No resulta insólita la rancia
pretensión de sus líderes y lideresas gubernamentales a lo largo de la
historia: conquistar el poder o dominar de manera holística, ya no solo el
espacio terrestre, sino incluso el cosmos y el ciberespacio.
Gloria Teresita
Almaguer González / Para Con Nuestra América
Desde La Habana, Cuba
“Las
mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos (…),
más
vitalmente interesados en impedir que en Cubase abra,
por la
anexión de los Imperialistas de allá y los españoles, el
camino que
se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de
la anexión
de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal
que los
desprecia (…). Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”.
“¿Y qué otra cosa
hace Europa?
¿Y ese monstruo
«supereuropeo», la América del Norte?
Palabras: libertad,
igualdad, fraternidad, amor, honor, patria. ¿Qué se yo?
Esto no nos impedía
pronunciar al mismo tiempo
frases racistas,
cochino negro, cochino judío, cochino ratón”.
De acuerdo
con el profesor Michael H. Hunt -de la reconocida Universidad de Yale-, “Se
ha pensado y se ha escrito mucho sobre la política exterior de Estados Unidos
en el siglo XX. Se le ha descrito, en términos de búsqueda de mercados de
ultramar esenciales para la estabilidad y la prosperidad de la Nación. También
se le ha considerado una lucha entre realistas sagaces, por un lado, y
moralistas con ideas confusas, políticos oportunistas y un público cambiante,
por el otro. Esos enfoques, cualesquiera sean sus méritos, son incompletos
por sí solos, ya que no analizan, adecuadamente, una de las características más
destacadas de la política estadounidense: la influencia profunda y predominante
de una ideología que se origina en los siglos XVIII y XIX. No se ha apreciado
lo suficiente el poder de esa ideología y la continuidad que tuvo”[3].












