sábado, 29 de noviembre de 2025

Calor al Sur

 El 22 de noviembre concluyó – excedida en un día – la 30ª Conferencia de las Partes (COP) del Acuerdo de París sobre cambio climático.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América

Desde Alto Boquete, Panamá


Como en ocasiones anteriores, los resultados visibles fueron agridulces: las grandes coincidencias generales sobre la gravedad del problema no se vieron acompañadas por los acuerdos necesarios sobre temas fundamentales, como la hoja de ruta para la transición del consumo de combustibles fósiles a otras fuentes de energía mucho menos contaminantes.[1]

 

Para el diario mexicano La Jornada, la COP 30 optó por “proteger el dinero de las grandes compañías de los hidrocarburos y la agroindustria antes que la vida de 8 mil 258 millones de seres humanos expuestos, en diversas medidas, al impacto del calentamiento global ocasionado por las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).” Así,

 

el rasgo más destacable del encuentro fue la omnipresencia de cabilderos de las empresas empeñadas en descarrilar cualquier medida tendiente a conciliar la actividad humana con los límites ecológicos: organizaciones ambientalistas contaron al menos mil 600 lobistas al servicio del petróleo, gas y carbón, a los cuales se sumaron otros 300 de la agroindustria. Para dimensionar estas cifras, vale mencionar que los cabilderos fueron casi uno de cada 20 participantes en la COP30 y que conformaron la segunda mayor delegación, sólo por debajo de los delegados de la anfitriona Brasilia.

 

En estas circunstancia, concluye, “no es sorprendente que en el texto final, presentado con un día de retraso, esté ausente toda mención explícita a los combustibles fósiles y a la urgencia de reducir su consumo. […] Transcurridas tres décadas de conferencias sobre cambio climático en el marco de las Naciones Unidas, lo único claro es que la subsistencia humana y el equilibrio ecológico son incompatibles con un sistema económico cuyos únicos objetivos innegociables son la generación de ganancias privadas y su acaparamiento por parte de un puñado de oligarcas.”[2]

 

El diario inglés The Guardian, por su parte, resaltó el hecho de que la estructura de la ONU “se mantuvo en pie […]a pesar de los incendios, el calor tropical salvaje y los feroces ataques políticos contra el sistema multilateral de gobernanza ambiental global.” [3] Así,

 

El último día se aprobaron decenas de acuerdos, mientras la forma más colectiva de humanidad trabajaba para resolver el desafío más complejo y peligroso al que se ha enfrentado nuestra especie. Fue caótico. El proceso estuvo a punto de fracasar y tuvo que ser rescatado por unas conversaciones de última hora que se prolongaron hasta la madrugada. […] El resultado no fue ni mucho menos suficiente para limitar el calentamiento global a 1,5 °C. Hubo un déficit considerable en la financiación necesaria para la adaptación de los países más afectados por las condiciones meteorológicas extremas. Apenas se mencionó la importancia de la protección de la selva tropical, a pesar de que se trataba de la primera cumbre climática celebrada en la Amazonía. Y el equilibrio de poder en el mundo sigue tan sesgado hacia los intereses del gas, el petróleo y el carbón que ni siquiera se mencionaron los “combustibles fósiles” en el acuerdo principal.

 

Aun así, se dice, “Belém abrió nuevas vías de discusión sobre cómo reducir la dependencia de los petroquímicos, y amplió el alcance de la participación de grupos indígenas y de científicos. Dio pasos en dirección a políticas más fuertes de transición justa hacia un futuro de energía limpia, y forzó a as naciones ricas a abrir un poco más sus billeteras.” 

 

Al propio tiempo, todo esto ocurrió en un entorno geopolítico marcado por “cinco amenazas que tendrán que ser enfrentadas en la COP del próximo año en Turquía”. La primera consiste en la ausencia de un liderazgo global. Estados Unidos no acudió a la COP mientras China optó por el papel de vocero del Sur. La segunda radica en el conflicto de intereses entre la extracción de recursos y la conservación de ecosistemas a escala mundial, y la tercera en la parsimonia de Europa y el ascenso de la extrema derecha. Esto obligó a postergar la presentación de un plan regional europeo sobre cambio climático, impidió un compromiso sobre la transición en combustibles fósiles, y limitó el liderazgo demostrado por Europa en las COP anteriores.

