sábado, 12 de septiembre de 2026

La maldición tercermundista de ser rico en recursos naturales

 Ya sé que es demodé hablar del Tercer Mundo, pero es una denominación que todos entienden y que, en última instancia, sigue nominando lo mismo que hoy -por pura moda- llaman de otra forma, Sur Global o países en vías de desarrollo, por ejemplo, denominaciones que algún día también caerán en desuso.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

En el Tercer Mundo, decía, ser rico en recursos naturales parece ser una maldición. Seguramente habría que precisar que es una maldición en el contexto en el que vivimos, el de un capitalismo depredador y el de unos países imperiales que no vacilan en saltarse las normas que ellos mismos establecen para tratar de ordenar un poco el mundo en el que se reparten el botín.
 
Tener los recursos naturales necesarios para las economías de estos países poderosos te pone en la mira de sus ambiciones. Dependiendo el momento histórico puede ser el oro o la plata, el níquel o el cobre o el litio, mineral este último del que yo, personalmente, no había escuchado hablar hasta hace muy poco tiempo, cuando las llamadas tecnologías alternativas o “limpias” surgieron con fuerza en el mundo. 
 
Tratando de hacer suyo lo que en el momento sea el mineral o el recurso material que necesiten, los depredadores matan o mueren. Eso, desde hace mucho tiempo: tratando de huir del cerco en el que los aztecas los habían encerrado en Tenochtitlan, decenas de españoles de las huestes de Hernán Cortés murieron ahogados en el lago de Texcoco por el peso del oro que llevaban en sacos atados a su cuerpo cuando trataron de huir.
 
Por nuestra parte, los territorios que poseen las riquezas que las economías depredadoras necesitan, sufren las consecuencias de su ambición que no conoce límites, y que se vale de cualquier artimaña para apoderarse de ellas. Tener minerales en el subsuelo, que debería verse como una ventaja o una suerte, se vuelve una espada de Damocles, es decir, en una especie de trampa que, en cualquier momento, se activará para dejarnos atrapados. 
 
En Nigeria, a la que le ha tocado la suerte de tener enormes reservas de petróleo, se suceden las guerras entre grupos tribales distintos, azuzadas por compañías petroleras que, además de contaminar el lujurioso delta del Niger, lucran con los enfrentamientos.
 
Eso es en África, pero ni qué decir de lo que pasa en Irán, que está teniendo repercusiones mundiales y en donde Donald Trump está empantanado en una guerra en la que su percepción de prepotente agente inmobiliario lo engañó. Y, en esa misma región, antes fue Irak, arrasado, que nos dejó cuadros dantescos de pozos petrolíferos ardiendo, lanzando columnas de humo negro al cielo, mientras los soldados norteamericanos, que luego volverían con estrés postraumático y terminarían muertos por las drogas en las calles de Los Ángeles, avanzaban por el desierto.
 
Y así nosotros en América Latina. Los grandes botines ahora son las famosas tierras raras y el motor energético de nuestro mundo, el petróleo. El triángulo del litio, compartido por Chile, Argentina y Bolivia está en la mira, y la codicia sobre él se acrecentará conforme las nuevas tecnologías se afiancen en la llamada transición energética que, a la postre, será igual de devastadora.
 
Y ahí está Venezuela, a la que los Estados Unidos secuestraron su presidente, lo mantienen de rehén y acogotan con la amenaza de la invasión y la devastación para obtener concesiones en sus grandes yacimientos petrolíferos que aseguren su sobrevivencia como superpotencia mundial.
 
En este contexto, sería importante volver los ojos hacia pequeños países sin grandes riquezas naturales bajo tierra, pero que han logrado construir sociedades relativamente estables. Me refiero a Uruguay y Costa Rica, que han podido construir sociedades relativamente equilibradas, relativamente cultas, relativamente tranquilas. 
 
Ambas tienen una historia en la que el Estado ha intervenido desde el siglo XIX otorgándole a la educación un lugar central, y que han sabido construir instituciones basadas en la idea de la solidaridad social, en la que las inequidades económicas, inevitables en el sistema capitalista en las que se erigen, se atemperan.
 
Ambos son países sin grandes epopeyas emancipatorias, pequeños, de importantes contingentes de clase media que apuestan más por la tranquilidad y la estabilidad. No son atractivos para quienes quieren un balcón desde el cual exhibirse, pues a ellos llega, al decir de un poeta costarricense, más la espuma que las olas, pero mínimamente ofrecen lo que tal vez mucha gente anhela en este mundo convulso: la lejanía de los sangrientos enfrentamientos armados, un techo, ciertos derechos básicos respetados.
 
Quizá de esto podamos extraer una lección: hay que apostar por la gente, por enriquecerla educativa y culturalmente; ofrecerle un marco institucional lo más sólido posible que garantice sus derechos; un sistema de salud preventivo, que acompañe en la vida cotidiana y en las etapas cuando el cuerpo se debilita. Ese recurso natural, la gente sana, educada y segura no redundará en una sociedad de superabundancia consumista basada en el rentismo o el extractivismo, pero posibilitará sociedades más sobrias y ¿por qué no? más felices.  

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