acompañada de dos mujeres más, su hija y su nieta como lo pude saber momentos después. No cabía duda, esa mujer que para mí fue siempre recuerdo inolvidable desde los años cincuenta del siglo XX, era Haydée Maldonado de González, ahora ya la viuda del gran poeta guatemalteco Otto Raúl González.

El Estado panameño globalizado

En el caso de Panamá, el cambio de la correlación de fuerzas que se experimentó entre 1990-2010 pareciera indicar que vamos a contratiempo con el resto del mundo. Es decir, la burguesía rentista (Canal de Panamá, centro bancario, actividades portuarias y la Zona Libre de Colón) ha sometido a la sociedad y a los trabajadores a un régimen inflexible.

Marco A. Gandásegui, h. / http://marcoagandasegui11.blogspot.com/

Sin duda, los conceptos de Estado y globalización son difíciles de manejar debido a las múltiples interpretaciones que se hacen de los mismos. Para algunos, el Estado es la síntesis de todos los actores políticos de una sociedad. Para otros, es el aparato gubernamental que tiene el monopolio para tomar decisiones políticas y reprimir a los opositores del sistema que encabeza. En realidad, cuando se habla del Estado se está haciendo referencia a una correlación de fuerzas. Seamos más claros y directos: Es el equilibrio que se establece entre las distintas fuerzas sociales que compiten por ejercer su dominio sobre la totalidad de la sociedad. El Estado refleja los intereses del sector más poderoso de la sociedad o de una alianza entre diferentes sectores que comparten el poder. El Estado (el grupo más poderoso) define la política exterior de la sociedad organizada así como la política interna (el orden y el grado de represión). La política exterior incluye relaciones con otros estados, las alianzas internacionales y la guerra. La política interna del Estado define el uso de la Policía y otras fuerzas represivas, las recaudaciones y las inversiones, la educación, los servicios de salud, las relaciones entre obreros y patrones, el uso del territorio y, en algunos casos, incluso, el culto (religión).

Pensamientos y sueños sobre Brasil

Brasil es la mayor nación neolatina del mundo. Tenemos todo para ser también la mayor civilización de los trópicos, no imperial, sino solidaria con todas las naciones, porque Brasil incorporó en sí a representantes de 60 pueblos que vinieron aquí. Nuestro desafío es mostrar que Brasil puede ser, de hecho, un pedazo de paraíso que no se perdió.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

1. El pueblo brasilero se habituó a «enfrentar la vida» y a conseguir todo en «la lucha», es decir, superando dificultades y con mucho trabajo. ¿Por qué no iba a «enfrentarse» también al reto último de hacer los cambios necesarios para crear relaciones más igualitarias y acabar con la corrupción?

2. El pueblo brasilero todavía no ha acabado de nacer. Lo que heredamos fue la Empresa-Brasil, con una elite esclavizadora y una masa de desposeídos. Pero del seno de esta masa, nacieron líderes y movimientos sociales con conciencia y organización. ¿Su sueño? Reinventar Brasil. El proceso empezó a partir de abajo y es ya imparable.

3. A pesar de la pobreza y de la marginación, los pobres inventaron caminos de supervivencia. Para superar realidad negativa, el Estado y los políticos necesitan escuchar y valorar lo que el pueblo ya sabe y ha inventado. Sólo entonces habremos superado la división élites-pueblo y seremos una nación una y compleja.

¿Después de Berlusconi sigue Obama?

Asistimos impávidos a golpes de Estado bancario en donde las destituciones de las autoridades políticas no son asumidas por el pueblo vía elecciones democráticas, sino por grandes corporaciones y transnacionales avaladas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

José Toledo Alcalde / Especial para Con Nuestra América

Desde Lima, Perú

Si el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) actuara teniendo como principios éticos normativos la equidad, la justicia y el derecho internacional , el próximo en ser relevado en su cargo sería Barack Obama y no Mahmud Ahmadineyad (محمود احمدی ‌نژاد), Bashar al-Assad (شار الاسد), Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa o Cristina Elisabet Fernández de Kirchner.

