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sábado, 19 de junio de 2010

Fe de erratas neoliberal

Tomará años sanar y restaurar las heridas abiertas durante décadas de agresión neoliberal sistemática sobre los pueblos: todo eso que la tecnocracia se da el lujo de rectificar en un informe, pero que para nosotros, hombres y mujeres de nuestra América, constituye la historia profunda de años de resistencias, derrotas y aprendizajes.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
A finales del mes de mayo, un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) titulado: La hora de la igualdad. Brechas por cerrar, caminos por abrir, llegó a una conclusión de Perogrullo: el Estado, defenestrado por el neoliberalismo metropolitano y periférico desde la década de 1980, debe retomar un papel protagónico y reconstruir su fortaleza para la revitalización de la democracia en América Latina.
El Estado –sostiene la CEPAL- es así el principal actor en la conciliación de políticas de estabilidad y crecimiento económico, de desarrollo productivo con convergencia, armonización territorial, promoción de empleo de calidad y mayor igualdad” (Pág. 267). Allí donde antes decía Estado mínimo, ahora debemos leer: Estado fuerte.
Como revelando la debilidad de las certezas en tiempos de crisis, este tipo de rectificaciones de los organismos internacionales son cada vez más frecuentes. En los últimos años, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional también se han visto obligados a hacerlo, en la misma medida en que las rebeliones populares, las transformaciones del mapa político latinoamericano y el terremoto del sistema capitalista, ha puesto en entredicho sus propios dogmas de fe y a sus oráculos neoliberales.
Según lo reconoció la CEPAL, tras décadas de aplicación del recetario neoliberal, América Latina ostenta hoy el vergonzoso título que la acredita como la región más desigual del mundo: “el ingreso promedio por persona en el estrato más acaudalado supera 17 veces al que percibe 40 por ciento de personas en los hogares más pobres” (LA JORNADA, 30-05-2010, pág. 24).
¿Cuántas comunidades desaparecieron, cuántas familias se desintegraron, cuántos personas debieron engrosar los índices del desempleo y la pobreza, para que los organismos internacionales comprendieran que la liberalización económica y la restricción de la inversión social, que enviaron a la guillotina décadas de organización y luchas populares, conquistas sociales y a la Política misma –así, con mayúscula-, también destruían el tejido social y humano de nuestras sociedades?
Llevados a situaciones límite, casi arrinconados en encrucijadas de vida o muerte, fueron los pueblos latinoamericanos, junto a los gobiernos más progresistas y sensibles a este cambio de época, quienes asumieron el protagonismo de los cambios y las transformaciones en la última década: una compleja y conflictiva búsqueda de alternativas posneoliberales, a nivel político, cultural y económico, en la que se ponen en práctica respuestas relativamente diferentes a las ensayadas hasta ahora.
Ahí están los nuevos proyectos de integración regional, como el ALBA, UNASUR, el Tratado de Comercio de los Pueblos, el Banco del Sur, Petrocaribe, TeleSur, y numerosas iniciativas de participación política que, en mayor o menor medida, se nutren de las propuestas nacidas del debate de los Foros Sociales, las experiencias democratizadoras de los movimientos sociales y la riquísima tradición del pensamiento latinoamericano.
Tomará años sanar y restaurar las heridas abiertas durante décadas de agresión neoliberal sistemática sobre los pueblos: todo eso que la tecnocracia se da el lujo de rectificar en un informe, pero que para nosotros, hombres y mujeres de nuestra América, constituye la historia profunda de años de resistencias, derrotas y aprendizajes. Por eso no podemos entregar los triunfos y conquistas sociales de los últimos lustros a aquellos que, sin ningún reparo ni escrúpulo, pretenden “refundar el capitalismo” –ignorando las contradicciones que éste incuba- y darle una segunda oportunidad a ese modelo perverso.

sábado, 1 de mayo de 2010

Un 1º de mayo en el contexto de la crisis capitalista

En medio de la debacle, como fantasma del Ave Fénix del Apocalipsis, surge de nuevo el Fondo Monetario Internacional. Resucitado en la sala de cuidados intensivos, su receta es exactamente la misma que hace 30 años: el ajuste, a costas de recortar las “granjerías” que ha conquistado el pueblo a través de años de lucha y sacrificio.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
(Ilustración de Martirena)
La profunda crisis capitalista, que motivó la más grande operación de salvamento por parte de los gobiernos occidentales, no ha concluido, y amenaza con llevarse entre las patas a más de uno de los hasta ayer eufóricos estados de la Unión Europea.
Esta operación de salvamente implicó la movilización de miles de millones de dólares, que fueron entregados a los más grandes especuladores de la historia de la humanidad. El dinero salió de las arcas públicas, es decir, del aporte de los contribuyentes. Todos colaboramos a conformar esa “bolsa” de contribuciones, porque las arcas públicas de los países imperialistas se nutren también de la expoliación a la que son sometidos los tercermundistas como nosotros.
Esos mismos a los que se les lanzó ese salvavidas en medio de la tormenta, son los mismos que ahora, especulando de nuevo, acercan al abismo a Grecia, España y Portugal. Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Los que verdaderamente sufren los embates de la crisis en carne propia son los trabajadores. Mientras los grandes ejecutivos de las firmas bancarias especuladoras culpables de la debacle se siguen recetando bonos super millonarios, las filas de los desempleados no tienen merma: en Estados Unidos 10%; en España el 20% (4,6 millones de personas; 1,3 millones de familias en las que no trabaja ninguno de sus miembros); Grecia 19% y sigue creciendo; Portugal 10,5%.
Mientras los grandes especuladores piensan si deben o no deben hacer la concesión de dejar de usar sus aviones privados, a los trabajadores se les receta garrote parejo porque no entienden que deben sacrificarse en aras de políticas y deudas que ellos no impulsaron ni contrajeron.
En América Latina, en aquellos países en donde han prevalecido en los gobiernos opciones políticas de derecha, se carga sobre los hombros de los trabajadores la “modernización” de la economía. En Costa Rica, por ejemplo, se anticipa la presentación a su Asamblea Legislativa de una ley que echa por tierra conquistas esenciales de un Código de Trabajo que signó la paz social de los costarricenses durante toda la segunda mitad del siglo XX. Desde hace años, las industrias maquiladoras violan los derechos laborales (jornada de 8 horas, libre sindicalización, igual salario para hombres y mujeres, etc.) de los centroamericanos.
En medio de la debacle, como fantasma del Ave Fénix del Apocalipsis, surge de nuevo el Fondo Monetario Internacional. Resucitado en la sala de cuidados intensivos, revitalizado con complejos vitamínicos inyectados desde las torres donde pululan los mandamases del mundo, su receta es exactamente la misma que hace 30 años: el ajuste, a costas de recortar las “granjerías” que ha conquistado el pueblo a través de años de lucha y sacrificio.
Para el FMI, la crisis y su solución no pasan por ajustar a los capitalistas especuladores. América Latina, la región con mayor desigualdad en el mundo en la distribución de la riqueza, tiene también al más millonario entre los millonarios de la tierra, el mexicano Carlos Slim Helú, que ha amasado la bicoca de 53,5 billones de dólares en sus arcas. Según The World´s Billionaires de la revista norteamericana Forbes, esto se debe a que es una persona “con mente privilegiada, gran visión de negocio, golosa herencia y un poquito de suerte”.
No es casual, entonces, que este 1º de mayo haya convocado manifestaciones multitudinarias en todo el mundo. Miles de trabajadores han marchado por las principales ciudades y, como era de esperarse, se han encontrado con la fuerza bruta de los policías anti-motines.
En ninguna de ellas se le vio a Carlos Slim.

