Hoy, el presidente Morales ha decepcionado con su
ineficiencia y escándalos de corrupción. Ha mostrado en su ataque contra la
CICIG lo que era su rostro oculto: la alianza con los sectores ultraderechistas
y los políticos corruptos agrupados en el hoy llamado Pacto de Corruptos.
Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
Este año de 2018 viví un proceso en México que comprobó
la fuerza que ya tiene la lucha contra la corrupción. El ascenso de Andrés
Manuel López Obrador, la transformación del movimiento por él encabezado en
fuerza política, arrancó con un programa posneoliberal. El discurso del
lopezobradorismo resumió buena parte de los agravios que el pueblo mexicano ha
sentido con motivo de una política que ha resultado un fracaso en diversas
partes del mundo. No obstante ello, gradualmente el dirigente y miles y miles
de los brigadistas que tocábamos puerta por puerta y visitábamos casa por casa,
nos dimos cuenta que el pueblo mexicano
estaba harto del desempleo o el
empleo precario, de los bajos salarios, de la pobreza, de la inseguridad pero
adjudicaba a la corrupción el ser causa de todo lo anterior. Paulatinamente el
discurso posneoliberal se convirtió solamente en el anillo que rodeaba a una
bandera que se convirtió en central: la
lucha contra la corrupción. Facilitó las cosas, el hecho de que Andrés Manuel
se convirtió en el paradigma del político honrado y austero.







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