sábado, 29 de noviembre de 2025

El mercado de los imperios

 Frente a los neoemperadores, es necesario plantear nuevos modos de pensar la soberanía y construir un nuevo internacionalismo, junto a aquellos pueblos que aún se resisten a ser meras piezas del mercado de imperios.

Jorge Alemán / Página12

El debate global sobre si vivimos el fin del “orden liberal” y la emergencia de un mundo verdaderamente multipolar podría sugerir otra lectura: la transición no es de un mundo imperial a uno posimperial, sino de un monopolio imperial a un mercado de imperios. Que ya no se trata de un escenario de Guerra Fría, sino de una confrontación abierta entre potencias.
 
En este mercado de imperios, Estados Unidos, Rusia y China —cada uno con su estilo y sus propias pulsiones de dominio— compiten por garantizarse corredores energéticos, posiciones militares, acceso a materias primas e influencia tecnológica.
 
Aunque sobran argumentos para condenar al imperialismo estadounidense y sus atropellos a la soberanía de los pueblos del Sur global, lo problemático emerge cuando ese rechazo se transforma en una coartada para avalar cualquier potencia que se le oponga. A menudo Rusia —y también China— son presentadas como fuerzas compensadoras, potencias “más respetuosas” o “más aliadas” de nuestros pueblos. Pero no debemos olvidar que todas compiten en el mercado de imperios desde sus propias estructuras de autoritarismo, vigilancia masiva, represión, extractivismo y militarización.
 
Se tiende a pensar que esta supuesta multipolaridad podría ser propicia para los proyectos emancipatorios, pero que existan varios centros de poder no garantiza necesariamente mayor libertad para la periferia. La multipolaridad resultante no hace sino encubrir un nuevo poder estructurado como pluralidad de imperios.
 
En este sentido, resulta problemática la romantización de Putin como continuador del antiimperialismo soviético. Ejemplo de ello es el nuevo plan “secreto” pactado con Estados Unidos para poner fin a la guerra con Ucrania, donde se exigen importantes concesiones a Kiev. El borrador de 28 puntos filtrado por Washington exigiría a Ucrania ceder territorios en el Donbás hoy ocupados, reducir sustancialmente el tamaño de sus fuerzas armadas, aceptar una zona desmilitarizada en el este y, en los hechos, legitimar las ganancias territoriales rusas en Luhansk, Donetsk, Crimea y parte del sur del país. El mismo esquema prevé la readmisión de Rusia en el G8, el levantamiento de una parte importante de las sanciones y una amnistía general que bloquearía de facto futuros juicios por crímenes de guerra, aun cuando la invasión y las masacres sigan bajo investigación internacional.
 
Esta (nueva?) forma imperial del poder es incompatible con cualquier proyecto verdaderamente democrático y popular. Con estilos y rasgos particulares, todos estos actores llevan adelante proyectos de dominación que pretenden, tarde o temprano, asegurarse influencia política, militar, financiera y tecnológica sobre cualquier región considerada estratégica.
 
Putin, al igual que Trump, Xi Jinping y otros líderes, ya no se piensan como presidentes o mandatarios de sus pueblos, sino como figuras de época. Sus cuerpos son asunto de Estado; su salud, un tema de seguridad nacional. Sus años de vida potenciales —extendidos por tecnología, medicina, aislamiento y todo tipo de cuidados— se vuelven la condición de posibilidad del sistema político. Los une un deseo de poder que se presenta bajo velos de reformas constitucionales, reelecciones indefinidas, sucesiones dinásticas o palacios convertidos en búnkeres médicos donde fantasean con vivir 120, 130 o 150 años. No muy lejos de los delirios de poder de megamillonarios estadounidenses, que con sus sueños de colonizar otros mundos para ponerse a salvo de la catástrofe ecológica y el desmoronamiento de la humanidad, ansían sobrepasar los límites actuales que su condición mortal les impone.
 
Desde el Sur global, desde América Latina y desde la Argentina en particular, la tarea no debería ser idealizar a uno u otro emperador, sino cuestionar, más allá de lo circunstancial de los acuerdos geopolíticos, la forma imperial del poder. No se trata tanto de elegir bloques, como de disputar el tablero. Frente a los neoemperadores, es necesario plantear nuevos modos de pensar la soberanía y construir un nuevo internacionalismo, junto a aquellos pueblos que aún se resisten a ser meras piezas del mercado de imperios.
 

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