Recientemente, mientras
los sectores de poder tenían obnubilados a buena parte de la población
planetaria con ese circo romano moderno que es el Mundial de Fútbol, entre
gallos y medianoche el Congreso de la República sancionó el “decreto 19-2014
Ley para la protección de obtenciones vegetales”, popularmente conocido como
Ley Monsanto.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de
Guatemala
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| Pobladores de Sololá, Guatemala, bloqueraron la ruta interamericana en protesta contra la ley Monsanto. |
Desde hace años, con
los planes neoliberales imperantes y con la desmovilización político-ideológica
fabulosa que se vive como producto de un proceso represivo único en
Latinoamérica (200.000 muertos y 45.000 desaparecidos), parece inconcebible
protestar. En muy buena medida, ya nos hemos acostumbrado a agachar la cabeza,
a resignarnos. ¡Cultura del silencio!, pudo llegarse a decir. Cultura de la
resignación, de la pura sobrevivencia.
Sin dudas, todo eso es
cierto. El terror incorporado que dejó en cada habitante la feroz represión de
estas décadas, la impunidad dominante, la violencia delincuencial que campea
exultante sirviendo, entre otras cosas, como disuasivo de intentos
organizativos (¿otra virtual guerra civil no declarada que mantiene bajo
control a la población?), todo eso fue sacando de la agenda cotidiana la idea
de lucha, de reivindicación, de alzar la voz. Pero como cantó Fito Páez: “¿quién dijo que todo está perdido?”
