La difusión
mundial en octubre pasado del último reporte del IPCC (siglas en inglés
del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), advirtiendo por vez
primera de la gravedad de la situación y señalando que sólo quedan tres décadas
para cambiar el rumbo de la humanidad en relación con su entorno planetario,
constituye un documento clave para entender a cabalidad la situación en que nos
encontramos.
Víctor M. Toledo / LA
JORNADA
Como se recordará, el IPCC es una organización
internacional que inició sus trabajos en 1988, auspiciada por las Naciones
Unidas. La misión del IPCC es proveer evaluaciones científicas exhaustivas
sobre la información científica, técnica y socioeconómica actual sobre el
riesgo del cambio climático provocado por la actividad humana, sus potenciales
consecuencias ambientales, sociales y económicas, y las opciones para adaptarse
a esas consecuencias o mitigar sus efectos. El IPCC está formado por unos 2 mil
científicos de todo el mundo que trabajan de forma gratuita y voluntaria
analizando centenares de publicaciones especializadas, discutiéndolas, y
ofreciéndolas de una manera accesible a la opinión pública. Es esta la tarea de
divulgación científica más importante, crucial y decisiva del mundo.
A
diferencia de los anteriores reportes, que para muchos investigadores eran
demasiado cautos, esta vez su llamado encierra ya una preocupación evidente y
expresa de alguna manera una emergencia. El reporte llega luego de tres décadas
de fracasos internacionales para aminorar el calentamiento global del planeta,
la aceleración de una inercia mundial basada en el crecimiento económico, el
desarrollo orientado por el mercado y la tecnología, y sobre todo con el mayor
pillaje de todos los tiempos: el neoliberalismo situado como la forma en que el
capital corporativo domina y explota cada vez más a amplios sectores del mundo.
Para complicarlo el gobierno de Estados Unidos (Donald Trump) se ha situado en
una posición que niega la existencia de este fenómeno (al que se ha sumado el
nuevo presidente de Brasil) o que lo minimiza (pues la Cumbre de París de 2015
arribó a acuerdos que no son obligatorios para los gobiernos).
Más
allá del reporte del IPCC, en los meses recientes han seguido apareciendo
contribuciones científicas de autores que ofrecen argumentos sobre que el
colapso de las sociedades es ya inevitable y a corto plazo (ver el sitio del
geógrafo inglés Jem Bendell: https://bit.ly/2PgLphX). Una
síntesis de los fenómenos que alimentan esa idea incluye lo siguiente:
la evidencia madre, la que desencadena los efectos, es que 17 de los 18
años más calientes registrados por los climatólogos desde 1880 están entre 2001
y hoy. La porción del globo que se ha calentado más rápidamente es el Ártico,
donde dos tercios de sus hielos originales han desaparecido, especialmente en
Groenlandia. Esta reducción ha disminuido notablemente el efecto
espejo de la Tierra, la capacidad de reflejar los rayos solares, lo cual
ha venido a sumarse al calentamiento provocado por causas humanas directas (la
actividad industrial incluida la llamada agricultura moderna). Esta
reducción también acelera la emisión del metano hacia la atmósfera, que es un
gas aún más dañino que el bióxido de carbono, y aumenta el nivel de los mares
en todo el mundo. A lo anterior se agrega el derretimiento de los glaciares de
las principales montañas (desde los Himalayas hasta los Andes), la
acidificación de los mares y el abatimiento de los corales, cada vez más
especies de flora y fauna extintas o amenazadas, deforestación y pérdida de
suelos y acuíferos, y nuevos descubrimientos como la inusitada contaminación de
plásticos en los mares. En conjunto, estos fenómenos son causa y efecto del
mayor número y potencia de huracanes, sequías, inundaciones e incendios (como
el que ocurre ahora en California), pero de algo todavía más preocupante: la
señal de que las predicciones científicas (los modelos climáticos) son
conservadores, porque no se esperaba que los cambios fueran no-lineales, es
decir, más rápidos y severos de lo que se suponía.
En un escenario en que ni gobiernos ni
empresas y corporaciones, ni instituciones internacionales asumen realmente el
reto de detener con acciones concretas y urgentes la ruta hacia el colapso, y
en el que solamente las sociedades civiles de los países reaccionan a la información
proveniente de los académicos, parece sensato llamar a las comunidades
científicas organizadas a tomar en sus manos el liderazgo de salvación que el
mundo requiere. Se trata de involucrar a los casi 8 millones de investigadores
que, según el reporte reciente de la Unesco sobre la ciencia, existían en 2015.
Los científicos están obligados a sacar a la humanidad de donde la ciencia
misma la ha llevado. Pues no puede olvidarse que como nueva institución social
y cultural, surgió fundamentalmente durante la Segunda Guerra Mundial, y que
sus aportes han delineado a la civilización moderna con todas sus virtudes,
pero también con todos sus defectos. Ello significa desplegar una campaña para
que los académicos asuman este compromiso de solidaridad con nuestra especie,
la única de las 10 del género Homo que, hasta
ahora, sigue sin extinguirse.
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