De la convergencia entre personas distantes en el tiempo y el espacio nos llega la confirmación de la utilidad de la virtud en la tarea de construir las opciones de futuro que demandan los graves problemas de nuestro presente.
Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Panamá
“El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, y mujeres venales y egoístas: pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras. La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce”.
José Martí, 1894[1]
En lo que hace a la cultura ambiental, 2025 nos traerá dos aniversarios de importancia. En lo más breve, en mayo próximo hará un decenio de la publicación de la Encíclica Laudato Sí, en la que el primer papa originario de nuestra América involucró de lleno a su Iglesia en el debate sobre la crisis ambiental de nuestro tiempo. Y lo hizo además de un modo innovador, que trascendía la usual separación entre los mundos del espíritu y de la materia, al señalar que en su epígrafe 139 que
