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sábado, 7 de febrero de 2026

Basureros llenos, vientres vacíos

 El derroche a gran escala de alimentos sigue siendo un drama planetario. Es la otra cara del hambre y un flagelo social que no se logra revertir.

Sergio Ferrari / Para Con Nuestra América
Desde Berna, Suiza

En la actualidad, el 13,2 % de los alimentos —el equivalente de 1.250 millones de toneladas— se pierde luego de la cosecha y antes de llegar a la venta al por menor. Tan solo en 2022 se desperdiciaron 1.000 millones de toneladas (un 19% del derroche total) en los hogares, los servicios alimentarios y la venta minorista. 

sábado, 22 de febrero de 2025

Sombrío horizonte latinoamericano y caribeño

 Los cataclismos naturales, agudizados por el calentamiento global, siguen golpeando al planeta entero. Nuevamente, los últimos años América Latina padeció el efecto de la inclemencia climática. El horizonte de la región sigue empañado, además, por el bajo crecimiento, la crisis social y la pérdida de confianza ciudadana en la democracia.

Sergio Ferrari / Para Con Nuestra América
Desde Berna, Suiza

Cambios meteorológicos abruptos y eventos climáticos extremos golpearon otra vez la producción agrícola y conspiraron contra la productividad, confrontando al continente con las consecuencias del aumento del hambre y la malnutrición. En 2023, el hambre afectó a 41 millones de personas en la región y uno de cada diez menores de cinco años padeció desnutrición crónica. 

sábado, 26 de enero de 2013

Una amenaza que no viene de las armas

Una amenaza comienza a recorrer el mundo, la pobreza campea a sus anchas ante la mirada impertérrita de los poderosos que no parecieran preocuparse. Las palabras no bastan, se necesitan acciones, porque las consecuencias pueden ser catastróficas para toda la humanidad.

Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela

Quienes han seguido con detenimiento algunas declaraciones de personeros de  organismos multinacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, no dejarán de mostrarse sorprendidos. En diciembre de 2001, Nicholas Stern, economista en jefe del Banco Mundial afirmó que “La globalización a menudo ha sido una fuerza muy poderosa para la reducción de la pobreza, pero demasiados países y personas han quedado fuera”. El documento “Globalización, crecimiento y pobreza”  que durante ese año elaboró el Banco Mundial afirmaba que 2 mil millones de personas, habitantes en su mayoría del África Subsahariana, Cercano Oriente y la antigua Unión Soviética, estaban en peligro de quedar al margen de la economía mundial, toda vez que paralelamente a la caída de los ingresos de estos países, la pobreza aumentaba y tenían una participación menor en el comercio que 20 años atrás.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Hambre: desafío ético y político

Si no se produce una inversión de valores, si no se instaurara una economía sometida a la política y una política orientada por la ética y una ética inspirada en una solidaridad básica no habrá posibilidad de solución para el hambre y la subnutrición mundial.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

A causa de la contracción económica provocada por la crisis financiera actual, el número de hambrientos ha saltado, según la FAO, de 860 millones a 1.200 millones. Tal hecho perverso impone un desafío ético y político. ¿Cómo atender las necesidades vitales de estos millones y millones de personas?

Históricamente este desafío siempre ha sido grande, pues la necesidad de satisfacer las demandas de alimento nunca ha podido ser plenamente atendida, sea por razones de clima, de fertilidad de los suelos o de desorganización social. A excepción de la primera fase del paleolítico cuando había poca población y superabundancia de medios de vida, siempre ha habido hambre en la historia. La distribución de alimentos ha sido casi siempre desigual.

El flagelo del hambre no es propiamente un problema técnico. Existen técnicas de producción de extraordinaria eficacia. La producción de alimentos es superior al crecimiento de la población mundial, pero están pésimamente distribuidos. El 20% de la humanidad dispone para su disfrute del 80% de los medios de vida. El 80% de la humanidad debe contentarse con solo el 20% de ellos. Aquí reside la injusticia.

sábado, 9 de abril de 2011

Crisis de alimentos y maldesarrollo

En América Latina y el Caribe 52 millones de personas sufren de malnutrición, a pesar de que los países de esta región producen 40% más alimentos de los que consumen. Un “modelo de desarrollo” que genera este nivel de contradicciones es insostenible desde todo punto de vista. Es urgente abrir el debate sobre un desarrollo alternativo y sentar las bases de su progresiva construcción.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

Si algo ha quedado claro en los últimos meses, con los acontecimientos humanos –políticos, sociales y militares- y naturales ocurridos en distintas regiones geográficas, es la magnitud y la complejidad de los problemas que azotan a la humanidad, al punto de comprometer no solo la vida de la especie en el planeta, sino la integridad misma del mundo natural.

