“No hay obra permanente, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y remolde son por esencia mudables e inquietas; no hay caminos constantes, vislúmbranse apenas los altares nuevos, grandes y abiertos como bosques. De todas partes solicitan la mente ideas diversas –y las ideas son como los pólipos, y como la luz de las estrellas, y como las olas de la mar. Se anhela incesantemente saber algo que confirme, o se teme saber algo que cambie las creencias actuales.”
José Martí, 1882[1]
De reenquiciamiento y remolde son estos tiempos, sin duda. De eso nos hablan – en lo que hace al conocer de nuestra época, y a las creencias en cambio- los historiadores Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz en lo que hace al Antropoceno como ámbito de relación entre la especie humana y el planeta del que hace parte.[2] Ese nombre, nos dicen, designa a “nuestra época, nuestra condición”, que está en curso desde fines del siglo XVIII y es a un tiempo “el signo nuestra potencia, pero también de nuestra impotencia”:





