La salud mental de una población es más que un listado de sintomatología psiquiátrica. Esto último, en definitiva, no deja de ser un mecanismo ideológico de control social que determina quién está sano y quién enfermo en términos de conductas psicológicas.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
“Donde hay balas sobran las palabras”. Pintada callejera de algún arrabal latinoamericano
“La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”. Sigmund Freud
“Que no se quede callado quien quiera vivir feliz”. Atahualpa Yupanqui
La Psiquiatría clásica, manicomial en su esencia, se mueve básicamente como una “policía” de la moral dominante. En otros términos: es la encargada de certificar quién está loco y quién no lo está, no para curarlo –como hacen sus primas hermanas, las otras especialidades médicas– sino para aislarlo. En su ejercicio se transparenta de un modo evidente la ideología en juego: existe una tabla de “normalidad” de la que la Psiquiatría se hace cargo, determinando –con presunto rigor científico– quién entra en esa categoría, y quién no. Por cierto, la misma noción de “locura” es ya eminentemente ideológica: se emparenta con locus, (“lugar” en latín –recuérdese la expresión loc. cit. que aparece en las citas bibliográficas: loco citato, en el “lugar” citado). ¿Qué es la locura entonces?: el lugar de marginalidad que confiere la sociedad. Nadie nace loco; la sociedad “hace” sus locos (Mannoni: 1976).