sábado, 28 de febrero de 2026

Del Antropoceno, y nosotros

 El concepto de Antropoceno se remite a un pensamiento organizado a partir de la interdependencia universal de los fenómenos naturales y sociales que se expresan en el desarrollo del planeta.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá

El ambiente es un producto especialmente complejo de la relación hombre/naturaleza mediante el trabajo. El trabajo es el vínculo orgánico entre ambas partes. Distintas sociedades organizan el trabajo de manera diferente, y con ello dan lugar a ambientes distintos, con paisajes y formas de vida característicos. Así, las sociedades – todas ellas, cada una a su manera – constituyen la forma fundamental de organización de las relaciones entre la especie humana y la naturaleza de la que depende nuestra existencia. 

 

Esa interacción, por otra parte, ha ganado en intensidad y complejidad en la medida en que nuestras sociedades han venido desarrollando relaciones de interdependencia cada vez más estrechas en el marco del mercado mundial que ha venido vinculándolas entre si a partir del siglo XVI. De entonces acá, esas relaciones de interdependencia han tenido un carácter desigual y combinado, que concentra las capacidades de producción y contaminación en las sociedades más desarrolladas. Esto explica las diferencias en el nivel y la complejidad del desarrollo entre las sociedades vinculadas por ese mercado, que a su vez se corresponden con las de su incidencia en el funcionamiento del ambiente global que todas comparten.

 

Esa incidencia ha venido teniendo un impacto ambiental cada vez mayor, sobre todo a partir del uso masivo de combustibles fósiles como fuente fundamental de energía para el desarrollo económico y social en el marco del mercado mundial, sobre todo a partir de mediados del siglo XX. De este modo, el impacto humano sobre el ambiente global ha dado ya lugar a alteraciones en el funcionamiento del llamado Sistema Tierra, de entre las cuales destacan por ejemplo el cambio climático asociado a la contaminación por gases de efecto invernadero; la creciente pérdida de biodiversidad; la alteración en los ciclos biogeoquímicos de sustancias como el nitrógeno y el fósforo, indispensables para la vida en el planeta; la acidificación de los océanos; la creciente escasez de agua dulce; la degradación de los suelos; la degradación de la capa de ozono en la estratósfera, que protege de la radiación ultravioleta a la vida en la Tierra; el incremento de partículas en suspensión en la atmósfera, y la presencia de nuevos productos y organismos contaminantes en la biosfera.

 

Tales son los principales factores de impacto del desarrollo desigual y combinado sobre el entorno natural del que hacemos parte. A ellos había que agregar un décimo factor de impacto sobre el equilibrio del sistema global: el de la desigualdad social que hoy afecta a la especie humana en su conjunto, con expresiones que van desde las limitaciones en el acceso a los frutos del desarrollo hasta las migraciones desde las sociedades más afectadas por esa desigualdad hacia las que disfrutan de mejores condiciones de vida en el sistema que comparten. Ese factor de desigualdad, además, se extiende al plano político, y constituye una condición que limita la posibilidad de acuerdos globales para encarar los problemas ambientales que pone en riesgo las posibilidades de desarrollo humano en todo el sistema mundial.

 

A eso se refería el papa Francisco cuando señalaba en su encíclica Laudato Si’ en el año 2015 que no había “dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”, que demandaba – y demanda – “líneas para la solución [que] requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.” A eso volvió también en 2023, cuando planteó en su exhortación Laudate Deum que, a ocho años de la publicación de Laudato si’, “advierto que no tenemos reacciones suficientes mientras el mundo que nos acoge se va desmoronando y quizás acercándose a un punto de quiebre.”[1]

           

Ese mundo que se desmorona encontró expresión en el campo de las ciencias naturales y sociales con la formación y desarrollo del concepto de Antropoceno a partir del año 2000, que resalta el papel de nuestra especie en el proceso de cambio global que afecta al sistema Tierra y pone en riesgo lo que hasta mediados del siglo XX había sido el “espacio seguro” para el desarrollo humano en la biosfera. La realidad que designa ese concepto constituye “una ruptura muy malvenida […] con cualquier idea de avance hacia un estadio superior.” Por tanto, representa “una crítica severa” a quienes remiten el origen de la crisis a “la evolución, estados de conciencia o crecimiento económico ilimitado”. El Antropoceno, así, “es una nueva brecha antropogénica en la historia natural del planeta Tierra antes que el desarrollo avanzado de una biosfera antropocéntrica”.[2]