Son abundantes los indicadores y signos inocultables de lo que ya se reconoce como una crisis civilizatoria. Una de las dimensiones más delicadas de esta crisis es la que atañe a la producción y abastecimiento de alimentos, donde se combinan la especulación financiera con la subordinación de recursos naturales y volúmenes de producción agrícola de los países más pobres, para satisfacer las demandas de los mercados de las grandes potencias.

A inicios del mes de marzo, investigadores de la FAO, la CEPAL y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura revelaron que los contratos de futuros alimentos en el sistema financiero internacional “crecieron exponencialmente durante la primera década de este siglo, ya que tan sólo los correspondientes a granos básicos pasaron de cien mil a principios del año 2000, a 350 mil para diciembre de 2010”. Según explicaron, se trata de un fenómeno estimulado por “el comportamiento ‘de manada’ de los inversionistas y la velocidad y magnitud de las decisiones de inversión” (La Jornada, 06/03/2011), lo que incide en un aumento generalizado del precio de los alimentos. Por supuesto, la peor parte la llevan las poblaciones y países con bajo poder adquisitivo, que deban pagar más dinero por una cantidad igual, y a veces menor, de alimentos o productos derivados.

¿Cómo se lee esta problemática desde los centros del poder global? El FMI, pragmático como de costumbre, ha dicho que ante los cambios irreversibles en la economía internacional, y la escasez de agua, tierra y energía para los cultivos, “el mundo quizá deba acostumbrarse a alimentos caros” (La Jornada, 24/03/2011).

En un escenario así, y con un aumento en la cantidad de población mundial que sufre hambre, que pasó de 800 a 1000 millones de personas desde 2008 a la fecha, no debería sorprender que en la última reunión del Foro Económico de Davos, los dirigentes de los países industrializados expresaran su preocupación ante la posibilidad de que las alzas de los precios de los alimentos provoquen “más inestabilidad e incluso llevar a guerras”, en distintas partes del mundo (Agencia DPA, 19/01/2011).

Por su parte, el Banco Mundial, a través de su Corporación Financiera Internacional, ha sugerido que una salida a la crisis de los alimentos estaría en destinar “más tierras a la agricultura”, especialmente en “el África subsahariana y en América Latina”. Es la misma línea de reflexión que sigue la Organización Mundial del Comercio, cuyo director, Pascal Lamy, considera que el aumento de los precios más bien podría ser una bendición para “China, India y América Latina, en particular, [que] estarán actuando como un impulsor de las materias primas globales” (La Jornada, 20/01/2011).

La visión de los organismos financieros, como fácilmente se puede apreciar, combina una cierta resignación frente a los aparentemente inevitables designios del mercado; el temor a la insurgencia potencial que subyace al desigual reparto de los recursos y los bienes en el planeta; y las clásicas recetas/soluciones que profundizan los patrones de la división internacional del trabajo. Y como si esto no bastara, reproduce los mitos modernos occidentales relacionados con la dominación y explotación de la naturaleza, y el estímulo constante para alcanzar mayores niveles de producción y consumo como fines en sí mismos.

Desgraciadamente, en el caso específico de nuestra región latinoamericana, esta visión todavía gravita con fuerza, incluso entre los gobiernos progresistas y nacional-populares que han logrado llegar al poder, quienes, más allá de las impugnaciones antineoliberales y anticapitalistas presentes en el discurso político, no logran desembarazarse aún de las tendencias dominantes del desarrollo y de la llamada inserción estratégica en la economía global.

Las consecuencias perniciosas de esta modalidad de maldesarrollo, sin embargo, son cada vez más evidentes. Un informe del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), de febrero de 2011, ofreció un dato revelador de las profundas contradicciones implícitas en el modelo: 52 millones de personas sufren de malnutrición en América Latina y el Caribe, a pesar de que los países de esta región producen 40% más alimentos de los que consumen. Es decir, la inseguridad alimentaria, como reza el informe, “no está determinada por la escasez de alimentos sino por la falta de acceso a los mismos” (La Jornada, 27/02/2011).

