La de Donald Trump es la estrategia del agente inmobiliario que tantea el terreno, se muestra agresivo con su oponente y, si encuentra resistencia, se repliega para buscar nuevas rutas.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
La política exterior de Donald Trump y su equipo pareciera ser de prueba y error, de avances atrevidos que levantan polvareda, sofocos, gritos, reuniones apresuradas y bravuconadas que tantean la reacción de sus oponentes a los que luego deja colgados para pasar a ocuparse de otra cosa si encuentran muy tortuoso el camino. Esos avances están siempre precedidos de amenazas, rumores y noticias falsas para, por último, dejar ir un golpe contundente si tienen la oportunidad.
Así fue con Venezuela, a la que fueron cercando por meses, agregando poderío militar como pocas veces se ha visto en el pasado, para al final dejar ir el mazazo que deja aturdido a su enemigo.
En Irán parece haber una estrategia parecida: están acumulando fuerzas, desvían la atención con lo de las supuestas conversaciones (que nadie sabe a ciencia cierta si se están dando o no) y seguramente en algún momento intentarán dar un golpe militar fulminante.
En América Latina la estrategia es distinta. Aquí tienen una corte de advenedizos que se apresuran a manifestarle lealtad y se mueren de la alegría por las ocurrencias del señor aspirante a emperador del imperio en decadencia.
Hasta la siempre modosita Costa Rica, que siempre se ufanó de su vocación civilista y tenía algunos arrestos para guardar las formas, se ha desbocado en estos días. Uno de los cuatro asesores que la presidenta recién electa -que tomará posesión del cargo en mayo- nombró con bombos y platillos en una de sus primeras decisiones, ha propuesto que en el país se establezcan un par de bases militares norteamericanas para resolver el problema del narcotráfico. Como se ve, los Estados Unidos ya ni siquiera tienen que proponer, porque tienen agentes locales que se apresuran a ahorrarle el esfuerzo.
La de Donald Trump es la estrategia del agente inmobiliario que tantea el terreno, se muestra agresivo con su oponente y, si encuentra resistencia, se repliega para buscar nuevas rutas. Eso es lo que está pasando con Groenlandia, a la que parece haber dejado en paz después del escándalo que armó y que puso a sus aliados europeos en alerta.
Trump no ha llegado, sin embargo, al meollo de lo que realmente le interesa: China. Todas las vueltas que da son solo posicionamientos para tratar de disminuir su influencia en la parte del mundo que tradicionalmente ha dominado.
En América Latina, además de buscar reducir o, mejor aún, desaparecer su ya grande presencia, quiere garantizarse sus recursos naturales, que le son estratégicos en su batalla contra su rival asiático.
En Groenlandia también. A estas alturas, a todos nos ha quedado claro la importancia estratégica que ha adquirido la Antártida con el deshielo en curso gracias al cambio climático. En esa parte del mundo, es China también el ogro que asusta.
Y ni qué se diga con Irán. Si alguien no lo sabía, ahora ya tiene que estar enterado del valor estratégico que tiene para Asia, especialmente para China, su petróleo. Seguramente, quienes tengan a bien leer este artículo han de manejar a estas alturas los porcentajes del crudo que pasan por el estrecho de Ormuz, los destinatarios, los kilómetros de ancho del estrecho y el nombre de las estratégicas islas que Estados Unidos está tanteando atacar.
Recuérdese que el señor Trump apenas tiene un año y dos meses en el puesto, y que sus idas y venidas apenas están comenzando. En el camino ya dejó varada a Ucrania, a la cual no hay visos de que vaya a echarle una mano, más bien pareciera que hará todo lo posible por ayudar a terminar de hundirla, y por Groenlandia regresará en algún momento.
Que eventualmente las cosas no le resulten tal y como se había propuesto, no quiere decir que no tenga claro a dónde quiere llegar. Que sea torpe en el alcance de sus objetivos es otro cuento, y puede ser que esa circunstancia termine pasándole la factura.

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