¿Acaso la situación de los EE.UU no califica como una amenaza no contra la estabilidad de los países de la región sino del planeta? ¿Acaso la situación de los EE.UU no amerita que se ponga en consideración el envío de una misión de evaluación o, en el peor de los casos, el de un “Consejo Nacional de Transición…que apela a la unidad, la reconciliación nacional y la justicia…” como ellos lo decidieron en el caso último de Libia?[1]

Latinoamérica enseña a Europa

Hay modos de salir de la crisis por vía de aumentar las funciones del Estado, no de achicarlas. Pero el eurocentrismo no permite advertir en Europa que es hora de que ellos empiecen a aprender de lo que hacemos sus denostados congéneres del Sur del planeta.

Roberto Follari / El Telégrafo (Ecuador)

Basta leer algunos diarios de la nunca del todo europea España -o de alguna de sus naciones constitutivas como Catalunya o Euskadi-, para comprobar cómo nos “entienden” en Europa. Una mezcla de sus intereses empresariales en nuestros países (caso Telefónica Española, por ej.) con cierto racismo mal disimulado contra países que ellos entienden “atrasados”, los lleva a pretender que nuestros países serían una mezcla pintoresca de demagogia, caudillismo y corrupción, muy lejanos a la institucionalidad madura que -según los europeos suponen- ellos habrían logrado.

La mirada eurocéntrica que los llevó a colonizarnos violentamente creyendo que nos hacían un unilateral favor civilizatorio, continúa hoy en la noción displicente por la cual suponen que pertenecemos a una esfera inferior de la vida social y económica, a una especie de etapa atrasada de la cual no seríamos capaces de salir.

Europa: “La democracia está desapareciendo”

El economista y parlamentario alemán Michael Schlecht, del Partido Die Linke -La Izquierda-, analiza en esta entrevista el trastorno de las democracias europeas y denuncia el papel que ha desempeñado el capitalismo alemán en esta mega crisis. Para Schlecht, la democracia se está esfumando del Viejo Continente.

Eduardo Febbro / Página12 (Argentina)

Desde Atenas, Grecia

Afuera el primer ministro griego Giorgos Papandreu, reemplazado por un emisario del sistema bancario. Afuera el presidente del Consejo Italiano, Silvio Berlusconi, reemplazado por otro tecnócrata interlocutor del sistema financiero. La crisis de la deuda se cobró más que estas dos víctimas: en España se modificó la agenda electoral, en Portugal los partidos implementaron reformas dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, en Irlanda el desastre condujo al mismo callejón. La democracia europea se convirtió en una democracia bancaria. El diputado y economista alemán Michael Schlecht, responsable del grupo parlamentario del partido Die Linke, La Izquierda, analiza en esta entrevista el trastorno de las democracias europeas y denuncia el papel que ha desempeñado el capitalismo alemán en esta megacrisis. Para Michael Schlecht, la democracia se está esfumando del Viejo Continente.

–La democracia europea la están construyendo los bancos, no los electores que deciden por una mayoría. Más allá de lo que pensemos de ellos, Papandreu y Berlusconi son las víctimas más recientes de esta nueva doctrina.

–La respuesta es muy simple. La democracia está desapareciendo día tras día en Europa. Por ejemplo, cuando el pasado 5 de junio se organizaron las elecciones en Portugal, la Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo, Unión Europea) pidió a los dos partidos políticos portugueses que podían ganar las elecciones que firmaran un acuerdo, mediante el cual se comprometían a implementar las condiciones impuestas por la Troika. Ahora eso ocurrió con Grecia y le toca el turno a Italia. Por consiguiente, se puede decir que los portugueses no tuvieron elecciones verdaderamente libres. Se usó un arma contra ellos. En realidad, con esta política europea, Alemania está defendiendo con uñas y dientes los intereses financieros, los intereses del mercado. El gobierno de Angela Merkel tiene una actitud muy agresiva en este punto. Es una agresión sin tanques. Pero el resultado es el mismo.

Washington reprime a los “Ocupa” porque les teme

Frente a la represión, que seguro continuará, Ocupa Wall Street ha respondido sabiamente: “no puedes desalojar una idea cuyo momento ha llegado”.

