Aunque en el pasado, el sistema capitalista atravesó momentos de crisis, estas eran de carácter cíclico lo que le permitía hacer ajustes para su propia renovación. Hoy, por el contrario, se atisban elementos de crisis de naturaleza estructural que ya fueron avizorados en los momentos de desaparición del esclavismo y el feudalismo.
Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela
Durante milenios, la humanidad ha avanzado dialécticamente hacia la generación de mejores condiciones para la vida. Hace 5 a 6 mil años, a partir de la revolución neolítica (transición radical de la humanidad de un estilo de vida nómada basado en la caza y recolección a uno sedentario), fundamentado en la agricultura y la ganadería, las sociedades de clases se entronizaron sobre la tierra. A partir de entonces, la agricultura se hizo sedentaria y comenzó el proceso de urbanización.
Se empezaron a acumular excedentes generando riqueza por un lado y desigualdad por otro. Surgieron las clases sociales y con ello, los administradores que manejaban los atributos de los gobiernos, los “profesionales” de la religión que daban explicación e interpretaban a su manera los fenómenos desconocidos de la naturaleza y los soldados que “resolvían” por vía armada las diferencias y confrontaciones que el proceso de acumulación generaba.
Comenzó la apropiación por algunos miembros de la sociedad de los excedentes y de los medios de producción. El Estado surgió como instrumento que aseguraba por vía de la fuerza que los propietarios mantuvieran el control de la sociedad, de los trabajadores y de la producción. Así, se comenzaron a hacer las primeras leyes para regular la autoridad y se oficializaron los ejércitos como principal herramienta para hacer valer la razón de los propietarios. Así también surgieron las clases sociales y la explotación. La sociedad esclavista fue la primera expresión de este desarrollo de la sociedad. Se institucionalizó cuando algunos pueblos optaron por explotar como mano de obra cautiva a los prisioneros de guerra, en lugar de ejecutarlos.
En la época esclavista no existía ningún tipo de industria, el capital era escaso y las técnicas de producción son rudimentarias. Solo la tierra y el trabajo contaban como instrumentos para el esfuerzo productivo. Pero al estar la fuerza de trabajo sometida a la esclavitud no era propiedad de los que laboran y por ello, no recibían ninguna retribución y se propagaba por decisión única y exclusiva de los esclavistas que por interés propio, alimentaban y fomentan la reproducción de los esclavos.
Desde el siglo V a.C. en Grecia, y posteriormente en Roma, el esclavismo se masificó, pero a partir del siglo III comenzó su decadencia cuando empezó el ocaso de ambas culturas tras el inicio de la preeminencia de la ciudad sobre el campo. Esto creó las condiciones para el surgimiento de la sociedad feudal que significó un gran paso adelante en la historia de la humanidad.
No obstante, lo hizo sin superar una incompatibilidad fundamental, es decir las contradicciones antagónicas de clase que no fueron superadas, solo asumieron otro carácter. La necesidad de la expansión, y por tanto de la guerra que antes se utilizaba para obtener esclavos, ahora se usó para conquistar territorios en los que campesinos libres venían a jugar el mismo papel que el esclavo. Sin embargo, aunque haya sido un trascendente paso adelante porque las personas habían conquistado su “libertad”, al mismo tiempo fueron utilizados para formar parte de los ejércitos, posibilitando sostener la solidez del sistema.
Pero a partir del siglo III, la amplitud y extensión geográfica de los territorios conquistados y de los pueblos sometidos produjo la crisis y la anarquía. Los gobiernos y los líderes no tenían el músculo económico suficiente como para garantizar el funcionamiento de enormes ejércitos que estaban desplegados en inconmensurables espacios geográficos. En ese marco, se produjo la expansión del cristianismo en Occidente. Así, se empiezan a manifestar las debilidades del sistema. Las ciudades que eran el centro del poder expusieron debilidades, ya no bastaba con ser libre del dominio esclavista, los individuos aspiraban a algo más.
El fin de la sociedad esclavista fue un proceso histórico gradual impulsado por cambios económicos y morales y, presiones políticas. El inicio de este nuevo período que se llamaría feudalismo podría situarse en el siglo V, tras la crisis del imperio romano, aunque el mismo tuvo su apogeo en Occidente posteriormente entre los siglos IX y XV. Su origen se debió a la inseguridad generada tras la caída de los imperios romano y carolingio.
Durante los siglos IX y X Europa vivió una época de caos en el que las monarquías, incapaces de proteger sus territorios se vieron obligados a ceder parte de su poder, entregando el control político y militar de algunos espacios a nobles locales, lo que dio surgimiento a un pacto de vasallaje que se manifestaba como subordinación al rey a cambio de la entrega de tierras (feudos) produciendo una transformación de la sociedad que se dividió en nuevas clases: los dueños del poder (nobleza guerrera y clero) y los que no lo tenían (campesinos y siervos obligados a trabajar la tierra).
De esta manera, el feudo se transformó en el centro de una economía basada fundamentalmente en la agricultura y la ganadería. Por su parte, los campesinos, que en su mayoría eran siervos vinculados a la tierra, aunque ya no eran esclavos, dependían del señor feudal para obtener protección y el derecho a cultivar. En este contexto, en Europa, la iglesia católica legitimaba el orden social como voluntad divina y poseía grandes extensiones de tierra, utilizando el miedo como instrumento de dominación y control en alianza con las monarquías y los ejércitos.
Este sistema que funcionó “exitosamente” hasta los siglos XIV y XV comenzó a cavar su tumba tras el resurgimiento de las ciudades, el crecimiento del comercio y la aparición de rutas comerciales que permitieron el desarrollo de una nueva clase que ya no dependía de la tierra: la burguesía. La peste negra (que se desató en 1348) significó una gran crisis demográfica que diezmó a la población, produjo escasez de mano de obra y dio a los campesinos mayor poder de negociación para exigir mejores condiciones, debilitando el sistema de servidumbre. Los reyes recuperaron su autoridad frente a los nobles y sometieron a los señores feudales con el apoyo financiero de la burguesía consolidando Estados modernos que estaban surgiendo precisamente en ese período.
Este proceso dio origen a la sociedad capitalista que situó su arranque en la transición de la Europa feudal (siglos XV y XVI) hacia la modernidad. Nació gracias a la expansión del comercio, el surgimiento de la burguesía como nueva clase social, y la Revolución Industrial, que transformó el trabajo agrario en asalariado y fabril.
Con los viajes de exploración y el colonialismo, el comercio internacional creció enormemente. Se empezaron a formar bancos y sociedades financieras, facilitando la acumulación de capital y desarrollando un capitalismo mercantil que tuvo su apogeo entre los siglos XV y XVII. Con ello, también surgió el proletariado, una nueva clase de explotados que emergió tras un proceso de privatización de tierras (sobre todo en Inglaterra) que produjo la expulsión de los campesinos de las zonas rurales, viéndose obligados a migrar masivamente a las ciudades convirtiéndose en trabajadores asalariados para sobrevivir. La Revolución Industrial que tuvo su inicio en Inglaterra durante el siglo XVIII se caracterizó por la aplicación masiva de maquinaria a la producción, consolidando al capitalismo como sistema dominante. La riqueza ya no solo venía de la tierra, sino de la propiedad sobre los medios de producción (fábricas y máquinas). Algunos intelectuales como Adam Smith y David Ricardo sentaron las bases ideológicas al defender el libre mercado y la no intervención del Estado en la economía.
Como nuevo sistema, la sociedad capitalista comenzó a construir sus propios principios que se fundamentaban en el libre mercado, la propiedad privada y el rendimiento económico. Sus valores centrales fomentaban la autonomía, la recompensa al esfuerzo individual y el crecimiento económico. Desde el punto de vista económico estos principios generaron una escala de valores transformados en verdades universales que a partir de entonces comenzaron a guiar el funcionamiento del modelo. Algunos de ellos se mantienen vigentes como la libertad de empresa y la elección para tomar decisiones individuales sin interferencias; el reconocimiento y protección legal de la propiedad privada, es decir de los bienes, los medios de producción y el capital; igualmente la generación de un ambiente de competitividad a fin de impulsar la innovación, la eficiencia y la mejora de la calidad para destacar en el mercado a fin de maximizar las ganancias del dueño del capital y los medios de producción. Así mismo, la premisa de que el trabajo y la inversión productiva debían verse recompensados con la acumulación de riqueza y capital es mostrado como expresión del triunfo y la felicidad en la vida, priorizando el éxito personal, el emprendimiento y la responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.
En 1916, Lenin definió al imperialismo como "fase superior del capitalismo", caracterizada por el reemplazo de la libre competencia, por los monopolios. El líder ruso estableció que este proceso marcaría la transición del sistema capitalista hacia su etapa de mayor concentración, dominación y declive. Sus rasgos fundamentales son: la concentración de la producción y el capital y la creación de monopolios que controlan la producción y el mercado de forma decisiva; la fusión del capital bancario con el capital industrial para dar origen al capital financiero en el que un pequeño grupo domina toda la economía y dicta las reglas del sistema; la exportación de capital excedente a otros países (generalmente colonias o dependencias) para obtener mayores tasas de ganancias a diferencia del pasado cuando se exportaban mercancías; la creación de asociaciones internacionales de monopolistas que forman cárteles y sindicatos mundiales que se reparten los mercados y el control comercial del globo; finalmente se produce un nuevo reparto territorial del mundo en el que las principales potencias capitalistas dividen el planeta en zonas de influencia, colonias y semicolonias, generando constantes disputas geopolíticas y conflictos bélicos por la hegemonía.
Esto es lo que estamos viviendo ahora. Estamos en plena fase imperialista del capital, solo que atravesando una etapa muy crítica, Trump desembozadamente ya no gobierna (como lo han hecho durante los últimos 250 años, los líderes del poder mundial) para hacer que el capitalismo sea competitivo y exitoso. No le importa. Lo que está haciendo es administrar abiertamente el poder y gobernar para ese 1% que conforman los monopolios a fin de que aumenten su lucro y obtengan mayores ganancias.
Pero paradójicamente y tal como lo previó Lenin, ello entraña también su propio declive. En su avasalladora impronta, Trump está destruyendo los cimientos de la sociedad capitalista, llevándose por delante instituciones, leyes, principios y valores que sirvieron para dar sostenibilidad al modelo durante dos siglos y medio.
Trump está dejando su huella al generar efectos secundarios negativos al extremar la desigualdad y priorizar el lucro sobre el bienestar humano. Visto de esta manera, es evidente que el mundo vive la crisis del capitalismo como nunca antes en la historia. Este proceso se manifiesta como colapso estructural originado por las contradicciones inherentes al modelo de acumulación, donde la búsqueda incesante de ganancias choca con el bienestar social. Esta inestabilidad se manifiesta en ciclos recurrentes de recesión, desigualdad extrema, precarización laboral y depredación ambiental. Aunque en el pasado, el sistema capitalista atravesó momentos de crisis, estas eran de carácter cíclico lo que le permitía hacer ajustes para su propia renovación. Hoy, por el contrario, se atisban elementos de crisis de naturaleza estructural que ya fueron avizorados en los momentos de desaparición del esclavismo y el feudalismo.
Esta situación se manifiesta en la práctica en forma de una creciente brecha entre capital y trabajo cuando las ganancias se concentran en élites corporativas mientras el poder adquisitivo se estanca, generando sociedades altamente polarizadas. Así mismo, la necesidad de crecimiento continuo y mercantilización de los recursos naturales han provocado niveles de degradación ambiental y alteración climática que amenazan la sostenibilidad.
Como se dijo antes, el capitalismo sufre recurrentes crisis y caídas destructivas en su cotidianidad. Ante eso, hoy más que nunca se toman medidas desde el poder a fin de salvar los sistemas financieros y trasladar los costos a la clase trabajadora. Así, áreas esenciales como la salud, la educación, el agua y el espacio público se someten a la lógica del mercado, priorizando la rentabilidad sobre la garantía de derechos.
En el plano internacional, todo esta situación ha conducido a una inestabilidad geopolítica en la que la competencia internacional por mercados, recursos y hegemonía ha creado tensiones comerciales, barreras arancelarias y conflictos bélicos que buscan reordenar el sistema para salvarlo sin contemplar que ello conduzca a aberraciones tales como los genocidios, las guerras impuestas y la incapacidad para enfrentar pestes y pandemias que afectan por igual a toda la humanidad y que señalan la putrefacción del sistema. Suponer que el mundo va a funcionar a partir de bombazos y muertes, es la negación de la propia condición humana.
Enfrentando una nueva crisis de dimensiones gigantescas, el capital recurre una vez más al fascismo, tal como hace cien años para intentar expandirse y salvarse del trance al que está enfrentando. La entronización de un régimen nazi en Estados Unidos ha venido a ser el colofón de todo este proceso de deterioro de la convivencia ciudadana en el plano político, económico social y sobre todo en los ámbitos morales y éticos, con la diferencia que en el pasado la humanidad se unió para enfrentar al nazismo y hoy convive con él -con muy pocas excepciones- sin grandes contratiempos permitiendo impunemente su acción en los campos de exterminio y en las organizaciones internacionales.
Esto es lo que permite explicar el surgimiento de los Trump, Milei, Kast, Fujimori, De la Espriella y otros que representan el último estertor de una sociedad que inevitablemente va a desaparecer porque la pedofilia, el racismo, el asesinato de niños, el genocidio y la mentira como principal instrumento de “razón” política no pueden ser los móviles del desarrollo de la sociedad humana.
En su devenir dialéctico, el mundo avanza ineluctablemente hacia un futuro mejor. Estos personajes no representan al futuro luminoso para la humanidad que todos aspiran. Por el contrario, ellos son expresión del excremento y el desecho que el capitalismo va dejando por el mundo tras su largo proceso de digestión de la sociedad.
En América Latina y el Caribe nos cuesta verlo porque somos el objeto principal de la furia sistémica del capital que hoy está siendo obligado a abandonar otras plazas del planeta ante el avance inexorable de los pueblos que se abren a un mundo nuevo. De esta manera, el poderío económico, científico y tecnológico de China, la fortaleza militar de Rusia, la verdad armada de Irán y la República Popular Democrática de Corea, el afán y la voluntad de África de obtener su segunda independencia desafiando, rechazando y derrotando a los imperios coloniales y en general, la resistencia de los pueblos a seguir siendo dominados, le dejan al capital solo la fuerza, la violencia, la guerra, la amenaza, y el chantaje como instrumentos para hacer valer su política.
Suponer que eso será eterno no pasa de ser una quimera. Grandes imperios han dominado el mundo: Bizancio duró 1058 años y su declive 400; Roma, 503 años y su declive 200; el imperio británico 400 años y su fin 97; el imperio otomano 623 años y desapareció en 239; el imperio español 406 años y su declive 300. ¿Quién se acuerda de ellos? Este que vivimos hoy, apenas lleva 128 de dominación y ya muestra las costuras al punto que tuvieron que recurrir a un pedófilo, asesino de niñas, mentiroso, mercachifle de la prostitución y cobarde para tratar de sostenerse.
Acaso, ¿alguien cree que gente como este esperpento humano va a hacer que el mundo sea mejor? No, para arribar a ese futuro esplendoroso, los pueblos van a luchar y vencer. La humanidad está asistiendo al parto de un mundo nuevo y como todo parto, este también se verificará con dolor. Al final, como la vida que nace, el porvenir esplendoroso que surgirá hará que la lucha haya tenido sentido y que los que luchan tengan su premio: la satisfacción de haber sido protagonistas del alumbramiento de una mejor sociedad para la humanidad.

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