Amigo y colaborador
de Fernand Braudel, Wallerstein no encara la historia desde la suma de sus
eventos, sino desde las tendencias de largo plazo de las que esos eventos son
expresión, en cuanto sintetizan las relaciones entre la diversidad de
realidades que abarca un sistema complejo.
Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá
“El mundo está en tránsito violento, de un
estado social a otro. En este cambio, los elementos de los pueblos se
desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la
venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana
potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de
la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos
elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las
fuerzas originales del estado nuevo….”
Suele decirse que una idea fecunda, puesta en movimiento, sigue
caminando hasta que deja de serlo. Y no hay manera mejor de comprobarlo que
los tiempos en que vivimos, cuando todo lo que ayer apenas parecía sólido se
disuelve en el aire y se intuyen, como decía el poeta Pedro de Oráa, las
destrucciones por el horizonte. De esa estirpe fueron las ideas de Immanuel
Wallerstein, que asumió como objeto de su trabajo al moderno sistema mundial,
desde su formación hasta la necesidad de trascenderlo hacia otro en el que los
seres humanos pudieran ejercerse en la plenitud de sus capacidades.