Ángel Guerra Cabrera / LA JORNADA (México)

Nuestro vecino del norte se ha convertido en un Estado cada vez más antidemocrático y represivo también dentro de su territorio. Así lo confirma el brutal arrasamiento policiaco en los últimos días de muchos de los campamentos surgidos en importantes ciudades a raíz de la chispa encendida por Ocupa Wall Street. El movimiento parecía débil y solitario cuando comenzó con unas 200 personas en el Parque Zucotti(rebautizado de la Libertad) pero pronto ganó el apoyo de la mayoría de los newyorkinos, de sindicatos, intelectuales heterogéneos, artistas y empresarios medianos y pequeños. En menos de dos meses se ha extendido a más de cien ciudades, ha duplicado la popularidad del Tea Party y cambiado la agenda del debate político nacional. Temas tabú como desigualdad de ingresos, dominación de la sociedad por las corporaciones, codicia capitalista y los crímenes del imperio ahora se discuten en la sala de muchas casas y en las páginas editoriales.

¿Por qué ha surgido este movimiento, tan temido por el poder que no ha cesado de reprimirlo, hasta desalojarlo de su acampada más emblemática muy cerca de Wall Street? Como respuesta intentaré resumir los cuestionamientos del movimiento Ocupa al sistema imperante en Estados Unidos.

Las izquierdas en el ojo de la tormenta

Cuando las izquierdas dicen que el capitalismo está en crisis, apenas se asoman a una media verdad. Si aceptamos que estamos ante la crisis del sistema-mundo, debemos comprender que nosotros somos parte de esa crisis, porque nuestros movimientos nacieron en ese sistema y están llamados a desaparecer con él. Por eso se trata de construir otra cosa, de imaginar otras estrategias para “cambiarnos en el mundo”, porque no sólo se trata de cambiar el mundo, como si fuera algo externo a nosotros.

Raúl Zibechi / LA JORNADA (México)

En la edición de noviembre de Le Monde Diplomatique, Serge Halimi desarrolla en un extenso artículo su visión de los problemas que atraviesa la izquierda europea. En “La izquierda que ya no queremos” desgrana una fuerte crítica a los gobiernos que se proclaman socialistas por su manejo de la crisis, ya que no encuentra mayores diferencias entre lo que hacen los conservadores y los progresistas una vez que conducen la cosa pública.

“La izquierda reformista se distingue de los conservadores mientras dura la campaña por un efecto óptico. Luego, cuando se da la ocasión, se esfuerza por gobernar como sus adversarios, por no perturbar el orden económico, por proteger la platería del castillo”, escribe Halimi. También critica a la izquierda radical, que “sueña con aislarse en una contrasociedad aislada de las impurezas del mundo y poblada de seres excepcionales.”

Lo interesante de su análisis es que apuesta por rupturas. Rescata el triunfo electoral del Frente Popular francés en 1936, no por lo que hizo el gobierno, sino porque su victoria “liberó un movimiento de revuelta social al dar a los obreros la sensación de que ya no chocarían como antes con el muro de la represión policial y patronal”. En suma, apuesta a lo electoral en tanto pueda ser un activador de la protesta social para procesar las necesarias rupturas con el capitalismo. Es un cambio respecto de la tradicional estrategia de las izquierdas, no sólo europeas, ya que el sujeto vuelve a ser la lucha social, la lucha de clases, y ya no los aparatos político-electorales.

Los peligros del mundo y las ciencias prohibidas

Estamos hoy en condiciones de construir una utopía a la vez convalidada por la praxis de los pueblos y por los escenarios de las computadoras, esa que Emmanuel Wallernstein bautizó como “utopística” y que definió como “la ponderación seria de las alternativas históricas, la evaluación serena, racional y realista de los sistemas sociales humanos, de sus limitaciones y posibilidades”. Vale la pena pensar en ella y luchar por ella.

