La corrupción endémica continúa tal cual, y más allá de pomposas declaraciones, no hay la más mínima intención de frenarla, ni en Guatemala ni en Washington.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

Corrupción e impunidad son dos constantes que recorren toda Latinoamérica. Partamos por decir que ambos fenómenos (en otros términos: la transgresión, la fascinación con el poder) son notas distintivas de lo humano. Se dan en todos lados, en los empobrecidos países del Sur así como en la prosperidad insultante del Norte. Sucede que en nuestra empobrecida región, donde las carencias son tan abrumadoras, hechos corruptos por parte de los gobernantes cobran una relevancia monumental. En Guatemala, por ejemplo, el tráfico de influencias contribuye a mantener las impresionantes diferencias económico-sociales; en Estados Unidos, por el contrario, existen empresas de lobby totalmente legales (son lo mismo: cabildeo a espaldas de la población). Ante la pobreza generalizada, la corrupción de un funcionario se presenta como “excesiva”. ¿Por qué sería “honesta” la fortuna de un millonario -hecha con el trabajo de los explotados trabajadores- y “deshonesta” la de aquel que robó fondos públicos? No olvidar nunca que “la propiedad privada [de los medios de producción] es el primer robo de la historia”, como decía el anarquista Proudhon.