En las megaciudades, se
está jugando una parte sustancial del futuro de la humanidad. Allí concentra
sus baterías el capital global, impulsando aquellos actos gigantes que mayores
beneficios le rinden, a corto y largo plazos. Los que resisten son
sistemáticamente acusados de delincuentes.
Raúl Zibechi / LA JORNADA
Las grandes ciudades del
tercer mundo se han convertido en espacios tan atractivos para la acumulación
del capital, como las vastas áreas rurales en que se expanden los monocultivos
y la minería a cielo abierto. Los megaeventos, como los Juegos Olímpicos y los
mundiales de futbol, pero también los grandes conciertos musicales, son la
mejor excusa para acelerar la acumulación, que va de la mano de la expulsión de
los pobres o su encierro permanente en espacios controlados.
Las ciudades brasileñas,
muy en particular Río de Janeiro, muestran en este momento la cara menos amable
de la acumulación por despojo: intervención militar de favelas, derribo
de viviendas y expulsión de comunidades que estaban asentadas desde décadas
atrás en zonas ahora apetecibles para el capital. Un acto organizado esta
semana por el Laboratorio de Estudio de Movimientos Sociales y
Territorialidades (Lemto) permitió conocer por dentro la realidad de quienes
están siendo agredidos por las obras de cara al Mundial de 2014 y las olimpiadas
de 2016.