Pablo González Casanova / LA JORNADA (México)

No hay duda que vivimos en un mundo injusto y peligroso. La “opción racional” que orienta a las ciencias sociales hegemónicas se está convirtiendo, paradójicamente, en opción irracional. El “control de riesgos” nos está llevando a riesgos descontrolados. Modelos y formalizaciones muestran aquí y allá signos entrópicos amenazadores. Las falsas “leyes del mercado libre que por sí solo se requilibra”, y cuyas políticas siempre han derivado en graves crisis, nuevamente se ven “disconfirmadas”, y quienes anunciaron que pronto habría de superase la crisis que nos abruma, a poco se vieron obligados a reconocer que la actual crisis es más grave de lo que pensaron y de mayor duración.

La disminución de riesgos y la optimización de utilidades de las megaempresas y complejos hegemónicos parecen asociarse a la maximización de riesgos y de pérdidas en “el conjunto” de que forman parte. Que esa asociación, correlación o coincidencia muestran una relación de causa a efecto es algo que no puede descartarse. Y, sin embargo, la relación de causa a efecto entre los intereses y valores de las grandes corporaciones y los graves peligros y problemas del mundo es generalmente descalificada por el pensar científico, y relegada al mundo de la negación o rechazo, que Freud descubrió entre las características del inconsciente, y que también parece darse en el inconsciente de las colectividades científicas y de los complejos militares-empresariales y políticos, todos ciegos ante las causas de los peligros del mundo y sordos ante las tragedias humanas a que se refieren como si fuesen fenómenos naturales en cuya solución están haciendo todo lo que se puede y en que dan por entendido que no se puede hacer más.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ahora le toca a Irán

Es cierto que los iraníes están lejos, pero no solo nuestras necesidades de equilibrio nos llaman a no dejarlos solos. “Es posible que no seamos parientes, pero si usted es capaz de temblar por una injusticia cometida en cualquier parte del mundo, somos compañeros, que es más importante”, le dijo el Che Guevara a quien desde una zona cercana a Irán le escribiera preguntándole si eran parientes.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

rafaelcuevasmolina@hotmail.com

Ha tardado, pero el turno de Irán está llegando. Igual que con el tinglado armado para invadir a Irak, en éste los actores de siempre, conocidos como “la comunidad internacional”, empiezan a apresurar el montaje en los escenarios acostumbrados.

Nuevamente, son las armas de destrucción masiva la excusa esgrimida para que la “comunidad internacional” se preocupe. La ONU, más específicamente su Consejo de Seguridad, cada vez más impúdicamente al servicio de los más peregrinos intereses y necesidades de esta “comunidad”, empieza a desperezarse y se prepara para jugar el papel de avalador de las agresiones armadas que, casi con seguridad, se avecinan para Irán.

Israel, prepotente y agresivo, se revuelve impaciente por entrar en acción. Si de él dependiera, hace tiempo que Teherán sería una montaña de escombros asolada por las armas de destrucción masiva que él sí tiene.

El jefe de esta gavilla de bandoleros apodada “comunidad internacional”, los Estados Unidos de América, apoya y estimula la tirantez cada vez más aguda en el Medio Oriente. Las últimas escaramuzas lo pintan de cuerpo entero: retira su apoyo económico a la UNESCO por haber aceptado en su seno a los palestinos.

Irán está lejos de América Latina, pero las relaciones entre ambos se han estrechado en los últimos tiempos; hay intereses comunes que los acercan. En primer lugar, la supervivencia en un contexto dominado por los voraces intereses defendidos e impulsados por la ya mencionada “comunidad internacional”, que en nuestro rincón del mundo tiene el aspecto monocromo de los Estados Unidos.

La diversificación de las relaciones comerciales para disminuir el peso que la gran potencia del Norte tiene en nuestra balanza comercial es de vital importancia. Ya José Martí nos lo había dicho desde el lejano siglo XIX: se trata de tratar de construir el “equilibrio del mundo” poniéndole contrapesos al gigante de las siete leguas.

Es más o menos la misma lógica que acompaña la llegada de los chinos por estos lares. Éstos, mucho más agresivos y fuertes, han realizado avances fenomenales en la inversión y el comercio, y amenazan con desplazar a lugares secundarios al “hermano mayor”.

Irán no tiene esa potencia ni está en su mira ocupar puestos estratégicos tan lejos de sus fronteras, pero sí necesita romper el aislamiento al que lo someten y, como nosotros, equilibrar sus relaciones para no poner todos los huevos en la misma canasta.

