sábado, 17 de noviembre de 2018

“Judas enarbolando dientes de calavera”. La traición como política.

En la América Latina de los años recientes, los traidores, renegados y desertores han sido y son parte del paisaje de la región. La permanente lucha entre el interés colectivo y el individual no siempre hace triunfador al primero.

Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela

En 1990 o 1991, no recuerdo ahora la fecha con precisión, se estaba discutiendo en el novedoso parlamento chileno que emergía de la dictadura, la posibilidad de restablecer las relaciones con Cuba. Contra todo pronóstico las resistencias más acérrimas a la normalización de los vínculos diplomáticos entre los dos países, que habían sido rotos por el dictador Augusto Pinochet, provinieron del partido socialista y otros grupos afines, muchos de los cuales vivieron en Cuba, usufructuaron de la revolución y se vanagloriaron de ser amigos del proceso político que se desarrollaba en la isla caribeña bajo liderazgo del Comandante Fidel Castro.

Precisamente, en preparación de ese probable acontecimiento el programa “Informe Especial” de Televisión Nacional de Chile (TVN), el servicio de televisión público de ese país fue a La Habana a realizar un programa que le diera a conocer Cuba a los televidentes después de 17 años de oscurantismo fascista. En ese marco, el reportero que si no tengo mala memoria era Santiago Pavlovic realizó una entrevista al presidente cubano. Entre el cúmulo de preguntas que le hiciera, recuerdo nítidamente una, por la impresión que me causó la respuesta, tanto que hasta hoy es un referente que utilizo para evaluar el comportamiento político de los dirigentes.

Consultado Fidel, acerca de cuál era su opinión respecto de la conducta de los socialistas chilenos (otrora revolucionarios ultra radicales y ahora vulgares neoliberales disciplinados bajo la voluntad imperial) que en los hechos vetaban el rencuentro diplomático entre los dos países cuando inclusive parlamentarios de la derecha no ponían objeción a tal acción, Fidel respondió preciso: A nuestros amigos, les manifestamos profundo respeto y admiración, reconociendo que en los tiempos que corren hay que tener mucho valor para continuar siendo amigo de Cuba, a los adversarios, a los que tienen ideas diferentes a las nuestras, los respetamos y hacia  los traidores y renegados, manifestamos el más profundo desprecio y repudio.

Aprendí que a los adversarios e incluso a los enemigos se les debe respetar si manifiestan su contradicción u oposición con la misma consideración que nosotros hacia ellos, pero así mismo entendí la bajeza moral que constituye la esencia de esos seres que cambian su parecer por algunas monedas obtenidas del enemigo, o también por lograr un lugar en su parnaso y conseguir un rinconcito en sus altares -parafraseando a Silvio Rodríguez-.

La cuestionada figura de Judas ha quedado como expresión de la más repulsiva forma de actuar que se manifiesta como envilecimiento personal, engaño planeado, delación premeditada o deserción a las filas del enemigo, para desde ahí obtener prebendas, actuando a su favor y persiguiendo a sus antiguos camaradas.

Daniella Castarlenas,  profesora de la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela consultada para este trabajo, apreció que la traición no puede considerarse necesariamente una sicopatía, sino que es una violación de determinados códigos éticos y morales, que lleva a una acción que perjudica a otros, toda vez que una persona adulta debe proceder en el marco de determinadas normas, sin embargo un comportamiento sistemático y constante en este sentido, sí podría ser considerada de carácter patológico, porque el traidor manejándose desde su propios códigos es capaz de utilizar al otro, de considerarlo una cosa que puede ser sujeto de cualquier actividad que justifique esa “cosificación” de ella, toda vez que sus principios particulares imperan sobre los principios sociales que crean los códigos que fijan el comportamiento de los seres humanos en sociedad.


La psicoanalista catalana María del Mar Martín señala que aunque en su origen el significado de traición “era ´entrega, enseñanza` a lo largo de la historia ha experimentado prácticamente una inversión. Con una clara influencia de los Evangelios, la traición ya no es sólo ´entregar` sino ´entregar al enemigo`, lo cual la aleja notablemente de su sentido original y del término ´tradición`, con el que comparte etimología”. Agrega más adelante que: “Es interesante estudiar este proceso a la luz del concepto de negación en Freud, en el que ´un contenido de representación o de pensamiento reprimido puede irrumpir en la conciencia a condición de que se deje negar y [donde] se ve cómo la función intelectual se separa [...] del proceso afectivo. Es decir, aquello que formó parte de mí y que posteriormente fue reprimido puede aparecer en la conciencia a condición de que sea negado: yo no soy sensible, yo no soy celoso, yo no soy así. En realidad lo soy pero la única forma que tengo de decirlo es negándolo”.


Es decir, como es de esperar, el traidor niega que lo sea. Nunca asume su condición. Recientemente, la expresión más alta de traición en la región se manifiesta a través de las deleznables actuaciones de Lenin Moreno, elegido como presidente de Ecuador por un partido y un pueblo que votó por un proyecto y un programa, para terminar gobernando con el programa de sus opositores y persiguiendo con saña a quienes fueran sus camaradas. Esta despreciable figura de la política latinoamericana abandonará sin pena ni gloria su mandato, recibiendo el aplauso de los poderosos y el desprecio y repudio de su pueblo que lo aborrecerá y lo encumbrará al altar de los abyectos, posiblemente como el más alto exponente de la historia de ese país hermano. Recuerdo que durante la campaña electoral que lo llevó a la presidencia algunos amigos ecuatorianos me pidieron que escribiera algún artículo en su apoyo. Jamás lo hice, sin saber que iba a llegar a los niveles de felonía y perfidia con los que está acometiendo su labor a favor de los intereses de los poderosos de su país, siempre fue evidente que no era de los nuestros. Su designación, incluso como vicepresidente en el primer gobierno de Correa, obedeció a la idea de que los llamados gobiernos progresistas, para gobernar, debían hacer alianzas con la derecha, no con el pueblo, pero eso es tema de otro momento.

La traición siempre ha estado presente a través de la historia, es un componente sin la cual es imposible estudiar y entender los procesos sociales y políticos en toda su complejidad. Incluso, antes de Judas, Adán y Eva, según el Génesis traicionaron a su Dios, de manera que según los preceptos cristianos la traición está en el propio origen de la especie.

En la América Latina de los años recientes, los traidores, renegados y desertores han sido y son parte del paisaje de la región. La permanente lucha entre el interés colectivo y el individual no siempre hace triunfador al primero. El poder del dinero por una parte, los altos niveles de penetración de los valores capitalistas que transforman la obtención de medios materiales y poder, en el objetivo de la vida, haciendo que los valores espirituales que llevan a un comportamiento ético y moral acorde a lo mejor de la condición humana, sean rechazados e incluso vulgarizados, despreciados y subestimados como símbolo de fracaso, han creado un caldo de cultivo para que, sobre todo en la izquierda, en particular cuando ha llegado al gobierno, la traición se enseñoree, bajo el alero del poder imperial y de las oligarquías.

En ese ámbito, hay un sector que juega un papel más funesto aún: el de los renegados, quienes asumiendo ser los verdaderos defensores de la ideología que desprecian, se transforman en adalides de un pensamiento que niega su propia vida y su pasado. Varios nombres se podrían mencionar: recuerdo ahora a Rafael del Pino, Teodoro Petkoff, Douglas Bravo, Jorge Castañeda, Michelle Bachelet, Carlos Lucio, Eleuterio Fernández Huidobro, Mónica Baltodano, Carlos Ominami y su hijo Marco y Roberto Ampuero entre otros, son ejemplos de políticos que en América Latina desertaron de sí mismos para “buscar el rinconcito en los altares” del capital del que nos hablaba Silvio.

Todos son igualmente despreciables, pero uno de ellos, destaca por sobre los demás: Joaquín Villalobos, ex comandante del ERP salvadoreño, es tal vez la expresión más alta de la traición y el súmmum de los peores valores de un ser humano. A pesar de haber aceptado ser uno de los asesinos del poeta Roque Dalton en 1977, se pasea por el mundo protegido por la impunidad que le concede ser asesor del departamento de estado de Estados Unidos y del gobierno de Colombia. En ese contexto, la justicia de sus nuevos amigos salvadoreños le concedió impunidad perpetua al haber sobreseído la causa del asesinato de Dalton en 2012. Como no podría ser de otra manera, vierte su veneno cotidiano en el pasquín El País de Madrid, espacio de muchos de estos especímenes que son expresión de la cloaca de la humanidad.