sábado, 3 de abril de 2010

América Latina: integrarse al mercado global

Nuestras clases dominantes son herederas y prohijadoras de un sistema que se estructuró de esa forma desde el período colonial. En este sentido, la colonia sigue viviendo en nosotros. De ahí que la definición de nuestros países como neocolonias no sea tan aventurada.
Rafael Cuevas Molina /Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
(Ilustración de Mecho, artista gráfico costarricense)
En aras de no quedarse atrás, de no perder el tren del progreso, las oligarquías latinoamericanas claman por integrar a nuestros países al mercado globalizado contemporáneo.

Para ello, dicen, deben abrirse nuestras economías: eliminar barreras arancelarias a las importaciones, bajar los impuestos a los inversores, “flexibilizar” la fuerza de trabajo. Los tratados de libre comercio con las grandes potencias constituyen un momento estelar en la forma de entender esta integración.

Para saber si en América Latina se están cumpliendo las tareas de la incorporación al tren del progreso global, se publican cada cierto tiempo tablas con el ranking de los que mejor están haciendo la tarea. Hay que ver quién atrae más inversores, quién sube o baja en la escala de la competitividad. Chile encabeza casi siempre estos concursos, con la Concertación o con Piñera en el poder. Es modelo de cómo crear las condiciones requeridas.

Creadas, entonces, las condiciones, hay que recibir a las grandes transnacionales que llegan. En Centroamérica, por ejemplo, llegó la industria de la maquila textil y de servicios y las grandes corporaciones agrícolas. Las maquiladoras se asientan en zonas especialmente preparadas para ellas en donde no se pagan impuestos y se tienen condiciones de infraestructura favorables. El país lo que gana es generación de empleo, un empleo precario, en el que a los trabajadores (trabajadoras, las más de las veces) se les trata con un régimen draconiano: jornadas extenuantes de trabajo; no ir al servicio sanitario más que una vez por jornada y no más de 10 minutos; salarios paupérrimos. Desde luego, cero sindicalización.

Las grandes corporaciones agrícolas son empresas que industrializan la producción. La Monsanto es una de ellas, emblemática por cierto. En Centroamérica, por ejemplo, cultiva piña. Para ello, arrasa grandes extensiones de bosque virgen y utiliza agroquímicos que contaminan las fuentes de agua, el aire y, en general, el ambiente. En la zona Norte de Costa Rica los campesinos se quejan de las plagas de moscas que asolan sus poblados y cultivos. Se vende en el exterior, mientras tanto, una imagen de “país sin ingredientes artificiales”.

El Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos ha sido en esta región otro caballito de batalla llevado y traído como panacea de lo que la apertura al mundo traería. El presidente de la República de Costa Rica, el Dr. Oscar Arias Sánchez, prometió públicamente a los trabajadores de una de estas industrias maquileras que, al aprobarse el tratado, en vez de llegar a pie, en bicicleta o en moto, llegarían en automóviles marca BMW. El tratado se aprobó y lo trabajadores siguen esperando el auto. Auguramos que seguirán esperando.

No son muy originales estos neoliberales de hoy. Los liberales del siglo XIX también hicieron de la incorporación al mercado mundial la tabla de salvación. Distintos fueron los productos a través de los cuales se logró ésta en los distintos países de América Latina: la carne, los cueros, el café, el algodón, el azúcar…

Pero esto no es extraño. Nuestras clases dominantes son herederas y prohijadoras de un sistema que se estructuró de esa forma desde el período colonial. En este sentido, la colonia sigue viviendo en nosotros. De ahí que la definición de nuestros países como neocolonias no sea tan aventurada. Ni la caracterización de nuestro desarrollo como lumpendesarrollo ande tan descaminada. Son conclusiones a las que llegó la Teoría de la Dependencia en los años 60 y 70 del siglo XX y que, en nuestra opinión, siguen teniendo potencial heurístico para comprender la situación en la que estamos.

