Acontece que montado en las alas del águila imperial, hasta un ángel se vuelve un demonio.
Carlos Figueroa Ibarra / Para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
La primera vez que supe del general Colin Powell fue en febrero de 1991, al final de la operación “Tormenta en el Desierto”, nombre que se le dio a la guerra de cinco semanas que terminó expulsando a los iraquíes de Kuwait. Me impresionó verlo en la televisión durante una conferencia de prensa en la que informaba del éxito fulminante de la campaña militar, mientras un aura de respeto invadía la sala repleta de periodistas y fotógrafos. Era Powell la figura perfecta para los designios del imperio estadounidense: apuesto a sus 54 años, de gran estatura (1.87), hablar sereno y pausado, una leve sonrisa que se le esbozaba en ojos y labios. Tenía además una cualidad que le daba una gran legitimidad a los designios imperiales: era negro.