¿Es posible revertir este rumbo? Contra la tentación del pesimismo, pensamos que sí. Los elementos y propuestas para construir una visión del desarrollo no atada al dogmatismo economicista, una visión plural, inclusiva y no depredadora del medio natural, están presentes en nuestra historia, en la cultura y la memoria de los pueblos, en las experiencias contemporáneas de movimientos urbanos y rurales, en las luchas políticas, las ideas y búsquedas de los nuevos sujetos sociales latinoamericanos y caribeños.

Para esa América Latina progresista -en la que creemos-, que ya ha logrado apuntalar un mayor grado de independencia y unidad política frente a los centros tradicionales de poder, el desafío de los próximos años pasa por abrir un debate urgente sobre ese desarrollo alternativo, y sobre la necesidad de sentar las bases de su progresiva construcción. Un debate que no será sencillo y que, probablemente, las sociedades latinoamericanas tendrán que conquistar en diversas luchas. Como todo lo ganado en estos años.

El actual modelo de maldesarrollo extractivo-agroexportador, más pronto o más tarde, termina por revelar sus insalvables contradicciones, producto de su origen moderno-colonial e imperialista. Insistir en ese camino, renunciando a todo juicio crítico sobre sus efectos a cambio de obtener unos buenos –pero temporales- indicadores macroeconómicos, solo puede prolongar esa triste condición que, durante cinco siglos, ha condenado a nuestra América a cumplir el papel de una inmensa factoría de materias primas: una tierra que alimenta la maquinaria global de la producción capitalista -la economía de rapiña-, pero condena al hambre, la exclusión y la injusticia social a sus propios habitantes.