Este es el sino de los países medios y chicos y no hay vuelta de hoja: deben aliarse, apoyarse mutuamente para tratar de evitar el avasallamiento de los intereses de las grandes potencias. Es una vieja máxima, más antigua que nuestra propia civilización, pero cuesta llevarla a la práctica.

Ahora, los iraníes se encuentran en la picota y el ojo del huracán se desplaza lentamente hacia ellos. Ya pasó Libia, ya le dieron caza ignominiosamente a Gadafi; ya Berlusconi se secó las lágrimas de cocodrilo que le provocaron su asesinato; siguen dándole de patadas en el trasero a los palestinos y deben ver para otra parte para ir “normalizando” al Medio Oriente. Falta Irán.

Es cierto que los iraníes están lejos, pero no solo nuestras necesidades de equilibrio nos llaman a no dejarlos solos. “Es posible que no seamos parientes, pero si usted es capaz de temblar por una injusticia cometida en cualquier parte del mundo, somos compañeros, que es más importante”, le dijo el Che Guevara a quien desde una zona cercana a Irán le escribiera preguntándole si eran parientes.

Temblemos ante esta injusticia.

Imperio o humanidad: una decisión impostergable

La encrucijada imperio o humanidad nos emplaza a decidir, también, entre muerte o vida; entre la opulencia y el dominio de unos pocos, o la justicia, la iguadad y la liberación de toda esa inmensa humanidad pospuesta por aquel Norte revuelto y brutal que todavía nos desprecia.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

En una conferencia del año 2008 titulada “Imperio o humanidad”, que luego se convirtió en un corto documental, el intelectual estadounidense Howard Zinn analizó críticamente el desarrollo de los Estados Unidos y su expansión hegemónica por el mundo bajo la forma del imperialismo. Tras desnudar mitos y trampas ideológicas de la cultura dominante y del sentido común norteamericano, y en el contexto de las invasiones a Irak y Afganistán (todavía no se vislumbraban en el horizonte la crisis financiera y la invasión a Libia) Zinn concluía su argumentación con esta pregunta: “¿Hemos llegado a un punto en la historia en el que estamos listos para abrazar una nueva forma de vida en el mundo, expandiendo no nuestro poder militar, sino nuestra humanidad?”

Esta interrogante, sin embargo, trasciende a la sociedad estadounidense y, por sus implicaciones, clama a la conciencia de todas y todos nosotros en el resto del mundo. Es que la crisis sistémica del capitalismo, y cuya profundización presenciamos a diario, es también la crisis del imperialismo noratlántico (EE.UU+UE+OTAN, su brazo armado), una inmensa maquinaria de poder -la más grande y peligrosa que ha existido en la historia humana- que se despliega a escala global en varios frentes: estimula un aumento creciente del gasto militar mundial -43% del cual corresponde a EE.UU-; lanza guerras de rapiña para la conquista de territorios geoestratégicos claves y asegurarse el control de recursos naturales (apenas unas semanas después del asesinato de Gadafi en Libia, la transnacional española Repsol ya reinició sus explotaciones petroleras); coloniza el sistema financiero y productivo internacional (147 empresas controlan el 40% de los ingresos totales de la red transnacional de negocios), y desde allí somete a los países pobres, impone gobiernos y tutela democracias mínimas, cada vez menos representativas y más vacías de contenido político y popular, como lo atestigua Grecia en estos momentos, o la América Latina de los años 1990. Y si todo lo anterior no fuese suficiente, este aparato imperialista también apuesta al dominio ideológico y la conquista de “los corazones y las mentes” de la opinión pública mundial, gracias al dominio de los medios de comunicación de masas, las nuevas tecnologías de la información y las industrias culturales.

Tratándose de un aparato imperialista tan sofisticado como destructivo, su impacto civilizatorio, en consecuencia, afecta a todo planeta. Esto, sin ser una novedad, sí adquiere hoy dimensiones de auténtica catástrofe: en lo social y económico, mientras se llevan adelante planes de rescate de bancos y deudas con grandes acreedores, datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) demuestran que el desempleo en el mundo afecta a 200 millones de personas –un nivel inédito en la historia-, y en el caso del desempleo juvenil, se estima en 80 millones de personas. Esto sin considerar que, como explica Juan Somavía, director de la OIT, “millones de trabajadores tienen trabajos sólo de tiempo parcial porque carecen de una alternativa mejor”, una problemática que en conjunto alimenta “la percepción de que algunos bancos son demasiado grandes para fracasar y algunas personas son demasiado pequeñas para ser tomadas en cuenta”.