sábado, 13 de marzo de 2010

El neoliberalismo no ha muerto

Los observadores que auguran el fin del neoliberalismo centran sus análisis en la dimensión económica. Pero es nuestro criterio que no se le ha dado el suficiente peso a los factores de orden subjetivo, que muchas veces pueden jugar un papel determinante.
Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
(Ilustración del caricaturista argentino Daniel Paz)
A raíz de la reciente crisis del capitalismo de la que, por cierto, no termina de salir, se escuchan varias y autorizadas voces que afirman que el neoliberalismo ha llegado a su fin. Los argumentos que respaldan tal afirmación se centran en la economía, y en el callejón sin salida al que este modelo del capitalismo tardío ha llevado al mundo.
Tienen razón estos analistas al mostrar cómo la especulación propia del capitalismo financiero ha creado las condiciones de la crisis, y cómo las soluciones impulsadas por los centros de poder mundial no hacen sino elevar a un nuevo nivel la espiral de lo irreparable.
Estos argumentos son impecables. Nos encontramos en una época en la que el declive del poderío norteamericano se entrelaza con la paulatina decadencia del sistema del cual es portaestandarte por excelencia. Lo signos de tal caída han sido identificados con claridad incluso por ideólogos y economistas que no ven con agrado tal situación.
Partamos, entonces, por aceptar que esta crisis expresa una mayor que viene gestándose desde hace por lo menos 30 años, a la que se le han venido interponiendo “soluciones” que no han hecho más que profundizarla.
En función de lo anterior, debe tenerse en cuenta, en primer lugar, que la crisis (de cualquier sistema) no implica, necesariamente, que vaya a desaparecer o que nos encontramos a las puertas de una nueva organización, de signo contrario, que lo sustituya.
En efecto, a diferencia de lo que sucedió a lo largo de casi todo el siglo XX, cuando a la organización social capitalista podía oponérsele como alternativa de funcionamiento societal el socialismo “real”, que se construía especialmente en la Europa del Este, en nuestros días tal alternativa no existe, como no existe tampoco un sujeto social o actor político, organizado y poderoso, que proponga con claridad una alternativa.
En este sentido, ya Marx había advertido de la posibilidad que la no resolución de las contradicciones del capitalismo pudiera llevar a su descomposición terminal, arrastrando con él a la humanidad en su conjunto. Este siniestro panorama implica un largo recorrido de tendencial decadencia, en el que el que se agudizarían las condiciones establecidas por el actual neoliberalismo, como el de la superexplotación de la fuerza de trabajo, el predominio del capital especulativo, la devastación del entorno, etc. Un medioevo tecnológico.
Por otra parte, los observadores que auguran el fin del neoliberalismo centran sus análisis, como dijimos, en la dimensión económica. Pero es nuestro criterio que no se le ha dado el suficiente peso a los factores de orden subjetivo, que muchas veces pueden jugar un papel determinante.
Hace un tiempo, el sociólogo argentino Atilio Borón nos advirtió, en un artículo remarcable titulado Sobre mercados y utopías[1], de lo que llamó el triunfo ideológico y cultural del neoliberalismo. Dice Borón que “…el triunfo del neoliberalismo ha sido más ideológico y cultural que económico. Esta victoria se asienta sobre una derrota epocal de las fuerzas populares y las tendencias más profundas de la reestructuración capitalista…”. Totalmente cierto. Lo que podríamos denominar como el modelo civilizatorio neoliberal y su tabla de valores es vivido por amplísimos estratos de la población como la única alternativa viable y, además, deseable. Lo diferente da miedo.
Esta felicidad enajenada es contrarrestada en el mundo actual por los esfuerzos que se adelantan, en medio de grandes dificultades, en algunos países de América Latina. Por eso es que Noam Chomsky los ha saludado tan entusiastamente y los ha catalogado como una luz de esperanza en el mundo contemporáneo.
Pero, parafraseando a José Martí, estos experimentos sociales tienen al monstruo en sus entrañas. Incluso entre los que impulsan estos emprendimientos está presente el virus de ideológico que se inocula y reproduce cotidianamente a través de múltiples vías. El american way of life constituye un poderosísimo modelo que se ha convertido en la aspiración “natural”. Para que esto sea así, la industria del entretenimiento norteamericano, verdadera maquinaria de propaganda altamente organizada, cuenta con la más sofisticada red de distribución de sus productos.
Que en Chile y Costa Rica hayan ganado recientemente las elecciones candidatos de derecha que son adalides de las reformas neoliberales, y cuyas propuestas se proponen no solo seguir por ese camino sino profundizarlo no es, entonces, extraño.
Porque el neoliberalismo no ha muerto en la mente y los corazones de la gente.

GAFI: remozada estructura imperial

Es evidente que estamos frente a nuevas formas -encubiertas- de ejercer prácticas imperialistas. Es importante estar alertas y mantener una posición crítica, y no servil, frente a instancias que no surgen del consenso amplio de los países a escala mundial, sino de un reducido grupo de países, autoseleccionados o arbitrariamente seleccionados por los más grandes para conformar diversos grupos de poder.

Hugo Jácome / El Telégrafo (Ecuador)
La globalización ha sido prolífica en desarrollar instancias que han modernizado la dominación imperial sobre los países subdesarrollados. En este proceso se ha pasado del Banco Mundial y del FMI, a nuevas sofisticaciones. El GAFI -Grupo de Acción Financiera-, por ejemplo, es una de las últimas invenciones de una estructura imperialista.
Lamentablemente, tanto las estructuras usadas con anterioridad como la usada hoy -GAFI-, adolecen de los mismos defectos: poco o nada democráticas, una doble moral y la imposición de su doctrina como única vía a seguir. Es parte de la estrategia para establecer el grupo de los países buenos y obedientes versus el grupo de los países malos y “peligrosos”. Golpeando, por cierto, mucho más a los pequeños que pueden dar un “mal ejemplo” a los otros...
La inclusión del Ecuador en la lista de países con “deficiencias estratégicas” en el cumplimiento de las recomendaciones para la prevención de lavado de dinero y combate al financiamiento al terrorismo, no responde a un análisis profundo de la realidad del país y de los avances en los temas antes mencionados. Tampoco el análisis se sostiene si se hacen algunas comparaciones, por ejemplo, dónde se realiza el grueso del negocio del narcotráfico: los EE.UU., o dónde se mueve el mayor monto de recursos off shore, muchas veces producto de diversas operaciones fraudulentas: Suiza. En realidad, a los países poderosos o en donde los poderosos ocultan sus dineros no se les analiza a profundidad.
Más allá de la negligencia burocrática de la Unidad de Investigación Financiera o de la Procuraduría del país en enviar información al GAFISUD, es responsabilidad de las instituciones del Estado frente a la sociedad ecuatoriana, realizar acciones concretas, trasparentes y efectivas para combatir el lavado de dinero y financiamiento al terrorismo, la imagen del país no puede estar al antojo de los informes de este tipo burocracias internacionales.
Esta situación debe abrir un amplio debate a nivel nacional e internacional sobre el rol de estas organizaciones, que aparecen, incluso fuera del ámbito de las Naciones Unidas. Organizaciones, no transparentes ni democráticas, que utilizan mecanismos de presión sobre aquellos que no obedecen sus directrices políticas. Antes eran las “condicionalidades” del Consenso de Washington, hoy son las "recomendaciones" -en cualquier caso léase órdenes-, que pueden llegar incluso a la imposición de sanciones. Es decir, se convierten en órganos supremos con mayor poder que los gobiernos y que las instancias intergubernamentales internacionales creadas legítimamente.
Es evidente que estamos frente a nuevas formas -encubiertas- de ejercer prácticas imperialistas. Es importante estar alertas y mantener una posición crítica, y no servil, frente a instancias que no surgen del consenso amplio de los países a escala mundial, sino de un reducido grupo de países, autoseleccionados o arbitrariamente seleccionados por los más grandes para conformar diversos grupos de poder: el G-7, el G-8, el G-20, y que bajo ningún concepto deberían sustituir al G-198, es decir al pleno de Naciones Unidas.

El neoliberalismo ha muerto

Con la muerte del neoliberalismo y en momentos de crisis en el centro (cambios cuya dirección siguen sin esclarecerse) América Latina tiene la oportunidad de generar las condiciones para un desarrollo propio. Desarrollo que no puede ser autárquico (aislado), pero que debe ser en función de sus propios intereses políticos y sociales.
1. La caída libre del capitalismo
El neoliberalismo fue la respuesta a la caída de la tasa de crecimiento del capital cuya tendencia apareció claramente en la década de 1970. Su diseño fue, en mayor parte, creación de los especialistas concentrados en las oficinas ejecutivas de EEUU y en las IFI. Su núcleo académico trabajaba en la Universidad de Chicago. Según los observadores más avispados de aquel entonces, el sistema capitalista mostraba una tendencia hacia la sobreproducción (subconsumo) de mercancías. Es decir, el mercado no podía absorber la producción y, como consecuencia, alejaba a los inversionistas.
Con el fin de contra-atacar la tendencia declinante de las ganancias de los capitalistas, EEUU se retiró, a principios de la década de 1970 (durante la presidencia de Richard Nixon), del acuerdo monetario de Bretton Woods liberando al dólar de su vínculo con el oro. Los dólares acumulados en los bancos centrales del mundo se volvieron papel devaluado. Junto con los "petrodólares", los "eurodólares" inundaron los mercados del mundo creando nuevas deudas (especialmente en América latina). Los países latinoamericanos se convirtieron en presas fáciles para asumir las deudas y comenzaron a invertir.
La política de endeudamiento internacional, sin embargo, no fue suficiente para rescatar al capitalismo de su caída libre. Durante la "década perdida" de 1980 las inversiones de la década anterior no dieron los resultados esperados y todos los países latinoamericanos quedaron endeudados. Ante el fracaso de la política de endeudamiento de la década de 1970, apareció una nueva modalidad para intentar frenar la crisis estructural del capitalismo.
En su desesperación, a fines de la década de 1970 y a principios de la década de 1980, la elite en el poder comenzó a escuchar los ideólogos quienes planteaban que el problema de la caída de la tasa de ganancia era culpa de los niveles salariales de los trabajadores, de gobiernos inoperantes, agobiados con servicios sociales (entitlement), y demasiados controles y regulaciones aplicados a los inversionistas. Para contrarrestar estas políticas, establecidas durante los 25 años anteriores (1945-1970), se diseñaron un conjunto de políticas de ajuste económico concebidas para frenar la caída y reiniciar un proceso de recuperación económica del capitalismo. Estas medidas (enmarcadas en ideologías que se llamaron teorías) fueron consolidándose, primero en EEUU, después en otros países (especialmente América latina) y el resto del mundo, con excepciones como China. A principios de 1990, el gobierno de EEUU y las IFI (controlados por el primero) llegaron a un acuerdo que denominaron el "consenso de Washington”.
En EEUU y en algunos otros países se le llamaron políticas económicas "neo-clásicas". En América latina fueron bautizadas con el nombre de políticas económicas "neoliberales". Las nuevas políticas de ajuste no constituyen una nueva teoría o escuela de pensamiento económico, político o social. La nueva política tenía (y podría seguir teniendo) el propósito de rescatar a los inversionistas capitalistas (garantizar un nivel adecuado de ganancias) mediante la transferencia a sus cuentas de parte de la masa salarial de los trabajadores, parte de los servicios sociales que prestaban los gobiernos y, además, facilitando sus operaciones eliminando todo tipo de regulaciones que pretenden proteger el ambiente, el trabajo femenino, la calidad de vida comunitaria y otras.
2. Triunfo pírrico del neo-liberalismo
La política de ajuste tuvo un gran éxito, iniciándose en la década de 1980 bajo la presidencia de Reagan en EEUU. Igualmente, en Gran Bretaña con la primera ministra Margaret Tatcher. La flexibilización del trabajo le permitió a los inversionistas rebajar significativamente la masa de salarios de los trabajadores. Igualmente, los gobiernos eliminaron o redujeron toda clase de servicios sociales - desde la educación, salud, vivienda y otros – cuyos ahorros fueron transferidos al sector privado (inversión capitalista). Las regulaciones y controles fueron reducidos o suprimidos. EEUU llegó al extremo de denunciar el protocolo de Kyoto, acuerdo destinado a reducir el calentamiento climático, entre otros, que tendrá efectos desastrosos sobre la humanidad a corto plazo.
En América Latina y en el resto del mundo la política "neoliberal" también tuvo resonantes éxitos. Pinochet, en la década de 1980, se convirtió en Chile en el modelo a seguir en el reajuste de la economía para favorecer las inversiones capitalistas (a pesar de que lo realizó a sangre y fuego). Le siguieron gobernantes como Menem (Argentina), Fujimori (Perú), Salinas (México) y Pérez Balladares (Panamá), entre tantos otros, en la década de 1990. Las políticas empobrecieron más a los trabajadores de la región y enriquecieron a los capitalistas.
Hay que destacar tres elementos en este análisis. En primer lugar, el neoliberalismo no tenía el objetivo de crear nuevas riquezas. Más bien, la política consistía en transferir al capitalista el valor de la fuerza de trabajo no pagado. A la vez, se "privatizaron" todos los ahorros populares y se mercantilizaron todos los bienes sociales (incluyendo las fuentes de agua). En segundo lugar, se creó un nuevo flujo de excedentes hacia el centro de la economía capitalista (EEUU) mediante la "dolarización" de las inversiones.
El tercer elemento es muy importante y promete tener efectos a más largo plazo. En la década de 1970, EEUU comenzó a buscar mercados de fuerza de trabajo más económicos (baratos) que lo que ofrecía su propio mercado. Esta modalidad sería bautizada con el nombre de “externalización” de los empleos. Creó lo que hoy se llama en EEUU la “cinta oxidada” (rust belt) formada miles de industrias cerradas.
En América Latina los países se peleaban las plantas manufactureras que EEUU exportaba enteras a lo largo de dos décadas. El mercado más favorecido fue México – que montó ensambladoras, maquilas y otras industrias - probablemente por su proximidad a EEUU.
En la década de 1990, EEUU descubrió el mercado de trabajo más barato del mundo, la República Popular de China. En menos de una década China se convirtió en el país que alojaba la proporción más grande de inversión directa (en gran parte de EEUU) del mundo. La rápida industrialización de China se realizó gracias a la política de externalización del empleo y la demanda de los consumidores de EEUU, mantenida a punta de un mecanismo de endeudamiento. Este último país se endeudaba paulatinamente con Pekín emitiendo bonos del Tesoro contra un pago en el futuro.
China se convirtió en la "fábrica" del mundo sobre la base de la deuda de EEUU. Se calcula que a mediados de 2009 la deuda de EEUU para con China llegó a los 800 mil millones de dólares.
3. La dialéctica de la dependencia
El ajuste económico neoliberal de la economía norteamericana iniciada en la década de 1980, obligó a América Latina a buscar nuevas orientaciones. Durante todo el siglo XX, EEUU había sido el destino de las exportaciones de la región. Después de la segunda guerra mundial, EEUU producía el 50 por ciento de todas las riquezas (mercancías capitalistas) generadas en el mundo.
En 2000 la economía de EEUU sólo representaba el 22 por ciento de la producción mundial.
Con la acelerada “desindustrialización” de EEUU había que encontrar otras soluciones. A fines de la década de 1990, la región (especialmente Sur América) comenzó a orientar su economía hacia el creciente polo de atracción asiático, cuyo núcleo es China. En menos de una década, la mayoría de los países de América del Sur amasó enormes excedentes de dólares que se convirtieron en capital político para generar nuevas relaciones sociales y políticas.
A pesar de los ajustes, los cambios y las reformas neoliberales, combinados con la especulación en torno a las múltiples burbujas (dot.com, inmobiliaria y otras), las inversiones capitalistas no generaban ganancias. El neoliberalismo no frenó la caída de la tasa de ganancia y tampoco reinició una nueva era de prosperidad capitalista. El colapso de la bolsa de valores de Nueva York en 2008, la intervención del Estado en las economías, el comportamiento imperialista de las grandes potencias y la regulación de los mercados son muestras de la "muerte" del neoliberalismo.
No quiere decir que los gobiernos de América Latina y de otros países dejen de aplicar políticas neoliberales. Sin embargo, no será para frenar la tendencia de la caída de la tasa de ganancia o para resucitar el desarrollo capitalista. En el caso de que se siga aplicando políticas neoliberales sólo servirán para controlar a los trabajadores y a otros sectores insatisfechos de sus respectivas sociedades.
EEUU, Europa y Japón no pueden seguir las políticas neoliberales para rescatar el capitalismo. Estas políticas fracasaron y fueron declaradas clínicamente muertas con motivo del estallido de la bolsa de Nueva York y después en la Cumbre del G20 en abril de 2009. En esta coyuntura, a pesar de que han pasado 18 meses, los gobiernos más poderosos del planeta siguen buscando en forma desesperada otra estrategia que les permita resolver la "crisis del capitalismo". No es la primera vez que el capitalismo tiene problemas similares. A mediados del siglo XIX, los estudios de Marx señalaron, no sólo que estas crisis son inherentes al desarrollo capitalista, también apuntó a sus causas.
En el caso de América Latina, la crisis de acumulación capitalista tiene, además, otra arista. Las políticas neoliberales agudizaron las relaciones de dependencia entre esta parte de la periferia (América Latina) y el centro de desarrollo capitalista. La dialéctica de la dependencia, según señalaba Ruy Mauro Marini, sólo conduce a más subdesarrollo (mayores transferencias al centro). Sólo una ruptura con el centro, que permita invertir sus excedentes de manera racional, puede acelerar un desarrollo de la región.
Con la muerte del neoliberalismo y en momentos de crisis en el centro (cambios cuya dirección siguen sin esclarecerse) América Latina tiene la oportunidad de generar las condiciones para un desarrollo propio. Desarrollo que no puede ser autárquico (aislado), pero que debe ser en función de sus propios intereses políticos y sociales.
Panamá, 11 de marzo de 2010.
- Marco A. Gandásegui, hijo, es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) Justo Arosemena.

sábado, 30 de mayo de 2009

El disfraz de las miserias

El bastión neoliberal de la región es el preferido de las agencias calificadoras y organismos internacionales. La realidad social de Chile reafirma el carácter espurio de las apariencias del modelo.Sebastián Pellegrino /APM
Los discursos tendientes a la legitimación de determinado modelo de desarrollo suelen estar atravesados por sorprendentes artilugios enunciativos. Las declaraciones del ministro de Hacienda chileno, Andrés Velasco, sobre un reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), son un ejemplo de ello. El reporte señala que en 2009 el PBI per cápita de Chile registraría una leve caída de 0,3 por ciento, situándose en 14.461 dólares, el más alto de la región.
El ministro afirmó: "A pesar de la crisis, a pesar del impacto que todos han sufrido, Chile aparece como el país de América Latina donde las familias y los hogares tienen mayor poder adquisitivo, mayor poder de compra", y remarcó que ello no es casualidad, sino que es "reflejo del esfuerzo que hace años venimos haciendo".
Seguramente Velasco no creerá que cada ciudadano chileno goza de ingresos anuales superiores a los 14.000 dólares. Sin embargo, sus palabras relacionan un cálculo simple y de poca significación (la división del producto bruto interno anual por la cantidad de habitantes), con el poder de compra real de cada uno de sus compatriotas. Algo así como una distribución perfecta de la riqueza nacional.
La cita anterior forma parte de una construcción discursiva específica y generalizada en los portavoces del sistema capitalista hegemónico del siglo 20, que aún clasifican el desempeño de los Estados con relación a la injerencia sobre los mercados.
Chile es uno de los pocos países de Latinoamérica que no ha sufrido crisis institucionales desde la adopción plena del modelo de desarrollo neoliberal, iniciado y desarrollado durante la dictadura de Augusto Pinochet. Desde 1989, los regímenes democráticos han transformado la estructura del Estado hasta convertirlo en un verdadero Estado Gendarme que vigiló 20 años de continuo crecimiento macro económico. La lealtad sistémica le valió al país austral el rango de Estado modelo.
La estabilidad política es un argumento que también suele utilizarse para inferir de él un desarrollo social progresivo, un derrame de riquezas que llegaría a los sectores postergados de Chile. Sin embargo, la crisis financiera internacional ha puesto al descubierto la fragilidad del mercado laboral del país y las dificultades del modelo para frenar la expansión de la pobreza y las asimetrías entre clases. (Ver: “¿El ejemplo a seguir es Chile?”. APM 30/11/2005)
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sábado, 23 de mayo de 2009

El “fin de la historia” y las encrucijadas del presente

Las consecuencias sociales de las ideas que fundamentaron la hegemonía neoliberal en los ’90 y su supervivencia bajo la forma de un “sentido común” construido por los grandes medios de comunicación.
Ricardo Forster * / Página12
Durante la década de los ’90 proliferaron los anuncios del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Francis Fukuyama, aquel empleado norteamericano-japonés del Departamento de Estado, escribió, teniendo como telón de fondo la caída del Muro de Berlín y la agonía de la Unión Soviética, un artículo que recorrió las geografías más distantes del planeta y en el que, declarándose heredero de Hegel, confirmaba que estábamos asistiendo al entierro de una época del mundo dominada por la lógica del conflicto, para dejar paso a la entrada en la era de la expansión ilimitada y definitiva del mercado y de la democracia liberal. Fukuyama realizaba unas extrañas piruetas teóricas para apuntalar su visión del fin de la historia; para ello recurría a un poco conocido, al menos fuera de los círculos intelectuales, filósofo ruso-francés llamado Alexander Kojève, quien a lo largo de unos seminarios dictados en el París de los años ’30 interpretaba de un modo harto original a Hegel, inscribiéndolo en esa perspectiva que anunciaba la llegada de un tiempo caracterizado por el reinado de la razón burguesa expandida hacia todos los confines. Lo que en Hegel era una compleja reflexión sobre la travesía del Espíritu Absoluto en la época de la Revolución Francesa y de la expansión napoleónica, y en Kojève una ardua y genial relectura del filósofo alemán a la luz de los acontecimientos de principios de siglo XX signados por la guerra, la revolución social y el ascenso de los fascismos, en el empleado del Departamento de Estado era la apología del libre mercado y de la función imperial norteamericana como punto de cierre de la historia y de sus vicisitudes.
Fukuyama desplegó su hipótesis del fin de la historia en el momento de la hegemonía neoconservadora, en esos años finales de la década del ’80 dominados por la figura bifronte y reaccionaria de Reagan y Thatcher, quienes vinieron a expresar un gravísimo giro del capitalismo que iniciaba el crepúsculo de su era bienestarista para introducirse de lleno en su etapa especulativo-financiera, esa que ha entrado en una crisis casi terminal en 2008, arrasando las expectativas neoliberales y reintroduciendo ideas y prácticas supuestamente arrojadas a los sótanos de una historia clausurada. Para Fukuyama, el final del mundo bipolar traía como resultado la evaporación de cualquier alternativa viable a la hegemonía del capitalismo, creando a su vez las condiciones para un despliegue inmisericorde y salvaje de la especulación financiera que venía a poner en evidencia que la nueva forma de acumulación ya no pasaría necesariamente por la esfera productiva. Entramos de lleno en la era de los flujos financieros, de los paraísos fiscales, de los planes de ajuste recetados por el FMI a los gobiernos del Tercer Mundo y del desmantelamiento del Estado como instrumento de control y regulación de ese mismo capital que ahora se preparaba para zambullirse en las aguas de la más absoluta de las especulaciones. Se trataba de cantar loas a una globalización que permitía la libre circulación de las mercancías, pero que clausuraba a cal y canto las fronteras de los países ricos para que entraran hombres y mujeres, en especial aquellos que provenían de las regiones más pobres del planeta y que buscaban huir de la miseria extrema generada por esas mismas políticas neoliberales. El fin de la historia venía de la mano con el triunfo, aparentemente irrefrenable, de un capitalismo despojado de cualquier eufemismo a la hora de exaltar como el bien supremo de la humanidad a la riqueza y a sus detentadores. La apología de los “ricos y famosos” se convirtió en el nuevo modelo de una ciudadanía restringida.
Pero esa época dominada por la retórica del fin de la historia y la muerte de las ideologías no tuvo sólo consecuencias económicas devastadoras principalmente para los países periféricos, multiplicando la pobreza y la marginalidad y acrecentando el proceso de concentración de la riqueza, sino que también, y de un modo radical y decisivo, desplegó aquello que podría ser denominado como una profunda revolución cultural que logró naturalizar su propia visión del mundo, arrasando con tradiciones e identidades político-culturales que quedaron reducidas a ser piezas del museo de la historia, restos arqueológicos de un pasado definitivamente cerrado a nuestras espaldas. El giro cultural-simbólico se hizo aprovechando el advenimiento de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, tecnologías que, de la mano de las grandes corporaciones mediáticas, fueron imprimiéndoles a la vida de las personas nuevas significaciones. El gigantesco esfuerzo ideológico (aunque esta palabra estaba prohibida en el diccionario de los neoconservadores) apuntó a horadar el sentido común hasta adecuarlo a la construcción de nuevos imaginarios y nuevos modos de producción de la subjetividad que quedarían asociados a las demandas y exigencias del mercado, transformado ahora en la verdad última y revelada de la vida social.
No se trató, por lo tanto, pura y exclusivamente de un giro económico ultraliberal capaz de reconfigurar el conjunto de las relaciones internacionales a partir del paradigma del libre mercado y de la lucha frontal contra toda forma de proteccionismo (claro que eso no dejó de ser una imposición hecha a los países pobres mientras fue apenas un gesto retórico en los países ricos que mantuvieron a rajatabla sus políticas proteccionistas); se trató, antes bien, de una transformación que involucró los núcleos duros de la economía del capitalismo junto con una intensa mutación de las prácticas sociales y culturales de la mano de los lenguajes de la industria del espectáculo y de la información que, herederas de la vieja usina hollywoodense –en especial la que proyectó sobre las geografías más distantes el sueño estadounidense y su estilo de vida– e incorporando las enseñanzas extraídas de la apropiación que el fascismo hizo de las tecnologías audiovisuales como ejes de su ejercicio propagandístico, supieron incidir en la producción de una nueva manera de concebir el mundo y la vida, penetrando hasta el fondo mismo de las conciencias de época.
Comprender el giro neoliberal es salirse de la simple constatación de aquello que se modificó en el plano de la realidad material para penetrar en aquellos ámbitos de la vida privada y de la fabricación de valores y modelos paradigmáticos, desentrañando la decisiva importancia que, en esa construcción novedosa, en tanto generalizada y hegemónica, tuvieron los medios de comunicación. Es inimaginable el mapa de las últimas décadas desprendido de los lenguajes comunicacionales. En el tiempo de la desideologización y de la neutralización de la política transformada en lenguaje empresarial y puramente administrativo, el eje articulador de sentido, la argamasa con la que sellar los bloques de la dominación, pasó de las viejas estructuras político-ideológicas, lo que tradicionalmente se llamaron los partidos políticos, a la máquina comunicacional-informativa que se convirtió, a partir de ese giro económico-cultural, en garante de la reproducción del sistema y de su lógica.
Lo que en el comienzo de los años ’60 Guy Débord definió como la “sociedad del espectáculo”, acabó siendo lo más propio y decisivo de nuestra propia época, el eje alrededor del cual giró la mayor parte de la vida y el ámbito principal a la hora de producir nuevas formas de la sensibilidad adaptadas a las necesidades de un capitalismo en vías de metamorfosis. Devaluadas las derechas tradicionales, astilladas las estructuras partidarias de representación, debilitadas las formas conservadoras emanadas de las retóricas moralizantes de las instituciones religiosas, fueron las corporaciones mediáticas, las grandes empresas del espectáculo y de la comunicación, las que asumieron la enorme tarea de generar una nueva “opinión pública” capaz de sentirse identificada con los valores emanados de la forma neoliberal que asumió el capitalismo contemporáneo.
La alquimia entre mercado, valores hiperindividualistas, espectacularización mediática, fragmentación social, privatización generalizada y desintegración de lo público posibilitó, entre otras cosas, que un modelo inédito en su capacidad de generar desigualdad e injusticia acabase convirtiéndose en referencia ineludible y verdadera de una sociedad capturada por las más diversas formas del prejuicio y la sospecha. Tal vez por eso resulte tan arduo modificar usos y costumbres a la hora de buscar alternativas a un modelo que, si bien hace agua por todos lados, sigue habitando el fondo de las conciencias hasta el punto de oscurecer cualquier vía de salida. Nada más difícil que ir contra el sentido común, que intentar romper la hegemonía del discurso neoliberal que viene desplegando “su imagen del mundo” desde hace varias décadas. Nada más complejo y desafiante que poner en cuestión aquello que nos habita y que se despliega entre los pliegues de nuestra cotidianidad hasta el punto de volverse indiscernible de lo que pensamos e imaginamos. Nada más arduo que ejercer la crítica contra nosotros mismos, en especial cuando esa crítica tiene como destino permitirnos ver de otro modo aquello que está aconteciendo alrededor nuestro. De eso mismo que no podemos ver allí donde seguimos capturados por un “sentido común” que transforma en impostura y ficción aquello que, en nuestro país, y desde mayo de 2003 viene pujando, con enormes dificultades y contradicciones, por doblegar el mandato neoliberal y su prolongación en esas nuevas derechas que hoy se ofrecen, a través de la corporación mediática, como los representantes de una genuina República “democrática” afirmada en la lógica de la rentabilidad de unos pocos, esos mismos que, sin decirlo, desean regresar a ese armonioso fin de la historia que, entre no-sotros, habitó la década del ’90.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.

domingo, 22 de marzo de 2009

Emir Sader: “La derecha se quedó sin su Norte”

Las derechas latinoamericanas se quedaron sin su Norte. No tienen una alternativa clara para ofrecer y perdieron la orientación de Estados Unidos. Localmente sólo les queda el enfrentamiento con los gobiernos, con el proyecto de integración regional.
María Laura Carpineta / Página12
Emir Sader pertenece al reducido grupo de pensadores latinoamericanos que prefieren ver el vaso medio lleno. Aunque en su rostro se nota que no es un ferviente defensor, no le gusta criticar a los gobiernos más moderados de la región, especialmente el de Luiz Inácio Lula da Silva y Cristina Fernández. “La oposición a esos gobiernos no está a la izquierda, sino a la derecha. El intelectual puede decir lo que se le dé la gana, pero la realidad te polariza”, señaló el filósofo brasileño, en su oficina en la sede porteña de Clacso, el centro de estudios latinoamericanos que dirige.
–Usted habla de tres monopolios en América latina: el de las armas, el dinero y la palabra. Este último, según su análisis, es el más sólido.
–Es más que el control de la palabra y la información; es el monopolio de un estilo de vida. Es el estilo de vida Hollywood, que nos dice quién es bueno, quién es malo, qué debemos consumir... nadie le disputa la hegemonía a ese enorme aparato. La mayor fortaleza de Estados Unidos no es su fuerza militar ni su fuerza económica... es su cultura.
–Pero el monopolio de la palabra también se refiere a los grandes medios de comunicación locales.
–Sí. En Brasil casi toda la prensa cotidiana es parte de una oposición sólida al gobierno de Lula. Sin embargo, el presidente tiene 84 por ciento de apoyo y sólo cinco por ciento de rechazo. Para los gobiernos progresistas de la región, los medios son hoy el frente opositor más sólido. En muchos países, Argentina entre ellos, son unos puñados de familias que se pasan las empresas de padres a hijos. Identifican la libertad de prensa con la prensa privada; determinan si un país es democrático si tiene elecciones, partidos políticos y... empresas privadas.
–Ante el aparente debilitamiento de la derecha, ¿esos medios de comunicación están ocupando el rol de opositores?
–¡Es que son políticos! Las derechas latinoamericanas se quedaron sin su Norte. No tienen una alternativa clara para ofrecer y perdieron la orientación de Estados Unidos. Localmente sólo les queda el enfrentamiento con los gobiernos, con el proyecto de integración regional. Como no tienen planteamientos propios, sólo pueden combatir e inviabilizar los avances de los gobiernos, que a pesar de no ser iguales la mayoría comparte un rechazo abierto a los Tratados de Libre Comercio. Además, hoy más que nunca, Estados Unidos no es un buen socio.
–¿No hay posibilidad de un acercamiento comercial con Estados Unidos bajo el nuevo gobierno de Barack Obama?
–Lo que plantearon Obama y Lula en la reunión en Washington fue el saneamiento de los bancos y la expansión del crédito, no la promoción del comercio. Y en la reunión de Trinidad y Tobago tampoco va a ser el tema central. La cumbre va a empezar así: “Good morning mister president... and Cuba?” Ahí veremos qué tipo de estadista es el nuevo presidente norteamericano.
–Para usted, Venezuela y Bolivia están viviendo un posneoliberalismo. ¿Argentina también?
–Brasil, Argentina y Uruguay tienen hoy gobiernos contradictorios. Menem era absolutamente coherente, como lo era Cardoso. Hoy son más contradictorios; heredan modelos y los mantienen en parte. Conservan el modelo financiero, los agronegocios; pero no el modelo económico porque retoman las políticas de desarrollo, que habían sido sustituidas por la estabilidad monetaria. En lo que cambian –política exterior, programas sociales– son mejores. Frente a esto, en Brasil la izquierda adoptó dos opciones. Una es decir que Lula es el mejor administrador de neoliberalismo y, por lo tanto, hay que destruirlo para poder construir una izquierda sana, pura... Esa es una posición derrotada porque pelea contra la realidad. Lula no es Cardoso. La otra posición es que es un gobierno contradictorio, con un sector progresista y un sector conservador. Uno tiene que sumarse a uno de ellos y pelear porque ese predomine. La oposición a esos gobiernos no está a la izquierda, sino a la derecha. El intelectual puede decir lo que se le dé la gana, pero la realidad te polariza.

domingo, 15 de febrero de 2009

El posneoliberalismo y sus bifurcaciones

Lo que viene después del neoliberalismo es una abanico abierto con múltiples posibilidades. No estrechemos el horizonte cercándolo con términos que reducen su complejidad y empequeñecen sus capacidades creativas y emancipatorias. El mundo está lleno de muchos mundos con infinitas rutas de bifurcación. A los pueblos en lucha toca ir marcando los caminos.
Ana Esther Ceneña / www.geopolitica.ws
(Ilustración: "El grito por la diversidad", mural de Pavel Égüez)
El neoliberalismo tocó fin definitivamente con la crisis estallada en 2008. No hay vuelta atrás. El mercado, por sí mismo, es autodestructivo. Necesita soportes y contenedores. La sociedad capitalista, arbitrada por el mercado, o bien se depreda, o bien se distiende. No tiene perspectivas de largo plazo.
Después de 30 años de neoliberalismo ocurrieron las dos cosas. La voracidad del mercado llevó a límites extremos la apropiación de la naturaleza y la desposesión de los seres humanos. Los territorios fueron desertificados y las poblaciones expulsadas. Los pueblos se levantaron y la
catástrofe ecológica, con un altísimo grado de irreversibilidad, comenzó a manifestarse de manera violenta.
Los pueblos se rebelaron contra el avance del capitalismo bloqueando los caminos que lo llevaban a una mayor apropiación. Levantamientos armados cerraron el paso a las selvas; levantamientos civiles impiden la edificación de represas, la minería intensiva, la construcción de carreteras de uso pesado, la privatización de petróleo y gas y la monopolización del agua. El mercado, solo, no podía vencer a quienes ya estaban fuera de su alcance porque habían sido expulsados y desde ahí, desde el no-mercado, luchaban por la vida humana y natural, por los elementos esenciales, por otra relación con la naturaleza, por detener el saqueo.
El fin del neoliberalismo inicia cuando la medida de la desposesión toca la furia de los pueblos y los obliga a irrumpir en la escena. Leer más...

lunes, 28 de abril de 2008

Neoliberalismo y salud en Chile

Eduardo Andrade Bone
AIP

NEOLIBERALISMO, LOS POBRES Y LA SALUD EN CHILE

Desde que en Chile se comenzaron a implementar políticas económicas al servicio de los grandes empresarios, las trasnacionales y la clase económicamente dominante del país, las carencias sociales y deficitarias siguen reinando en gloria y majestad.

35 años entre dictadura y gobiernos de la coalición de partidos políticos más conocidos como la Concertación, que se declara ser de una tendencia de centro-izquierda, pero que en la realidad práctica y cotidiana aplica políticas económicas y sociales de extrema derecha (ultra neoliberales), tiene dentro de su mayores carencias un muy mal servicio de atención a la salud, en donde los sectores sociales de menores ingresos suelen ser los más perjudicados.

Recordemos además que la actual presidenta, Michelle Bachelet, ante de ser la primera mandataria de la nación ocupo las carteras de Salud y Defensa respectivamente. Como ministra de Salud se le dio la tarea de poner termino a las largas colas en la atención en los servicios de salud de los barrios populares y residenciales del país, Sin embargo su responsabilidad como ministra de salud, paso sin pena ni gloria, pues las carencias existentes en este plano aún siguen vigentes y el cacareado Plan Auge sigue manteniendo las colas en la mayor parte de los establecimientos hospitalarios, y todo se ha traducido a políticas cosméticas, de parche y no ha soluciones de fondo. Es más, bajo los gobiernos de la Concertación han existido serios intentos de privatizar todo el sistema de salud, con las consecuencias pertinentes de lo que eso significaría para la gran mayoría de los que sobreviven de ingresos que no son éticos ni dignos, en un país donde ya existe una atención de salud para ricos y otra para pobres.

Al respecto los chilenos que proceden de los estrato sociales más bajos, en su participación en un trabajo de investigación desarrollado por la Universidad Católica Silva Henríquez, bajo la responsabilidad de la Escuela de Administración y Economía de esa casa de estudio, en un trabajo denominado "Percepción de la población pobre de Santiago sobre la atención de salud en Chile", nosda cuenta que el 63,8% de los estratos sociales más pobres consideran que la calidad de la atención de salud es “mala” o “muy mala”. Solo un 11,9% considera que la atención de salud es buena, mientras que el 24,3% la considera “regular”. En definitiva el neoliberalismo en el poder y en su cogobierno con el pinochetismo (UDI-RN) ha sido incapaz de generar un sistema de salud eficiente, de calidad y justo para la gran mayoría de los chilenos.

De allí que todas las bravuconadas que proceden de las altas esferas de gobierno y de la dirigencia de los partidos políticos corrupto de la Concertación y la Alianza por Chile, no son más que eso, cuando se trata de resolver los grandes problemas sociales que padece la gran mayoría de los chilenos, golpeados por un esquema económico que ha generado grandes injusticias y desigualdades sociales, en donde la muestra de la Universidad Católica Silva Henríquez es clara en este sentido. Recordemos que dicha casa de estudios es una de las pocas instituciones existente en Chile, que realiza investigación a partir de los estratos sociales más pobres del país y que suman la gran mayoría de los chilenos.

El chascarro que se le hizo pasar hace unas semanas atrás a la primera mandataria en la inauguración del Hospital de Curepto, ubicado en la región del Maule, fue inaugurado pese a no contar con las camas ni personal suficientes, ni el equipamiento necesario, es el reflejo de lo que es el actual sistema de salud chileno. Bueno, pero en Chile los montajes de las inauguraciones no solo ocurren en el ámbito de la salud, sino que en muchas otras áreas del trabajo gubernamental.
Pero los chilenos más golpeados por el capital neoliberal, no solo se quejan de la pésima atención de salud, sino que además expresan que no "todas las personas tienen iguales oportunidades para obtener atención de salud en Santiago" (55%). Solo el 8,7% consigna la existencia de un sistema de salud efectivo, ello es un reflejo además lo que es la sociedad de clases en Chile, cuando se trata de ricos o pobres.

Los gobiernos de la Concertación con bombos y platillos de jactan del buen gasto público existente en Chile en materia social. Sin embargo un 79,2% de la población consultada está de acuerdo con que "hay poco apoyo estatal para que las familias pobres obtengan una mejor calidad de atención de salud", proporción que se mantiene desde el 2004 a la fecha, destaca el informe. Además los sectores sociales de menores ingresos expresan en un 77,8% de este grupo de la población que comparte la idea de que "las personas pobres debieran obtener atención de salud gratuita para todo tipo de enfermedades", en un sistema que debiera ser auténticamente solidario.

Ahora en todas las quejas que expresan los más pobres de Chile, manifiestan que el cacareado Plan Auge, no ha resuelto el mejoramiento de la calidad de la atención de salud, la rapidez en la atención, la falta de especialistas en los centros de salud de los barrios populares, deficiencias en la entrega de horas para la atención médica, mal trato del personal administrativo y otras quejas menores.

Pero los sectores sociales más perjudicados por las políticas neoliberales de los gobiernos de la Concertación, una vez más se quejan y reprueban el actuar y accionar de la autodenominada clase política que cogobierna el país en materia de salud, que son los que obtienen las mayores condenas, critica y reprobaciones en su papel de servidores públicos.

Cabe recordar que en Chile, la autodenominada clase política que cogobierna el país, en las diversas encuestas que se han realizado es reprobada por alrededor del 70% de la población, la que se siente desencantada, desilusionada y frustrada ante la elite política existente en el país.

Finalmente el investigador Marcelo Yáñez, a cargo del estudio del centro universitario, expresó que "las personas pobres de Santiago continúan teniendo una imagen negativa de la calidad de la atención de salud a la que pueden acceder ellos y sus familias en Santiago, lo cual es preocupante dado que más del 80% de los entrevistados han acudido a un consultorio el último año, por lo que sus apreciaciones están ligadas a su experiencia cotidiana con el sistema de atención primaria."

Luego agrega Yáñez que la investigación considera más de 25 preguntas, se realizó a través de una encuesta aplicada cara a cara a jefes de hogar y dueñas de casa, a una muestra seleccionada aleatoriamente en las diferentes etapas de muestreo (comuna, sector, calle, hogar, persona) de 338 personas pobres de municipios como Conchalí, Huechuraba, Recoleta, Renca, Cerro Navia, Quinta Normal, Estación Central, El Bosque y San Ramón. El estudio posee un 99,7 de nivel de confianza y un 4,2% de error muestral estimado.

A efectos de este estudio se considera a una persona en condición de pobreza si su ingreso líquido mensual per cápita es hasta de $100.000 (223 dólares) en el caso de familias de dos ó más integrantes, y de hasta $150.000 (335 dólares) si es una familia unipersonal, por lo que bajo esta línea de pobreza se encuentra entre 40% a 45% de la población de la capital.

En Chile actualmente por obra y gracia del capital neoliberal y las políticas de servidumbre de la Concertación con los grandes empresarios, las trasnacionales y la clase económicamente dominante existente en el país, un millón y medio de chilenos viven en la extrema pobreza, cinco millones en la pobreza y otros tantos millones que viven la pobreza disfrazada, y sin esperanza de que los servicios de salud vayan a mejorar, mientras exista el reinado del capital neoliberal.