sábado, 30 de octubre de 2010

François Houtart: crisis de civilización y nueva utopía

Es necesario realizar una ruptura con la idea dominante que asocia “desarrollo” con “occidentalización”, y al mismo tiempo, hacer de la especificidad cultural un factor primordial de la nueva forma de pensar el desarrollo.
Andrés Mora Ramírez /AUNA-Costa Rica
François Houtart, uno de los intelectuales críticos y activistas altermundistas más reconocidos a nivel internacional, visitó Costa Rica para dictar una conferencia en la Universidad Nacional (27 de octubre), en la que reflexionó sobre los alcances de la crisis a la que nos enfrentamos, y expuso algunas propuestas o grandes ejes de pensamiento, que podrían animar y estimular la búsqueda de alternativas y soluciones.
Aunque su estadía en el país fue “invisibilizada" por los medios de comunicación hegemónicos, queremos destacar en estas líneas las principales ideas expuestas por el teólogo y sociólogo belga: un hombre que se ha ganado el respeto y reconocimiento por cultivar, a lo largo de los años, esa difícil virtud que hace de la consecuencia entre pensamiento y acción una forma de vida.
Múltiples expresiones de una crisis sistémica.
Para Houtart, asistimos hoy a una profunda crisis de la civilización occidental moderna: esa que nació con la expansión y conquista europea de los territorios del “nuevo mundo”, y al amparo del pensamiento eurocéntrico y el desarrollo del capitalismo (mercantilista, en un momento inicial; industrial-extractivista, más tarde, y financiero-informacional, en nuestros días).
Cuatro son las dimensiones más visibles, aunque por cierto no las únicas, de esta crisis: en primer lugar, la alimentaria, signada por el aumento en los precios de los productos agrícolas en los últimos años, y los movimientos de capitales especulativos hacia este sector de la economía mundial.
En segundo lugar, la crisis energética, que al ritmo de crecimiento de los niveles de consumo actuales, provocará el agotamiento de fuentes energéticas fósiles y minerales en un período de 50 años a un siglo (con el riesgo implícito de que aumenten los proyectos de explotación de la agro-energía); a ello se suma la crisis del cambio climático, cuyos efectos amenazan a grandes sectores de la población mundial, especialmente de los países más pobres e insulares, que llegarían a convertirse en migrantes climáticos.
Finalmente, la última dimensión señalada por Houtart es la crisis de hegemonía –política y económica- de los Estados Unidos, la potencia otrora dominante, que ahora afirma sus espacios de dominación a partir del despliegue de su fuerza militar: las invasiones a Irak y Afganistán, o la instalación de bases militares en zonas geopolíticas y geoeconómicas estratégicas en América Latina –una de las principales “reservas” de recursos naturales del planeta-, así lo confirman.
En el origen de estas múltiples crisis, subyace la lógica de acumulación del capitalismo, que ignora deliberadamente las consecuencias de sus actos. Siendo, entonces, una crisis civilizacional, de sistemas entrelazados e interdependientes, su lectura debe superar la estrecha interpretación que intenta caracterizarla solamente en su perspectiva financiera.
Alternativas y horizonte utópico.
Ante un panorama como este, ¿cuáles son las rutas que podríamos seguir para construir alternativas a esa civilización decadente? Un elemento clave en ese proceso de búsqueda y transformación, explicó Houtart, debe ser el replanteamiento profundo, radical, de los paradigmas dominantes de la civilización moderna, y en particular, del modelo de desarrollo neoliberal, quizá el más destructivo que ha conocido la historia humana.
Esto supone repensar los pilares de la modernidad occidental, posicionándose críticamente frente a ellos, para revertir sus efectos negativos, sus tensiones y contradicciones. Es necesario realizar una ruptura con la idea dominante que asocia “desarrollo” con “occidentalización”, y al mismo tiempo, hacer de la especificidad cultural un factor primordial de la nueva forma de pensar el desarrollo.
Así, un programa mínimo que encauce los esfuerzos de construcción del otro mundo posible requiere, en primera instancia, revertir el paradigma de la dominación y explotación de la naturaleza -que atraviesa la historia del colonialismo y el capitalismo modernos-, para forjar, en su lugar, una relación basada en el respeto y la conciencia de los vínculos profundos que existen entre el medio ambiente y el ser humano.
Además, debe aspirar a la transformación de la lógica dominante de la producción de la vida, es decir, redefinir la economía como la actividad necesaria para producir la vida material, cultural y espiritual, lo que supone, al mismo tiempo, impugnar el dogma capitalista que coloca el valor de cambio por encima del valor de uso de las mercancías.
Un tercer punto a considerar es la democratización social y política, a todo nivel: desde las relaciones humanas más básicas, hasta las instituciones políticas estatales y los organismos internacionales.
Y por último, directamente vinculado con lo anterior, la inclusión de los enfoques de multiculturalidad en “la construcción de una sociedad con oportunidad para todas las culturas, todas las religiones, todas las filosofías y los saberes”.
El plan de acción para llevar adelante este programa requiere “coherencia y unidad en el análisis y la acción”, y su objetivo final ha de ser la consolidación de un nuevo horizonte utópico: el Bien Común de la humanidad, lo que solo podrá alcanzarse mediante la complementariedad de las luchas, de los saberes y la convergencia de los movimientos sociales, si realmente se apuesta por “un proyecto de cambio de largo plazo”.
Precisamente, esta fue la gran lección de la conferencia de Houtart: la necesidad de la utopía, de no abandonar ese camino que, aunque largo y no pocas veces doloroso, ha de ser fecundado por la persistencia, sin olvidar que “lo que no existe hoy, puede existir mañana…”.

domingo, 19 de abril de 2009

La guerra que Obama ignora

¿A cuántos miles de campesinos dejó sin opción de vida digna la competencia desleal de los alimentos importados? ¿Cuántos jóvenes del campo se vieron por ello más empujados a las garras del crimen organizado?
Víctor M. Quintana S. / LA JORNADA
Obama está todavía en un periodo de gracia. Mucha gente mantiene aún una cautelosa esperanza en el primer presidente afroestadunidense de Estados Unidos. En días recientes se le han hecho llegar dos cartas referentes al tema agroalimentario. Una la firman 108 organizaciones rurales y de investigación estadunidenses y de 28 países más; otra, las organizaciones de México que participan en la campaña Sin maíz no hay país.
El hecho es que hay una guerra peor que la de Afganistán o la de Irak, que Obama ignora, a diferencia de estas últimas: es la guerra de baja intensidad contra las agriculturas campesinas, indígenas y familiares que han emprendido un puñado de trasnacionales del agronegocio, la mayoría con base en Estados Unidos y sus aliados.
No, no es una guerra en sentido figurado. Es una guerra real con armas, con su cuota de destrucción, con bajas y terribles impactos sociales.
La guerra tiene como propósito aumentar el lucro de estas corporaciones y controlar los territorios que consideran valiosos. Nada diferente a los propósitos de otras guerras convencionales. En lo que sí difiere es en el tipo de armas de destrucción masiva que se utilizan: no son bombas ni cañonazos. Son de tres tipos preferentemente: especulación con los alimentos en las bolsas de valores; invasión de los mercados nacionales con alimentos producidos y comercializados por las trasnacionales; inundación de semillas genéticamente modificadas.
Créase o no, la destrucción producida por estas armas es enorme: las exportaciones a precio dumping destruyen los sistemas productivos nacionales, sobre todo los más tradicionales. La especulación con los alimentos los pone fuera del alcance de las familias más pobres. La invasión de semillas transgénicas arrasa con la dotación de simientes naturales y con ecosistemas antiguos. La necesidad de competir con las altas productividades de las trasnacionales hace que se sacrifiquen suelos, bosques, mantos acuíferos para poder ganar la loca carrera productivista y librecambista.
Como todas las guerras, la que se libra contra las agriculturas campesinas produce hambrunas y migraciones. Y, claro, también produce muertes. Señala la primera carta que el último arranque especulativo, el de 2008, hizo que 200 millones más de personas de todo el planeta cayeran en pobreza alimentaria.
Esto debe saberlo Barack Obama. Las trasnacionales, como Monsanto, Cargill, Continental Grain, etcétera, han utilizado y quieren seguir utilizando a la Casa Blanca para proseguir esta guerra que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni siquiera ha detectado, mucho menos tratado de impedir. Por eso es necesario que se informe, que escuche a los agricultores familiares de su patria, a los campesinos de todo el mundo.
En sus manos está modificar los tratados de libre comercio, que son verdaderos tratados de guerra; poner un alto a la especulación con alimentos. Detener en seco la inundación de semillas transgénicas.
Debe saber también que al lado de esta guerra ignorada, sus antecesores han promovido y apoyado una guerra hipócrita: la guerra contra las drogas.
El Plan Colombia, señalan los propios colombianos, ha gastado más de 7 mil 814 millones de dólares de 1999 a la fecha, pero la cifra resulta casi ridícula comparada con los 8 millones de toneladas de alimentos que el mismo plan les ha impuesto a importar a los colombianos, mismos que se preguntan: “¿No es imperialista una estrategia antinarcóticos que por un lado obliga a importar la comida que pueden producir nuestros campesinos e indígenas, y por el otro ordena fumigarlos como cucarachas cuando esos compatriotas, desesperados por la pobreza, siembran coca?” (senador Jorge Enrique Robledo).
En el caso de México las cifras son todavía más desproporcionadas: tan sólo el año pasado importamos, sobre todo de Estados Unidos, bienes agroalimentarios por más de 22 mil millones de dólares… ¿No les produjeron a los estadunidenses estas importaciones ganancias como para pagar varias veces los 300 millones de dólares que gastará este año la Iniciativa Mérida? ¿A cuántos miles de campesinos dejó sin opción de vida digna la competencia desleal de los alimentos importados? ¿Cuántos jóvenes del campo se vieron por ello más empujados a las garras del crimen organizado?
Obama debe dejar de ignorar la guerra contra la agricultura campesina. Debe replantear la guerra contra las drogas asumiendo el papel que su gobierno debe cubrir en relación con sus adictos, a quienes nos exportan armas, a quienes lavan dinero. De no hacerlo, el tiempo de las cartas puede tornarse en el tiempo de los zapatazos.

