Restablecer el debate sobre los bienes comunes, entiendo, sería una buena estrategia para abordar los dilemas trágicos de la acción ante el coronavirus y otras amenazas que nos sobrevendrán, conciliar deberes con virtudes, utilidad con bien, sin por ello anular la tensión creativa que entre los mismos permite el desarrollo de las sociedades humanas.
Jaime Rodríguez Alba / Para Con Nuestra América
Agradecemos a nuestro colaborador en Chile, el Dr. Juan Carlos Gómez Leyton, por el envío de este texto.
La sorpresiva llegada del Covid-19, pese a que diversos expertos en gestión de riesgos vienen advirtiendo de una posible pandemia, nos sitúa ante retos múltiples en el terreno de las políticas públicas y la construcción de ciudadanía. Pesa a la hegeliana recomendación de que la Filosofía se tome su tiempo para responder (en su aforismo: la lechuza de Minerva levanta su vuelo al atardecer), irrumpieron todo tipo de opiniones filosóficas y afines al respecto. Tal ha sido el caso del libro de difusión masiva por las redes, Sopa de Wuhan. En el mismo reputados intelectuales se apropian de su función -mirar la realidad desde la atalaya del supuesto saber, por señalar lacaniamente. Algunos como Zizek confían que este virus destape un virus ideológico que amenace las entrañas mismas del sistema capitalista, a quien tácitamente puede hacerse responsable de la, al menos, catastrófica gestión de la crisis. Otros filósofos como Byung Chul Han, más escépticos, consideran que el sistema capitalista puede virar al contrario hacia nuevas formas de autoritarismo y vigilancia. En un sentido parecido se expresa Paul Preciado quien, recuperando categorías de Foucault y Espósito, cree que estamos ante la mutación de los dispositivos biopolíticos y la emergencia, acaso cristalización, de un estado ciberautoritario.