Y en el ámbito de lo productivo-ambiental, como lo documenta el Índice de Capacidades Básicas 2011, elaborado por la organización Social Watch, “aunque el auge económico de la primera década de este siglo no logró impulsar los indicadores económicos, sí aceleró la destrucción ambiental”. Y si bien entre 1990 y 2000, el índice de sustentabilidad “mejoró cinco puntos (de 79 a 84), en tanto las emisiones mundiales per cápita de dióxido de carbono disminuyeron de 4,3 a 4,1 toneladas. En la primera década del siglo XXI, las emisiones mundiales aumentaron a 4,6 toneladas per cápita, pero los indicadores sociales solo subieron tres puntos” (“La paz bajo amenaza mundial”, Adital, 08-11-2011). Es decir, una avanzada del capital contra la naturaleza y el ser humano.

Esto es lo que el presidente uruguayo José Mujica, en el marco de una reunión del proyecto Unidos en la Acción de Naciones Unidas, calificó como un orden mundial -el de la globalización hegemónica- regido por gobiernos “imperiales e impositivos”. Y agregó: “Globalización no es igualdad ni justicia, hay mucho de humanidad pospuesta anhelando subirse en el tren de civilización que hemos inventado (…) Hacia el sur navega el mundo a los tumbos y necesitamos darle fuerza, de derecho y de realidad, a instituciones como las Naciones Unidas que nos puedan amparar a los débiles y respirar igualdad en un mundo de desiguales".

Y esta es la cuestión de fondo en el momento que vivimos: la encrucijada que planteara Zinn -imperio o humanidad- nos emplaza a decidir, también, entre muerte o vida; entre la opulencia y el dominio de unos pocos, o la justicia, la iguadad y la liberación de toda esa inmensa humanidad pospuesta por aquel Norte revuelto y brutal que todavía nos desprecia.

Elecciones en Centroamérica (Nicaragua y Guatemala): una democracia con cuentagotas

Hace aproximadamente un cuarto de siglo que Centroamérica dejó atrás las sangrientas dictaduras militares. Ahora los pueblos de la región, al menos es lo que se dice oficialmente, eligen a sus mandatarios. Cada cuatro o cinco años la población ejerce su mandato soberano y fija los destinos de sus naciones… ¡Qué lindo si fuera cierto!

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América

mmcolussi@gmail.com

Desde Ciudad de Guatemala

El domingo 6 de noviembre dos países centroamericanos eligieron presidente: Nicaragua y Guatemala. Toda la región de América Central, tradicional bastión de las dictaduras militares a lo largo del siglo XX, vive hoy en democracia. Lo de ayer, con elecciones limpias y transparentes, fue una ratificación de la nueva situación.

Dicho esto –quizá como encabezado de una noticia– hasta podríamos estar tentados de alegrarnos y creer que en la región las cosas, después de todo, no van tan mal. Pero vamos a hacer de aguafiestas. O si se prefiere: de abogado del diablo. ¿Se viven democracias? Interrogación que nos lleva a una pregunta más de fondo aún: ¿de qué hablamos cuando decimos “democracia”?

Desde ya queda claro que la presente no pretende ser una nota periodística, pasando datos rigurosos que representan la realidad, basados en estrictas estadísticas objetivas. Por el contario, justamente para demoler el prejuicio allí implícito, empecemos por decir que hay tres tipos de mentiras: las piadosas, las culposas… y las estadísticas. El domingo anterior hubo dos elecciones presidenciales. ¿Tiene eso que ver realmente con la democracia? La información periodística superficial nos dará “datos” diciéndonos que con amplia participación popular se vivió una “fiesta cívica”. De lo que se trata, es interpretar esas cifras, leer entre líneas esas estadísticas.