sábado, 28 de marzo de 2026

Cuba no quiere la guerra, pero no le teme

Nadie en la isla desea una confrontación militar con Estados Unidos, por mucho que desde Miami se grite lo contrario. Sería el peor escenario posible en términos humanos, económicos y sociales. La prioridad del gobierno cubano sigue siendo evitar una escalada, preservar la soberanía y sostener la vida cotidiana en medio de una crisis muy severa. Pero esa voluntad de paz no implica ingenuidad. 

Rosa Miriam Elizalde / LA JORNADA

La primera vez que vi un tanque de guerra fue en las calles de Sancti Spíritus, la ciudad del centro de la isla donde nací. Era abril de 1975 y, con la caída de Saigón, se celebraba la victoria de Vietnam tras casi 20 años de agresión estadunidense. Mis ojos de niña no recuerdan aquella mole de acero de la Segunda Guerra Mundial como una amenaza, sino más bien como lección temprana de que, en Cuba, incluso los triunfos y los dolores de otros pueblos se viven también a modo de advertencia.
 
Después llegaron los desfiles militares, los vehículos blindados, las demostraciones aéreas, la disciplina de las columnas. Todo eso fue componiendo una pedagogía de la defensa que terminó por volverse familiar. No porque los cubanos sintiéramos fascinación por la guerra, sino porque aprendimos muy pronto que debíamos estar preparados para ella. Desde Playa Girón, la posibilidad de una agresión estadunidense pasó a formar parte del sentido común nacional, que no es la aceptación aburrida de lo que se da por supuesto, sino la interrogación atenta de lo real y sus amenazas.
 
A fines de los años 80, cuando yo iba a la universidad, esa convicción ya tenía doctrina, método y lenguaje. Nos preparábamos bajo la idea de la Guerra de Todo el Pueblo. Aprendimos a disparar con fusiles AKM en campos de entrenamiento frente al Atlántico. Se multiplicaban los ejercicios, se construían refugios, se excavaban túneles, y una Habana sin servicio de Metro subterráneo empezó a ser descrita con una metáfora entre humorística y exacta: un queso gruyere. 
 
Ése era el telón de fondo para quienes nacimos después del triunfo de la revolución de 1959. Durante más de seis décadas no ha habido una guerra inminente, pero sí una certeza: la paz nunca puede darse por descontada. Fidel Castro lo resumió con claridad en noviembre de 1981: “Cuba no sería revolucionaria si no tuviera la convicción de poder defenderse por sí misma”. 
 
Ese convencimiento no surgía sólo de una decisión política interna. También descansaba en la conciencia, compartida por ambos lados del estrecho de la Florida, del costo que tendría una intervención armada. Documentos desclasificados del Pentágono muestran que, durante la Crisis de Octubre de 1962 y en respuesta a una consulta del presidente John F. Kennedy sobre la viabilidad de una invasión, el general Maxwell Taylor estimó hasta 18 mil 500 bajas estadunidenses en los primeros 10 días de combate, incluso en un escenario no nuclear. La conclusión era inequívoca: Cuba no era, ni sería, un paseo militar. 
 
Hoy es razonable pensar que ese costo político, humano y estratégico sería aún mayor, a pesar del indiscutible poderío militar y tecnológico estadunidense. Por eso, las recientes declaraciones del vicecanciller cubano, Carlos Fernández de Cossío, en Meet the Press no deben leerse como exabrupto ni como sobreactuación. Expresan, más bien, una posición largamente sedimentada: Cuba no quiere ni iniciaría una guerra, pero lleva décadas preparándose para defenderse.
 
Nadie en la isla desea una confrontación militar con Estados Unidos, por mucho que desde Miami se grite lo contrario. Sería el peor escenario posible en términos humanos, económicos y sociales. La prioridad del gobierno cubano sigue siendo evitar una escalada, preservar la soberanía y sostener la vida cotidiana en medio de una crisis muy severa. Pero esa voluntad de paz no implica ingenuidad. 
 
La hostilidad de Washington no pertenece al terreno de las hipótesis remotas, sino al de una política de sanciones, presión diplomática, amenazas de cambio de régimen y, más recientemente, una retórica de mayor agresividad desde la Casa Blanca. En marzo de 2026, la tensión bilateral volvió a endurecerse por el aumento de la presión estadunidense y por las declaraciones de Donald Trump sobre una posible “friendly takeover” (“toma amistosa”) de Cuba, una fórmula tan ambigua como inquietante. En ese contexto, La Habana busca disuadir, no provocar. 
 
Aquellos tanques que vi de niña en Sancti Spíritus me enseñaron, incluso antes de entenderlo del todo, que la paz en Cuba es algo más que la ausencia temporal de hostilidades. Si alguien vuelve a dejarse arrastrar por la fantasía de una agresión militar contra la isla, es muy probable que tropiece con el arraigado sentido común: este país no desea la guerra, pero no le teme.

No hay comentarios: