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sábado, 8 de octubre de 2022

¿Vamos hacia la guerra nuclear dentro de la crisis de hegemonía mundial?

Entre guerras de baja, mediana y alta intensidad, guerras civiles, tribales y enfrentamientos armados diversos (con hasta 10.000 muertos al año) más pequeños conflictos y escaramuzas, hoy día se pueden contabilizar 65 frentes de combate.

Marcelo Colussi[1] y Mario S. de León[2] / Para Con Nuestra América

Desde Ciudad de Guatemala

El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer  y en ese claroscuro surgen los monstruos.”  Antonio Gramsci


¿Vamos Hacia un Mundo Unipolar o Multipolar?
 
La dominación de Estados Unidos que tras la Guerra Fría determinaba la agenda internacional, ha terminado y no podrá restablecerse durante la vida de la próxima generación”, escribía en 1997 en su libro “El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos” el neoconservador Zbigniew Brzezinski, gurú intocable en la geopolítica de Washington. Agregando inmediatamente que “ninguna de las potencias mundiales puede alcanzar la hegemonía global en las condiciones actuales, por lo que Estados Unidos debe elegir mejor los conflictos en los que va a participar ya que las consecuencias de un error podrían ser devastadoras”. Lo anterior hace recordar algunos de los desastres militares, políticos y humanitarios recientes en el siglo XXI, causados por las intervenciones de Estados Unidos, Europa y sus aliados bajo la OTAN en algunos países del medio oriente, por ejemplo: Irak/Kurdistán, Siria y Afganistán entre otros. 

sábado, 21 de agosto de 2021

¿Afganistán, un estado fallido?

 El conflicto afgano, desde nuestra óptica, es necesario interpretarlo como el proyecto del imperio que requiere en su lógica intervencionista, generar nuevos escenarios donde se fortalezca su proyecto de impulsar Estados fallidos.

Adalberto Santana / Para Con Nuestra América

Desde Ciudad de México


Con el arribo de los contingentes de los talibanes a la capital de afgana, Kabul,  en este mes de agosto parecería con la paulatina salida de las tropas estadounidense, británicas, turcas y de otros países del país centroasiático, parecería que esas columnas fundamentalistas han derrotado a la intervención extranjera en ese país.  Sin embargo, en nuestra reflexión, pensamos que más bien lo que se ha puesto de manifiesto es lo que buscaba Washington, esto es,  generar en Afganistán un Estado fallido. Tal como lo entendemos cuando el propio Joe Biden le manifestó a la ABC News: “no sé como hubiera sido posible que Estados Unidos saliera  de Afganistán sin provocar caos”.

sábado, 25 de julio de 2015

El Chapo y el Estado fallido en México

¿Qué puede pensarse de un Estado que es incapaz de mantener en la cárcel  a un capo poderoso de la droga como es Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera? Las noticias que hemos recibido con respecto a los pormenores de su fuga, iluminan con la mayor claridad la corrupción del Estado en México.

Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México

No pocos de mis colegas en las ciencias sociales deploran la categoría de Estado fallido por sus orígenes y por sus consecuencias. Con respecto a los primeros debe decirse que la categoría tuvo su origen, como la de gobernabilidad, en los apetitos hegemonistas del imperio estadounidense. Si un Estado en la periferia capitalista incurría en la ingobernabilidad y  en la falencia, la consecuencia era la intervención.

Pese a esto, el México de los últimos años  nos hace caer en la tentación de usar la categoría deplorable  que fue utilizada desde el  principio  en los informes que un grupo de académicos estadounidenses preparaban para la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Cuando un Estado  es incapaz de garantizar su soberanía en el conjunto del territorio que gobierna, es desafiado militarmente por poderes fácticos que controlan porciones extensas de dicho territorio, la corrupción al servicio de grupos privados desvirtúan el carácter público que debe tener el Estado, el mismo es incapaz de hacer realidad la ley y administrar la justicia,  incumple el pacto hobbesiano de garantizar la seguridad ciudadana,  entonces, se nos dice,  estamos ante un Estado fallido.

sábado, 18 de agosto de 2012

Centroamérica: De las Banana Republic a la cultura del Estado fallido

De la cultura de la Banana Republic, pasamos a la cultura del Estado fallido: esa que un día busca en los TLC la tabla del salvación al abismo de la pobreza, y al otro, mira en la soluciones militares y policíacas la solución a los problemas creados por décadas de rechazo y posposición de políticas públicas de desarrollo humano. Tal es la mentalidad sumisa y colonizada de la clase política y de los grupos que realmente tienen el poder en la región.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

El pasado fin de semana, 72 marines llegaron a Guatemala para participar en operaciones antidrogas y en entrenamientos en tácticas de montaña en la selva del Petén.
Históricamente, la visión de los grupos dominantes estadounidenses sobre Centroamérica –la visión imperial- ha pretendido justificarse sobre un supuesto básico pero falaz: que los pueblos de esta parte del mundo, díscolos, corruptos, rebeldes y proclives a las revoluciones, son incapaces de gobernarse por sí mismos, y que por lo tanto, requieren la tutela de una nación civilizada, fuerte y organizada para conducirlos hacia su desarrollo (pensado siempre desde la perspectiva de los poderosos civilizadores).

Crónicas de viajes, partes diplomáticos, discursos políticos, obras literarias y algunos elementos de la historia oficial, dan cuenta de la forma en que esa construcción ideológica, de marcado acento colonialista, y sus correlatos políticos y económicos, se fueron imponiendo poco a poco entre amplios sectores de la población centroamericana, entre su clase política y sus oligarquías, hasta convertirse en sentido común dominante de la cultura regional. De ahí surgió, en buena medida, esa cultura de la resignación y la docilidad ante la intervención extranjera que caracterizó el tiempo de las Banana Republic.

sábado, 4 de junio de 2011

Estados “fallidos”: ¿verdad científica o manipulación politiquera?

Designar a un Estado como supuestamente “fallido” implicaría que “alguien” acuda a su salvación –obviamente una fuerza externa, bien preparada y dispuesta a “ayudar”. Esto nos llevaría a preguntar: si un Estado es “fallido” ¿cómo salvarlo? ¿Privatizándolo? ¿Por medio de la intervención militar de una fuerza extranjera que sea “capaz” de hacerse cargo de él? Obviamente no va por allí la salvación.

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América

Desde Ciudad de Guatemala

Según algunas de las instancia creadoras de opinión pública que operan desde el corazón mismo del imperio –como el tanque de pensamiento Fund for Peace o la revista Foreing Policy por ejemplo– el concepto de “Estado fallido” hoy día se ha vuelto una clave de importancia primordial en su geostrategia global. Al respecto, según sus antojadizos criterios, serían notas distintivas de los países donde tienen lugar estos procesos: la inequidad social estructural, crisis económica recurrente en el seno de sus sociedades, deslegitimación de su institucionalidad y su poca credibilidad dados los altos niveles de corrupción, falta de cobertura estatal en grandes zonas del territorio que debería atender, generalizado descontento colectivo ante esa ineficiencia, masivos movimientos de refugiados y desplazados internos, explosión demográfica sin contención. Lea el artículo completo aquí…

lunes, 27 de diciembre de 2010

¿Estados fallidos o sociedades fallidas?

Las sociedades de México, Guatemala, Honduras o El Salvador no se “arreglan” con más represión, que es el camino elegido por los sectores dominantes acorde con su tradición. Las soluciones provendrán de esfuerzos de largo aliento que tienen que orientarse a construir sociedades más incluyentes.
Rafael Cuevas Molina/ Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
La Fund for Peace, de los Estados Unidos de América, a tono con la tradición estadounidense de juzgar al mundo según sus parámetros y, a partir de ellos, incorporar o marginar a tirios y troyanos de las bondades del desarrollo, la gobernabilidad, la democracia, la felicidad y el futuro promisorio, elabora anualmente un listado de los estados en el mundo que pueden catalogarse de “fallidos” y lo publica en la revista Foreign Policy.
Serían fallidos los estados con un gobierno tan débil o ineficaz que tiene poco control sobre vastas regiones de su territorio, no provee ni puede proveer servicios básicos, presenta altos niveles de corrupción y criminalidad, refugiados y desplazados, así como una marcada degradación económica[1].
Basados en esta definición, analistas norteamericanos y no pocos latinoamericanos se preguntan si México, Guatemala, El Salvador y Honduras no podrán ser catalogados como estados de este tipo.
En el caso de los países centroamericanos del llamado Triángulo Norte, los índices de violencia y criminalidad, por ejemplo, han llegado a superar los existentes en los años 80 y 90, conocidos como “los años de la guerra”.
Además, altos porcentajes de su población (hasta el 18% de la de El Salvador, por ejemplo) se ven obligados a migrar hacia los estados Unidos de América con tal de obtener recursos económicos mínimos para sobrevivir.
Acorde con esa realidad precaria que obliga a muchos a abandonar su lugar de origen, amplios sectores de la población que ni siquiera tienen recursos para irse, literalmente mueren de hambre, más ahora que antes, cuando los embates climatológicos derivados del cambio climático provocan in distintamente inundaciones y sequías.
Como si esto fuera poco, sistemas judiciales como el de Guatemala son incapaces de cumplir con las más básicas obligaciones para cuyo cumplimiento fueron creados. En ese país, el 98% de los delitos quedan impunes, dejando que prime la ley de la selva, el poder del más fuerte.
Los estados de estos países, sin embargo, no nacieron, crecieron y se desarrollaron en el vacío: responden a dinámicas y características históricas que han desembocado en ese tipo de instituciones. Ahí donde no ha sido posible construir sociedades inclusivas han florecido estados autoritarios; donde privan los intereses minoritarios de las oligarquías se multiplicaron las mayorías marginadas; donde había mucho que reclamar por muchos se entronizaron los ejércitos y las instituciones (legales o ilegales) represivas.
Los estados oligárquicos autoritarios y débiles de México y el norte centroamericano, responden a sociedades herederas de un pasado colonial que implantó a sangre y fuego la extracción de las riquezas de nuestras tierras. Y lo que vino después, con la independencia, no fue sino una continuación de lo mismo solo que con otros agentes sociales en el poder.
Las sociedades producto de esa historia de explotación, desigualdad y violencia no pueden ser otras que las que existen hoy. No se trata solo del estado sino de la sociedad en su conjunto la que se ha estructurado malamente desde un inicio.
Sociedades como esas necesitan un revulsivo social que las transforme desde la raíz. Necesitan cambios que no dudamos en calificar de “revolucionarios”, puesto que implican modificaciones estructurales profundas.
A la búsqueda de tales transformaciones estuvieron abocados amplios contingentes de población de esa región en años pasados, y su vocación de cambio llegó, incluso, hasta la guerra, opción última y extrema a la que hubieron de acudir solamente porque se les habían cerrado todas las opciones pacíficas.
El que no lograran realizar sus ambiciones de transformación radical como las que aquí mencionamos agregó contradicciones y nuevas frustraciones al todo social. Abonó en la acumulación de desesperanza, profundizó el desencanto de los más.
Una situación de frustración, desencanto y desesperanza entronizada en un contexto estructural con una herencia colonial y neocolonial como la de estos países, es un cóctel que no puede derivar sino hacia formas de insubordinación, desobediencia y “desorden” generalizadas.
Estas sociedades no se “arreglan” con más represión, que es el camino elegido por los sectores dominantes acorde con su tradición. Las soluciones provendrán de esfuerzos de largo aliento que tienen que orientarse a construir sociedades más incluyentes. Pero esto no lo podrán llevar a cabo los mismos de siempre, las elites autoritarias y represivas cuyo horizonte se limita a la acumulación descarada de riqueza a costa de la miseria de la mayoría.
NOTA
[1] . “Failed States FAQ Number 6”. The Fund for Peace. 2007.

sábado, 17 de julio de 2010

Estados fallidos: las nuevas fronteras entre civilización y barbarie

La geografía de los Estados fallidos traza nuevas fronteras geopolíticas y culturales: determina los límites materiales y simbólicos de la “civilización”, y define dónde empieza la “barbarie” que debe ser civilizada.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
“Tomad esta carga del hombre blanco,
sus guerras ensañadas por la paz…”.
Rudyard Kipling
(La carga del hombre blanco / The white man’s burden)
¿Centroamérica y el Caribe van camino a convertirse en una región de Estados fallidos? Para el presidente de República Dominicana, Leonel Fernández, tal parece que sí. Según lo consignó la agencia EFE (13/07/2010), durante su reciente visita a Washington, donde se entrevistó con el presidente Barack Obama y la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, Fernández afirmó que la inseguridad es el principal problema de América Latina y el Caribe, y que la lucha contra el narcotráfico, la violencia y el crimen trasnacional debería ser una prioridad.
“Podríamos tener Estados fallidos en la región debido al crimen trasnacional y después de eso (...) puedes tener un objetivo para el terrorismo”, dijo el mandatario, quien también advirtió que el auge de la narcoviolencia en México, Centroamérica y el Caribe "podría ser un tema importante para la seguridad nacional de EE.UU.".
Inscrito en el discurso político dominante de la guerra contra el narcotráfico y el terrorismo, con el que actualmente se traduce la geopolítica estadounidense para nuestra América, las declaraciones del presidente Fernández hacen eco de los argumentos –y temores- con los que, por ejemplo, la clase política costarricense y las autoridades del gobierno de Laura Chinchilla pretenden justificar la presencia militar norteamericana en el país (46 naves de guerra y más de 10 mil marines), recientemente autorizada por la Asamblea Legislativa.
Tal y como lo hemos señalado en otros artículos, el artefacto político-ideológico del Estado fallido sirve, en no pocas ocasiones, como avanzada de las líneas estratégicas de la geopolítica norteamericana, es decir, de su cartografía imperial.
Enunciado siempre desde el poder hegemónico, o invocado por los grupos dominantes que ven amenazado su control en estados periféricos y tradicionalmente subordinados a los intereses de los Estados Unidos, el concepto encierra una poderosa carga semántica, tras la que se escudan intenciones de todo tipo y que permite “legitimar” distintos niveles y formas de intervención.
Así, lo que en décadas pasadas se excusó bajo el intervencionismo anticomunista, hoy, sin abandonar ese estandarte, se despliega por la vía de la lucha contra el narcotráfico. Pero, como bien lo explica el analista John Saxe-Fernández, “la campaña antinarco en México, Colombia, Centroamérica y el Caribe, no ataca las raíces ni los pilares de la criminalidad y del tráfico de drogas: o los deja intactos o los acicatea. Eso sí, los utiliza como excusa para intervenir en tierra, aire y mar, junto al despliegue de bases, esquemas portuarios y empresariales de dominio económico-territorial sobre recursos humanos y materiales” (Semanario Universidad, 14-20 / 07 /2010).
Como se ve, el valor instrumental del concepto de Estado fallido es incalculable: no solo permite encubrir aspectos de la realidad que podrían ser problemáticos, como el impacto de la acción colonialista e imperialista de las potencias europeas y de EE.UU. sobre muchos Estados del llamado Tercer Mundo (entre ellos, los de América Latina), o las estructuras sociales de exclusión y desigualdad que operan en nuestros países, sino que permite resaltar aquellas deficiencias funcionales al proyecto hegemónico: la inseguridad, la violencia o la inestabilidad política e institucional –mucha veces inducida desde el exterior- de los países más débiles. Es decir, los objetivos de la intervención.
La geografía de los Estados fallidos traza nuevas fronteras geopolíticas y culturales: determina los límites materiales y simbólicos de la "civilización", y define dónde empieza la "barbarie" que debe ser civilizada.
Lo que viene después es previsible: la entonación de la carga del hombre blanco, mientras los ejércitos se aprestan a llevar a esos “sufridos y atrasados pueblos” la histórica benevolencia del Destino Manifiesto.