sábado, 5 de junio de 2021

Cambio de clima, cambio social

 El cambio climático avanza a un paso más constante y sostenido que el de los altibajos de la geopolítica. Así, algunos de sus efectos ya forman parte de la normalidad de nuestra América.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América

Desde Alto Boquete, Panamá


“Río abajo hay arroz, /río arriba la gente necesita el arroz.
Si lo guardamos en los silos, / más caro les saldrá luego el arroz.
Los que arrastran las barcas recibirán aún menos. / Y tanto más barato será para mí.
Pero ¿qué es el arroz realmente?/¡Yo qué sé lo que es el arroz!
¡Yo qué sé quién lo sabrá! /Yo no sé lo que es el arroz.
No sé más que su precio”.

Bertolt Brecht, 1930[1]

 

Un rasgo del mayor interés en la crisis en que todos andamos consiste en que algunos dan la impresión de que saben a dónde van, mientras otros insisten en preguntar y preguntarse por la dirección correcta a tomar. El Foro Económico Mundial, por ejemplo, ofrece en su sitio de Internet (www.weforum.org) un diagrama detallado de la situación mundial, donde los problemas se interrelacionan entre sí, y para cada uno hay un programa de solución. Los otros, por contraste no van mucho más allá del trazado de lineamientos generales para encarar el problema, y aún se empantanan con alguna frecuencia en dilemas de terminología.

 

El caso del cambio climático es característico. Negarlo ya no es una opción de política, pero si bien se ha ampliado el consenso sobre la necesidad de encararlo, este aún no incluye ni la definición acabada del problema, ni la de la estrategia general que lleve a trascender las condiciones que le dieron origen.

 

Parte de esto se debe a la complejidad del problema, que se expresa por ejemplo en su gradualidad, su intensidad creciente y su relación con procesos ambientales de origen humano, que han contribuido y contribuyen a generar los dos primeros. Esos procesos se relacionan con la estrecha dependencia de los combustibles de origen fósil que constituyen la fuente fundamental de energía de nuestra civilización desde la Primera Revolución Industrial. A ellos se debe, en efecto, la mecanización de la producción – a la que siguieron su masificación y su automatización en menos de dos siglos -, que hicieron posible expandir, consolidar y normalizar el mercado mundial, aquella gran novedad histórica aún en proceso de desarrollo. 

 

En el marco de esa normalidad, el cambio climático avanza a un paso más constante y sostenido que el de los altibajos de la geopolítica. Así, algunos de sus efectos ya forman parte de la normalidad de nuestra América. Así, un análisis de la BBC[2] nos informa que cuatro de esos efectos ya son visibles en nuestra región. 

 

Uno es la creciente frecuencia e intensidad de las inundaciones y sus consecuencias. A esto se agregan en otras zonas sequías cada vez más prolongadas. Chile, por ejemplo, encara una megasequía tras una década de escasez de lluvias, mientras el “corredor seco del Pacífico”, que va de Chiapas (México) a Panamá, una subregión “esencialmente agrícola” se ve afectada por “sequías más prolongadas de lo usual, pero también lluvias torrenciales, están arruinando las cosechas.”

 

Un tercer efecto consiste en la creciente intensidad de los huracanes, que tienden a tornarse “más fuertes y devastadores” y a ser “cada vez más lentos, lo cual aumenta las posibilidades de daños en un lugar determinado.” Ese potencial destructivo, además, se ve intensificado por el aumento en el nivel del mar, debido tanto al derretimiento de los hielos polares como a la expansión del agua debido al aumento de la temperatura de los océanos.

 

Para comprender el alcance de esto, conviene recordar que hablamos de un proceso de cambio de muy larga duración en la historia natural de la Tierra, acelerado por la historia ambiental de los humanos. Esa historia ambiental nos enseña que los humanos hemos sabido adaptarnos a los eventos de la historia natural, a veces mediante cambios sociales y tecnológicos, y otras simplemente adaptándonos a lo que no podemos cambiar.

