Los trabajadores petroleros de YPF, excluidos
por el neoliberalismo, pusieron en pie desde abajo un proyecto colectivo
alternativo en la ciudad de General Mosconi, que es ejemplo y referencia los
excluidos del mundo. En estos 10 años empezaron a mirar en horizontal, hacia
los pueblos cercanos, las comunidades indígenas y los poblados de la región
hacia donde crece el movimiento.
Raúl Zibechi / LA JORNADA
Los verdaderos protagonistas de la historia
social suelen ser opacados por la cultura hegemónica que sigue colocando en
lugar destacado a caudillos y autoridades estatales, en los que se enfocan las
luminarias mediáticas. Así sucede, en particular, cuando los protagonistas son
gente de abajo, mujeres y jóvenes de piel oscura, que viven lejos de las
grandes ciudades y son portadores de culturas largamente discriminadas.
En la etapa actual del capitalismo, en la que
el sistema muestra su obscena decadencia militarizada, los ademanes
colonialistas vuelven a ser agitados por las clases opulentas para exorcizar
sus más rancios temores. Instalar a hombres y mujeres protagonistas de las
resistencias en el lugar que les corresponde, no es sólo un acto de justicia
histórica, sino algo más importante aún: revelar que sigue siendo posible
cambiar el mundo, o sea, hacerlo desde abajo.
La historia reciente de los trabadores de YPF,
desde la privatización de dos décadas atrás que los llevó al desempleo y la exclusión hasta la reciente
nacionalización por el gobierno de Cristina Fernández, nos enseña lo que puede
hacer la energía colectiva de los trabajadores. En la ciudad de General
Mosconi, Salta, uno de los núcleos de la estatal YPF, se pasó de la resistencia
a la creación de un mundo nuevo en el que participan más de 2 mil familias en
una población de 16 mil habitantes.