 

La cuarta amenaza fue generada por los conflictos en Gaza, Ucrania, Sudán y otros lugares, que eclipsaron la COP y cambiaron las prioridades en cuanto a los recursos gubernamentales y la cobertura mediática. Así, los políticos europeos “afirmaron que sus presupuestos se habían reorientado hacia el rearme en respuesta a la creciente amenaza que representa Rusia. Como resultado, han recortado drásticamente la ayuda al desarrollo exterior y cada vez resulta más difícil asignar fondos para la financiación climática.” 

 

La última amenaza consistió en una toma de decisiones globales “oxidada y malhumorada”. La ONU, dice The Guardian, “que cumplirá 80 años el próximo año”, 

 

está mostrando su antigüedad. La toma de decisiones por consenso en la COP significa que cualquier país tiene derecho de veto. Eso podría haber tenido sentido cuando la política de la Guerra Fría era una prioridad mundial, pero ahora es inadecuado, cuando la humanidad se enfrenta a una amenaza existencial para su hogar planetario. […] A nivel político, puede que sea una ruptura inevitable, pero la economía mundial se está moviendo cada vez más hacia las energías renovables, que ahora son más baratas que los combustibles fósiles, y las tendencias demográficas están desplazando el poder hacia el sur global. Mientras tanto, todo ello se sustenta en la implacable física de la crisis climática, sobre la que no puede haber veto. Estas realidades deben ser reconocidas por un sistema de gobernanza global renovado y más dinámico. De lo contrario, el acuerdo de París podría no salir indemne de futuras COP.

 

Sin embargo, lo implacable de esa física no basta en este caso. Para 2022, John Bellamy Foster advertía sobre el peso de la ciencia en tales debates, que se ve afectado por el abordaje de la dimensión del problema social en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), creado por la ONU en 1988 y cuyos informes acompañan todo el proceso de la COP. Ese abordaje, dice,

 

ha sido dictado en gran medida por la actual hegemonía político-económica. […] En general, los escenarios de mitigación incorporados al proceso IPCC (1) asumen de manera implícita la necesidad de perpetuar la actual hegemonía político-económica; (2) subestiman los cambios en las relaciones sociales a favor del cambio tecnocrático, mucho del cual está basado en tecnologías que no existen o que no son viables; (3) enfatizan el enfoque de oferta, relacionado con factores de precio y tecnología, antes que los factores de demanda, o reducciones directas en el consumo ecológico con el fin de reducir las emisiones; (4) dependen de las llamadas emisiones negativas – capturar dióxido de carbono de la atmósfera y almacenarlo de alguna manera – de modo que se rebasan los objetivos de las emisiones; (5) dejan a las masas de población fuera de juego, asumiendo que el cambio será manejado por las élites gerenciales con mínima participación pública, y (6) postulan respuestas lentas, descartando la posibilidad (de hecho, la necesidad) de una revolución ecológica. [4]

 

Así las cosas, cabría decir que la crisis del presente expresa una proceso de transición hacia uno de varios futuros posibles. Hoy, los vencedores de la II Guerra Mundial –que tienen derecho al veto en el Consejo de Seguridad de la ONU- se enfrentan al hecho de que el antiguo mundo colonial se va transformando en un actor colectivo -el llamado Sur Global-, de creciente autonomía política y peso económico en el mercado mundial. A esto se agrega que, además de los Estados nacionales, las partes enfrentadas incluyen a las grandes empresas transnacionales que protagonizan el proceso de globalización y a la red cada vez más densa y compleja de los movimientos sociales que promueven el cambio socioambiental en todo el planeta. 

 

Esas tensiones van definiendo los futuros posibles para la transición en curso, a partir de la visión y la acción de cada una de las partes involucradas. En la tensión entre estas partes radica, quizás, la sexta y mayor amenaza para el futuro de nuestra especie en la crisis global.

 

Alto Boquete, Panamá, 27 de noviembre de 2025 

 

NOTAS


[1] Un informe detallado sobre la COP 30 desde la perspectiva de los movimientos sociales participante puede ser consultado en Reporte COP30, 23 noviembre 2025. Reporte final de Osver Polo sobre la COP30  https://acortar.link/CCJgBg   

[2] “COP30: el dinero sobre la vida”. La Jornada, 23 de noviembre de 2025 08:32

https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/11/23/editorial/cop30-el-dinero-sobre-la-vida

[3] Jonathan Watts en Belém: “Trump, la guerra, la ausencia de los medios de comunicación: cinco amenazas para el progreso climático que acecharon la COP30”

https://www.theguardian.com/environment/2025/nov/23/cop30-talks-climate-progress-five-threats

[4] Capitalism in the Anthropocene. Ecological ruin or ecological revolution: “On fire this time” (2022: 401-402). Monthly Review Press, New York. 

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