No hay nadie, fuera de la cúpula que gobierna a Estado Unidos, que sepa a ciencia cierta qué busca este país con el despliegue de fuerza que ha hecho en el Caribe en estos días. Las razones que esgrime, el combate al narcotráfico, choca con la realidad: para ser una operación antinarcóticos, es demasiado grande y falta de operatividad; para ser otra cosa -por ejemplo, una invasión a Venezuela- no es suficiente.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Así que las especulaciones son muchas y siguen multiplicándose en la medida en que la fuerza naval que acumulan en el Caribe sur crece y completa, de acuerdo a los anuncios de la Casa Blanca. Una de las suposiciones que más circula es que Estados Unidos va a invadir Venezuela para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro. Para ello, tomó algunas medidas previas, las más importantes, declarar al gobierno venezolano como un narcoestado, y a Nicolás Maduro como jefe máximo del cartel de Los Soles, lo cual lo autorizaría -según la narrativa estadounidense- a entrar en el país a buscarlo para luego juzgarlo en Estados Unidos.
Esta suposición tiene varios problemas. La primera que, como ya se dijo, la fuerza militar desplazada no sería suficiente para una invasión, por lo que debería decantarse por una operación “quirúrgica”, es decir, una maniobra milimétrica llevada a cabo por algún comando de élite que secuestrara o matara al presidente y los principales dirigentes de la Revolución Bolivariana más o menos al estilo de lo hecho hace algunos años con Osama bin Laden. Pero, para eso, ¿por qué desplazar hasta submarinos nucleares? ¿No sería más efectivo hacer una operación silenciosa, de la que solo después de ejecutada se tiene noticia?
Otra suposición es que Estados Unidos está haciendo una ostentación de fuerza. Es decir, que está sacando pecho no solo frente a América Latina y el Caribe, sino ante las potencias rivales que le están robando el mandado. En este sentido, la operación estaría dirigida para mostrarle a China y Rusia quién manda en esta parte del mundo, es decir, las mismas razones que dieron origen, a inicios del siglo XX, a la Doctrina Monroe de América para los americanos. Ahora, como entonces, los Estados Unidos tiene gobiernos sumisos que gustosamente lo acuerpan y que ya, a estas alturas, han salido a respaldarlo cualquiera sean sus intenciones. Ahí está Argentina, Paraguay, Perú, Trinidad y Tobago y, lógicamente, Guyana, país con el que Venezuela tiene un diferendo limítrofe secular y en el que, aparentemente, ya habría militares norteamericanos desplegados. Fuera del área continental, Francia se ha mostrado también presta a respaldar a Estados Unidos en esta operación contra el fantasmagórico cartel De Los Soles, del que nadie sabe nada concreto y ni siquiera si realmente existe, algo que, sin embargo, tiene sin cuidado a Estados Unidos porque ellos, para inventar razones que justifiquen sus acciones punitivas, son expertos.
Hay una tercera suposición: que en el gobierno estadounidense habría dos corrientes distintas en relación con Venezuela, una más suave, que se decantaría por la negociación sería la que ha promovido la recepción de migrantes (en lo cual Venezuela ha sido ejemplar), la liberación de norteamericanos presos en cárceles venezolanas y la posibilidad de que la compañía Chevron continue operando en el país. A esa posición se enfrentaría la que comanda el secretario de estado Marco Rubio, de mano dura, que apuesta por mostrar los dientes y, eventualmente, dar algún manotazo militar.
Seguramente el mantener todo en la incertidumbre forma parte del plan. Pero, independientemente de lo que estén buscando, en América Latina no se pueden permitir este tipo de bravuconadas imperialistas. Aún si Donald Trump hubiera estado en el poder, esto no habría sido posible hace quince años, cuando había una América Latina inéditamente unida y beligerante. Así que la lección es siempre la misma, para escenarios internacionales como para las dinámicas internas de los países: solo la unidad hace la fuerza.
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