domingo, 7 de septiembre de 2008

El surgimiento de un nuevo sistema neocolonial

El colonialismo tradicional consistía en la conquista de un territorio para extraer sus materias primas y venderles después los productos manufacturados. Este nuevo colonialismo arrienda las tierras para producir alimentos y extraerlos, dejando a la población local fuera de su consumo o imponiéndoles precios internacionales lejos de su alcance.
Ricardo Daher / Barómetro Internacional
La Organización para la Agricultura y los Alimentos (FAO) advirtió esta semana sobre un nuevo fenómeno que ha denominado "un sistema neocolonial" y que perjudica a productores y países en desarrollo, o subdesarrollados como se definían antes.
Según la FAO, impulsados por la suba de los precios de los alimentos, en una tendencia que no se revertirá en muchos años, empresas internacionales arriendan tierras en países pobres para producir alimentos y exportarlos a los países ricos.
En el último año los precios de los alimentos han subido entre el 30 y el 80 por ciento, incluyendo arroz, trigo, soja, leche, carne, es decir, los productos básicos.
Aunque el fenómeno descrito por la FAO menciona sólo a China y Arabia Saudita como países que arriendan tierras en otras naciones para producir alimentos para sus habitantes, el fenómeno existe desde mucho antes de la advertencia de ese organismo internacional.
En el reciente conflicto por las retenciones a las exportaciones de soja en Argentina, se conoció que gran parte de la producción de soja pertenecía a empresas que arrendaban los campos.
El Director General de la FAO, Jacques Diouf, sostuvo que "el riesgo es el de crear un pacto neo-colonial de provisión de materias primas sin valor agregado y de condiciones de trabajo inaceptables para los agricultores".
Diouf advirtió que algunas negociaciones de arriendo de tierras, "han llevado a relaciones internacionales desiguales y a una agricultura mercantilista de corto plazo".
Curiosamente, fue el propio director de la FAO que en junio de este año, en plena crisis de los alimentos, promovió el ingreso de inversiones extranjeras en países con una agricultura poco desarrollada.
Entonces Diouf estimuló los joint ventures entre países con dinero disponible para la inversión y países con menores recursos financieros pero con terreno cultivable y agua. "La solución estructural al problema de la seguridad alimentaria en el mundo estriba en incrementar la producción y la productividad en los países de bajos ingresos y déficit alimentario", aseguró el 2 de junio. Ello requiere "soluciones innovadoras e imaginativas", que incluyen "acuerdos de asociación entre países que tienen recursos financieros, capacidad de gestión y tecnología y países que tienen tierra, agua y recursos humanos" subrayó.
Ahora advierte que es una peligrosa combinación y estos proyectos de inversión se están transformando en una nueva forma de colonialismo.
El colonialismo tradicional consistía en la conquista de un territorio para extraer sus materias primas y venderles después los productos manufacturados.
Este nuevo colonialismo arrienda las tierras para producir alimentos y extraerlos, dejando a la población local fuera de su consumo o imponiéndoles precios internacionales lejos de su alcance. En una síntesis somera, es igual a robarle el pan de la boca para que sólo puedan comer quienes pueden pagar. Es la lógica del capitalismo y por eso mismo, sus más conspicuos representantes, protestan cuando algunos gobiernos quieren asegurar el abastecimiento de alimento para sus ciudadanos.
El presidente del Banco Mundial, el norteamericano Robert Zoellick, cuestionó a los países que han limitado las exportaciones de alimentos para abastecer el consumo interno, y reclamó libertad de mercado.
En una línea similar, otro representante del Banco Mundial, Lars Thunell, vicepresidente ejecutivo de la Corporación Financiera Internacional que depende de ese organismo, reclamó en la reciente cumbre sobre el agua en Estocolmo, la privatización de ese recurso.
No es por casualidad que las empresas que producen, almacenan y comercializan alimentos, ingresen a controlar el mercado del agua.
Apenas iniciado el siglo XXI, la humanidad está repitiendo luchas que ya se daban a comienzos del siglo pasado. Ahora contra un colonialismo que a fuerza de dinero y bajo la bandera del libre mercado y la globalización, se apodera de recursos naturales fundamentales, agua y alimentos, para transformarlos en simple mercancías al alcance del mejor postor.
- Ricardo Daher, periodista uruguayo, es analista e investigador.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Cepal: la carestía arrastrará a la indigencia a 15 millones en América Latina


■ Subsidiar la producción agrícola, reducir impuestos y aranceles a comestibles y mejorar apoyos, entre las medidas más urgentes, recomienda.
■ Hay que subir el gasto social: PNUD.

■ La Comisión Europea culpa a especuladores por el alza de precios de los alimentos.

Afp, Dpa y Reuters

San José, 20 de mayo. La fuerte alza en el precio de los alimentos amenaza con enviar a la indigencia a 15 millones de personas más en América Latina, advirtió el martes el director general de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), José Luis Machinea, y sostuvo que el incremento en los precios pone en riesgo el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para la región.

Si el incremento de los precios de los alimentos fuera de 15 por ciento y no hubiera aumento de ingresos, la indigencia aumentaría en 15 millones de personas, para situarse en más de 84 de millones, alertó el máximo responsable de la Cepal.

“Ahora se cierne la amenaza del encarecimiento en el precio de los alimentos, lo que podrá derivar en mayor pobreza extrema en la región”, advirtió Machinea.

