Es innegable que todas las religiones, como instituciones, tienen aspectos reprochables. Pero, es necesario diferenciar la dimensión metafísica de lo institucional.
Nuria Rodríguez Vargas / Para Con Nuestra América
Durante las pasadas vacaciones de Navidad y Año Nuevo en la casa de mis padres, abrí la voluminosa Biblia. Durante mi infancia repasaba con fascinación las imágenes que contenía. Había pintura, escultura y fotografías de templos de las distintas vertientes cristianas: católicos, luteranos, ortodoxos y anglicanos, todos de maravillosa arquitectura. Me daba miedo la pintura La masacre de los inocentes (1868) de Carl Bloch. Mostraba a un hombre con un cuchillo desenvainado; a sus pies, unos ojos desorbitados, transmitían un intenso terror al mirar a su hijo inerte. Por el contrario, a mis ojos infantiles les resultaba cotidiano, Madonna Litta (1490) de Leonardo Da Vinci, que retrataba con naturalidad al Niño Jesús siendo amamantado, agarrado al seno desnudo de su Madre.