 

En esa perspectiva, el concepto de Antropoceno se remite a un pensamiento organizado a partir de la interdependencia universal de los fenómenos naturales y sociales que se expresan en el desarrollo del planeta. De ese modo,

 

Para los científicos que anunciaron la llegada del Antropoceno, la fuerza mayor que lo trajo a la realidad no fue la Mente, la Razón, la Conciencia o el Espíritu, o cualquier otra fuerza que se eleve por encima de lo colectivo para imponer una letra mayúscula; en cambio, el culpable es la humanidad, entendida como el homo faber, el hombre tecnológico de la moderna civilización Occidental que emerge como una nueva fuerza geológica por medio del poder para alterar los grandes ciclos que rigen la trayectoria del planeta.

 

La imagen de ese homo faber se corresponde con el de los debates en torno a la existencia del Antropoceno que tenían lugar en el seno de la comunidad científica Noratlántica a comienzos del siglo XXI. Debemos estar atentos a esos debates al menos por tres razones. Una, que lo más concreto en ellos es el mundo Noratlántico, mientras nuestra América, África y Asia -salvo China, por supuesto – constituyen a menudo referentes abstractos. Otra, que esos debates hacen parte del proceso de formación de consensos y políticas en aquel mundo que no podría existir sin el nuestro, y por necesidad debe incluirnos de una u otra manera en las soluciones que considere más adecuadas. Y en tercer lugar – pero no en último – que el término mismo de Antropoceno conduce una y otra vez al conjunto del género humano en términos mucho más claros que los del humanismo liberal que animó el espíritu del sistema mundial en su organización internacional, que no encuentra ahora el camino para salvarlo del desmoronamiento que advertía el papa Francisco ya en 2015.

 

Por otra parte, para pensar desde nosotros mismos sobre estos problemas es bueno recordar que el sistema Tierra está en proceso de desarrollo desde hace unos 4500 millones de años – 3500, si se lo estima a partir del momento de formación de la materia viviente. Nuestra especie, por su parte, se ha venido formando y forjando a sí misma desde hace (apenas) unos dos millones de años, y desde una perspectiva tal constituimos una especie emergente aún en desarrollo. Por lo mismo lo importante aquí es que la sustentabilidad de ese desarrollo a escala planetaria constituye el verdadero objetivo a conseguir ante la crisis que encaramos, si deseamos evitar la regresión a la barbarie, por no hablar del riesgo de nuestra extinción.

 

Desde esta perspectiva, conviene recordar que el vínculo sociedad / trabajo / naturaleza / ambiente forma parte de otro más amplio: el del metabolismo universal de la naturaleza. Dentro de ese metabolismo universal opera a su vez el metabolismo social organizado por el trabajo en cada sociedad en particular. Aquí, lo fundamental consiste en que en el marco del Antropoceno la organización de ese vínculo entre lo universal y lo particular da lugar a una brecha metabólica, en cuanto el metabolismo social altera el universal destruyendo las condiciones naturales y sociales de producción, y externalizando las consecuencias de esa destrucción sobre el conjunto del sistema Tierra. 

 

A eso se refiere el dilema entre el crecimiento infinito en un planeta finito – con sus diez afectaciones mayores - por un lado y, por el otro, la necesidad de velar por la sostenibilidad del desarrollo humano, construyendo el entorno socioambiental más adecuado para ese propósito mayor. Lo complejo del problema ofrece la clave para lo sencillo – que no simple – de la solución que demanda: si deseamos un ambiente distinto, tendremos que crear sociedades diferentes. Con ello se aclara también la tarea mayor de nuestro tiempo: identificar la diferencia y las vías para construirla en cada sociedad. Y ese es, en primer término, el problema de ecología política al que debemos estar.

 

Alto Boquete, Panamá, 26 de febrero de 2026

 

 

NOTAS 

 

[1] Exhortación Apostólica Laudate Deum Del Santo Padre Francisco A todas las personas de buena voluntad sobre la crisis climática2023. https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/20231004-laudate-deum.html

[2] Hamilton, Clive y Grinevald, Jacques (2015): “Was the Anthropocene anticipated?”. The Anthropocene Review, 2015 (Vol 2 (1). https://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/2053019614567155

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