La corrupción no tiene
ideologías y también existe en el sector privado. Se ha vuelto una enfermedad
sistémica. Por eso hoy, ser honesto es ser subversivo.
Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
La corrupción en la
clase política y el Estado es tan grande que en buena parte del mundo la
honestidad se ha convertido en un arma poderosa para sumar simpatías. En la
medida en que la corrupción es
enfermedad extendida, la honestidad se
ha vuelto en algo que subvierte el orden establecido. Fue la demanda de
honestidad lo que derribó al gobierno de Pérez Molina en Guatemala. Es la imagen
de corrupción lo que tiene a Peña Nieto en los niveles más bajos de aceptación
en México. Pepe Mujica, el ex presidente de Uruguay, se ha convertido en el
paradigma de lo que estoy diciendo. Hace un tiempo me sorprendió que un querido
amigo, ferviente simpatizante de la derecha, me haya hablado del ex guerrillero
tupamaro en términos sumamente elogiosos. La venalidad estatal y política es
tan grande, que hasta ha relativizado un tanto la animosidad que generan las
diferencias ideológicas y políticas.