 

Sin embargo, esta vez contamos con la ventaja de disponer de la información necesaria acerca de lo que está pasando – y de lo que sucederá si no hacemos algo al respecto. Hoy sabemos que el problema solo podrá ser resuelto mediante la innovación – tanto política como tecnológica - para el cambio social, pues si deseamos un ambiente distinto, tendremos que crear sociedades diferentes. 

 

Eso hace tan importante comprender y hacer comprender que el cambio climático no plantea tan solo un problema tecnológico sino además un problema político, en el más amplio sentido humano del término. En efecto, ninguna sociedad será realmente sostenible a menos que sea construida desde su propia cultura, de abajo hacia arriba y de dentro hacia fuera, con la participación de todos y para el bien de todos.

 

En esa perspectiva, dos especialistas de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, ante la necesidad de “contener la crisis sanitaria, y reconstruir las economías, recuperar los empleos y los ingresos” se plantean en un reciente artículo[3] las mismas preguntas que de un modo u otro nos hacemos todos:

 

¿qué tipo de recuperación queremos? ¿Aceptaremos el mismo modelo que estábamos implementando antes de la pandemia, o aprovecharemos esta oportunidad para impulsar una recuperación con transformación climática, en la cual avancemos, a la par, en nuestros esfuerzos contra el cambio climático y en la reducción de la huella ambiental en la agricultura?

 

La evidencia, agregan, “demuestra que proteger el ambiente, enfrentar el cambio climático, y avanzar hacia una agricultura sostenible es una de las mejores formas de mejorar la calidad de vida de los habitantes de nuestra región”. Hay cálculos, dicen, que indican que los cambios estructurales necesarios para llegar a un escenario de producción carbono neutral al año 2030 en América Latina y el Caribe pueden generar 15 millones de empleos, mientras otros otros estudios señalan que tras la crisis del año 2008, “las medidas de estímulo con enfoque ambiental generaron más empleos y un mejor crecimiento que las alternativas tradicionales.”


Para el sentido aún común en nuestra cultura, agregan, “conservar, sustentar y reducir emisiones son restricciones que afectan el desarrollo productivo.” Ese sentido común, sin embargo, está equivocado, pues lo que afecta al desarrollo productivo es la ruptura del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza provocado por una producción organizada para la acumulación infinita de ganancias. Así, al decir de Marx, 

 

todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapso dado, [es] un avance en el agotamiento de las fuentes verdaderas de esa fertilidad. […] La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador. [4]

 

Frente a ese enfoque de la producción agropecuaria, desde él y en contradicción con él, emerge con fuerza cada vez mayor la necesidad de pasar de una sociedad que trabaja contra la naturaleza a otra que en que sea de sentido común trabajar con ella. La Humanidad dispone ya de los conocimientos y los medios técnicos necesarios para alcanzar ese objetivo. Por lo mismo, cada vez es más urgente trabajar en la creación de las estructuras de acción social que permitan universalizar el uso de esos medios y conocimientos, en el sentido en que ya en 1884 lo planteaba José Martí:

 

Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre.  

Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno. 

Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza. La naturaleza no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie. Los hombres siempre necesitarán de los productos de la naturaleza. Y como en cada región sólo se dan determinados productos, siempre se mantendrá su cambio activo, que asegura a todos los pueblos la comodidad y la riqueza.[5]

 

            

Alto Boquete, Chiriquí, Panamá, 4 de junio de 2021



[2] Stefania Gozzer / BBC: “4 efectos del cambio climático que ya se pueden ver en América Latina.”

https://es.weforum.org/agenda/2019/12/4-efectos-del-cambio-climatico-que-ya-se-pueden-ver-en-america-latina/

[3] “Los proyectos ambientales generan empleo y crecimiento”. Ignacia Holmes, oficial de Agricultura Sostenible y Resiliente para América Latina y El Caribe;, y Dafna Bitrán, especialista en biodiversidad. La Estrella de Panamáhttps://www.laestrella.com.pa/opinion/columnistas/210602/proyectos-ambientales-generan-crecimiento

 

[4] https://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/13.htm

[5] “Maestros ambulantes”. La América, Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1975. VIII: 289.

 

No hay comentarios: