Con las honras fúnebres de los militares caídos, vuelve a ponerse en juego, más que el futuro de Cuba o de Venezuela, una lección que las potencias aprenden y olvidan cíclicamente: ningún pueblo acepta de buen grado que otros decidan por él. La superioridad militar o económica puede imponer tutelajes con altos costos y espectáculos políticos, pero rara vez garantiza la victoria.
Rosa Miriam Elizalde / LA JORNADA
Consternados, rabiosos, como diría el poeta. Así amanecimos el 3 de enero en Cuba con la noticia del ataque estadunidense a Venezuela, que costó la vida a casi un centenar de personas, entre ellas 32 combatientes cubanos que defendieron al presidente Nicolás Maduro en Fuerte Tiuna. Ni uno solo se entregó, pese a la superioridad del fuego invasor, las armas sónicas, los misiles y los drones. “Tuvieron que matarlos, porque no se rindieron”, se repite una y otra vez en nuestras calles.










