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sábado, 24 de noviembre de 2018

Un grito por Nuestra América

Figura central de la literatura latinoamericana, Gabriela Mistral obtuvo el Premio Nobel en 1945, su grito por Nuestra América sigue vigente, requiriendo de otra educación, de una praxis pedagógica que nutra las almas de los pobladores de cada rincón de las tierras nuestras forjadas a la luz de la conciencia y el reconocimiento de la grandeza que nos hace ser una parte fundamental de la humanidad.

Cristóbal León Campos / Especial para Con Nuestra América
Desde Mérida, Yucatán. México.

Gabriela Mistral
I

Un largo derrotero anduvo en su vida, diversas geografías impregnaron con su esencia sus escritos sin dejar nunca a un lado la raíz materna de la patria añorada, el carácter rural de su infancia contrapuesto y resignificado con la lógica cosmopolita de algunos de los países que visitará, acentuaron en su obra, el compromiso con los oprimidos, con la unidad Latinoamérica y su concepción de la educación como actividad emancipadora de la mujer y de los pueblos marginados. Gabriela Mistral (1889-1957), nacida en Vicuña, ciudad del Valle Elqui en Chile, legó una vasta producción intelectual que reafirma con el tiempo su compromiso con Nuestra América.

sábado, 14 de enero de 2012

La palabra clara de Gabriela Mistral

Consagrada por el Premio Nobel, reconocida a nivel internacional, editada en múltiples idiomas, homenajeada y honrada con cargos diplomáticos –es la primera mujer chilena en ejercerlos–, Gabriela Mistral sigue fiel a los principios que la llevaron, por intuición primero y por conocimientos después, a apoyar causas nobles y a denunciar injusticias.

Ximena Ortúzar / EL SEMANAL

El nombre de Gabriela Mistral se vuelve universalmente conocido el 12 de diciembre de 1945, fecha en que recibe el Premio Nobel de Literatura, el primero para América Latina. Cincuenta y seis años antes –el 7 de abril de 1889– había nacido en Vicuña, pequeño pueblo del norte de Chile. Fue hija de Juan Jerónimo Godoy y de Petronila Alcayaga, quienes la llamaron Lucila. Su niñez, marcada por situaciones adversas –su padre abandona el hogar cuando ella tiene tres años y sus estudios primarios son interrumpidos por una injusta acusación de robo–, no anulan su férrea decisión de estudiar: nada ni nadie le cerrará las puertas del conocimiento.

Autodidacta, lee cuanto llega a sus manos. A los trece años tiene acceso a la magnífica biblioteca personal de un periodista. Se acerca así a los novelistas rusos, a los pensadores franceses, a los filósofos universales y a los grandes poetas.

A los quince años comienza a dar clases como ayudante en una escuela rural del poblado de Montegrande, donde su hermana Emelina es maestra.

En periódicos de la zona publica cuentos, poemas y artículos, firmados a veces como Lucila Godoy y otras con los seudónimos de Alma, Alguien y Alejandra Fussler. A los dieciséis se inicia como maestra rural en una escuela primaria de la ciudad de La Serena. Está capacitada para hacerlo, pero quiere legitimar su labor y obtener el título. Solicita el ingreso a la Escuela Normal de esa ciudad, pero es rechazada porque, a juicio del capellán de esa escuela, las ideas contenidas en sus escritos son “ateas y revolucionarias, incompatibles con la misión de formar niños.” Sin título, sigue como educadora. Lea el artículo completo aquí…

sábado, 19 de marzo de 2011

Gabriela Mistral: rebelde sin fronteras

Gabriela seguía la huella de José Martí en Nuestra América y también la visión de Francisco Bilbao, que veía el futuro de América Latina como tierra de promisión para la Humanidad unida, democrática y comprometida con los ideales liberadores. Gabriela reclamaba autenticidad y no copia, originalidad y no imitación y veía que uno de los peligros centrales estaba en Estados Unidos.

Hernán Soto / Clarín (Chile)

Gabriela Mistral fue en muchos aspectos una adelantada a cambios y enfoques que hoy parecen naturales, indispensables y muchas veces urgentes. Cristiana de espiritualidad esencial, se definió como partidaria de transformaciones profundas: la necesidad de una reforma agraria, el latinoamericanismo real, el respeto a los indígenas y mestizos, el amor por los niños y los oprimidos. Ejemplar fue su preocupación por la instrucción y la cultura al servicio del pueblo.

Deberíamos tratar de conocerla mejor, más allá de convencionalismos y oscuridades.

Su sentimiento de pertenencia al mundo popular fue indiscutible. En carta a un amigo mexicano le confiaba: “…debo a la aristocracia una protección generosa: la de su defensa cuando se hizo campaña contra mi nombramiento para un liceo, pero la clase dentro de la cual me siento, aquella de la que espero más y a la que amo de corazón es la clase obrera”.

Tenía una opinión clara sobre el lugar que debía serle reconocido a los trabajadores en la sociedad. Cuando en 1925 fue invitada a participar en el Consejo Nacional de Mujeres condicionó su gustosa aceptación a que en él participaran las sociedades obreras, para que se reflejara la realidad de las clases sociales de Chile: “La clase trabajadora no puede ser menos de la mitad de los representantes en una asamblea cualquiera, cubre la mitad de nuestro territorio, forma nuestras entrañas y nuestros huesos. Las otras clases son una especie de piel dorada que la recubre”. Lea el artículo completo…