Villalobos, eso sí hay que reconocerlo, a diferencia de los otros, ha hecho certeros informes –como nadie- de variados aspectos de la realidad latinoamericano, los que le permitieron construirse una aureola de analista bien remunerado. En el pasado siempre dije que había que leerlo, porque sus artículos siempre eran el antecedente, “profetizaban” acciones del gobierno de Estados Unidos o de Colombia, pero pareciera que su estrella ha comenzado a apagarse. En su último artículo referido a Venezuela, por primera vez veo que escribe no a partir de su maligna sapiencia, sino que cae en el vicio de todos los “venezolanólogos”: el intentar transformar deseos en realidades. Destilando su tradicional odio contra Cuba, Nicaragua y Venezuela, expone una serie de mentiras que no voy a mencionar para no servir de plataforma ya no de su infamia, sino de su desvarío. Es evidente que aquel Villalobos que destacaba por sus penetrantes, afilados y certeros análisis que aunque no se compartían, debían ser leídos, ha muerto. Ahora vemos al Villalobos consignista, emocional y fantasioso que imita a los mayores exponentes del periodismo tarifado emanado de Washington. Imagino que después de ocho años de gobierno demócrata, Villalobos ha quedado desubicado e indaga a todo trance como ponerse a tono del el nuevo inquilino de la Casa Blanca, quien entre otras cosas ha puesto límites a los presupuestos que financiaban habladores de paja y políticos fracasados como el mismo Villalobos.

Cuando al final de su vida, se busque un lugar donde echar sus putrefactos huesos, no habrá espacio para la memoria de sus connacionales, el desdén lo acompañará, a diferencia de Farabundo Martí, Shafik Handal y Monseñor Óscar Arnulfo Romero que gozan del aprecio y el respeto cotidiano de su pueblo, como se puede evidenciar cada día en San Salvador


González Videla, el traidor de Chile
Pablo Neruda. Canto general 

De las antiguas cordilleras salieron los verdugos,
como huesos, como espinas americanas en el hirsuto lomo
de una genealogía de catástrofes: establecidos fueron,
enquistados en la miseria de nuestras poblaciones.
Cada día la sangre manchó sus alamares.
Desde las cordilleras como bestias huesudas
fueron procreados por nuestra arcilla negra.
Aquéllos fueron los saurios tigres, los dinastas glaciales,
recién salidos de nuestras cavernas y de nuestras derrotas.

Así desenterraron los maxilares de Gómez
bajo las carreteras manchadas por cincuenta años de nuestra
sangre.
La bestia oscurecía las tierras con sus costillas
cuando después de las ejecuciones se torcía el bigote
junto al Embajador Norteamericano que le servía el té.

Los monstruos envilecieron, pero no fueron viles. Ahora
en el rincón que la luz reservó a la pureza,
en la nevada patria blanca de Araucanía,
un traidor sonríe sobre un trono podrido.

En mi patria preside la vileza.

Es González Videla la rata que sacude
su pelambrera llena de estiércol y de sangre
sobre la tierra mía que vendió. Cada día
saca de sus bolsillos las monedas robadas
y piensa si mañana venderá territorio
o sangre.

Todo lo ha traicionado.
Subió como una rata a los hombros del pueblo
y desde allí, royendo la bandera sagrada
de mi país, ondula su cola roedora
diciendo al hacendado, al extranjero, dueño
del subsuelo de Chile: «Bebed toda la sangre
de este pueblo, yo soy el mayordomo
de los suplicios.»

Triste clown, miserable
mezcla de mono y rata, cuyo rabo
peinan en Wall Street con pomada de oro,
no pasarán los días sin que caigas del árbol
y seas el montón de inmundicia evidente
que el transeúnte evita pisar en las esquinas!

Así ha sido. La traición fue Gobierno de Chile.
Un traidor ha dejado su nombre en nuestra historia.
Judas enarbolando dientes de calavera
vendió a mi hermano,
dio veneno a mi patria,
fundó Pisagua, demolió nuestra estrella,
escupió los colores de una bandera pura.

Gabriel González Videla. Aquí dejo su nombre,
para que cuando el tiempo haya borrado
la ignominia, cuando mi patria limpie
su rostro iluminado por el trigo y la nieve,
más tarde, los que aquí busquen la herencia
que en estas líneas dejo como una brasa verde
hallen también el nombre del traidor que trajera
la copa de agonía que rechazó mi pueblo.

Mi pueblo, pueblo mío, levanta tu destino!
Rompe la cárcel, abre los muros que te cierran!
Aplasta el paso torvo de la rata que manda
desde el Palacio: sube tus lanzas a la aurora,
y en lo más alto deja que tu estrella iracunda
fulgure, iluminando los caminos de América.


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