El pueblo cubano nunca fue el relleno de las fotografías de Fidel Castro, sino su verdadero centro. Esa centralidad explica también la persistencia de una revolución sometida durante décadas a la hostilidad de Washington y obligada a defender, en circunstancias cada vez más ásperas, la soberanía que conquistó.
Rosa Miriam Elizalde / LA JORNADA
Fidel Castro duerme vencido por el cansancio mientras varios jóvenes lo rodean con la curiosidad alegre de quienes descubren que el héroe también cierra los ojos. En otras fotografías come con campesinos, monta a caballo en una cooperativa, se toma un helado, alimenta a un elefante en Nueva York o improvisa, con un par de cucharas, el baile de Alicia Alonso. No aparece en esas escenas una carga al machete ni una columna guerrillera avanzando sobre la montaña. Hay algo políticamente más difícil de fabricar: familiaridad. El dirigente deja por un instante la tribuna y entra en la vida común. La cámara lo vuelve próximo sin reducir su estatura histórica.




