El último domingo de febrero el electorado alemán ratificó en las urnas las tres previsiones que ya anticipaban las encuestas. Clara victoria de la derecha conservadora democristiana, ascenso espectacular de la ultraderecha y debacle histórica de la socialdemocracia. Las urnas, además, parecieron certificar una dicotomía que no es solo propia de Alemania: la consolidación de la extrema derecha a pesar de las constantes y muchas veces multitudinarias movilizaciones de los últimos meses para confrontar, justamente, contra ese ascenso.
Sergio Ferrari / Para Con Nuestra América
Desde Berna, Suiza
Alemania despertó el lunes 24 ajustando las piezas de su propio rompecabezas político. Para ello, y teniendo en cuenta el dictado de las urnas, la fuerza más votada está tratando de construir una alianza que asegure la gobernabilidad en un momento particularmente complejo para el país y para el conjunto de la Unión Europea. La supremacía en dicha alianza –que hasta ahora la tenían los socialistas-- pasará a ejercerla la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que con 28% de los votos y 208 escaños en el futuro parlamento, catapultará al multimillonario Friedrich Merz como canciller (primer ministro). Aunque lo había anticipado antes de la elección, Merz ratificó inmediatamente después de los comicios una decisión de importancia: no es posible gobernar juntos con la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).