El número de pobres pasaría de los actuales 189.5 millones a 204.5 millones, sin aumento de sus ingresos; con incremento de 5 por ciento de sus entradas económicas, serían 10 millones más en cada uno de los grupos, lo que revertiría las mejoras obtenidas en los últimos años en la región, alertó el organismo regional, durante la presentación de un informe sobre los avances en el área de salud de los objetivos de Desarrollo del Milenio en la región.

Las cifras hacen temer lo peor: mientras el Indice de Precios al Consumo interanual había subido una media de 6-7 por ciento hasta abril, los alimentos se encarecieron 15 por ciento, indican datos de la Cepal.

Venezuela, con cerca de 40 por ciento, Nicaragua con 28 por ciento y Bolivia con 25 por ciento, encabezan la lista de países donde más se ha encarecido la canasta básica.

Las medidas más urgentes para evitar un retroceso en la ya complicada situación de las poblaciones más vulnerables de la región es subsidiar la producción agrícola, reducir los impuestos y los aranceles a los alimentos y aumentar los apoyos a los sectores con más dificultades, recomendó Machinea. “La región es muy heterogénea y el denominador común sigue siendo la desigualdad”, dijo.

La llamada Declaración del Milenio es una “carta de navegación” diseñada por la Organización de Naciones Unidas para apoyar a sus estados en diversas áreas y estableció una serie de metas para combatir la pobreza y alcanzar el desarrollo hacia 2015.

“Este es un momento en que no hay que reducir el gasto social, sino aumentarlo hoy para que dentro de cinco años no tengamos que recoger en ambulancia lo que no hicimos”, dijo por su parte la directora regional para América Latina del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la costarricense Rebeca Greenspan.

Una causa importante de la mejora de los índices de pobreza en la región fue la reducción de los precios de los alimentos en las dos últimas décadas, recordó Greenspan, quien sostuvo que es el momento de revisar las políticas fiscales para que los gobiernos dispongan de mayores recursos para el gasto social.

El informe Objetivos de desarrollo del Milenio. La progresión hacia el derecho a la salud en América Latina y Caribe, destaca “cómo los determinantes de la salud están estrechamente asociados con la desigualdad de la distribución socioeconómica”.

Esto demuestra que las políticas de salud deben realizarse de manera integral con otras políticas en el ámbito educativo, de vivienda e infraestructura social básica, y de ingresos en un entorno macroeconómico estable y propicio al crecimiento, con mejor distribución de los frutos del desarrollo, apunta el informe.

A su vez, la Comisión Europea (CE) culpa a especuladores de los mercados de materias primas por el alza en los precios de alimentos, y dijo que estos deben asumir al menos parte de la culpa por el incremento.

La CE prometió seguir de cerca la actividad del sector, se informó desde Bruselas. “Ha habido una creciente actividad de inversionistas especulativos en mercados financieros relacionados con materias primas para equilibrar los riesgos de los precios o usar el exceso de liquidez, como consecuencia de una crisis del mercado financiero”, señaló un informe avalado por el brazo ejecutivo de la Unión Europea (UE).

Al insistir en culpar a los especuladores, la CE añade que “estas actividades llevan a un incremento en el movimiento de los precios y provocan volatilidad en los futuros y en los mercados al contado de materias primas”.

El documento analiza recientes subidas de precios en cereales, carne y lácteos, donde los mercados apuntaron incrementos de precios de dos y hasta tres dígitos en menos de un año, y ayudaron a que la inflación en la zona del euro tocara máximos históricos en marzo.

El informe hace una lista de varios factores estructurales, donde el mal clima, los altos precios de la energía y la demanda creciente de alimentos en las economías emergentes resultan ser las principales causas del aumento de los comestibles, así como la depreciación del dólar estadunidense y la especulación del mercado. “Los desarrollos en los mercados financieros han tenido un impacto”, sostuvo el informe.

jueves, 15 de mayo de 2008

El espejo haitiano: defender la soberanía alimentaria

“Digo la verdad: no es Dios que abandona al hombre, es el hombre el que abandona la tierra y recibe su castigo: la sequía, la miseria y la desolación”. Jacques Roumain. Gobernadores del rocío (1944)
Hecmilio Galván
ALAI AMLATINA
En enero de este año, cables de prensa internacionales nos alertaban de una dramática situación. En los barrios pobres de Haití, la tierra arcillosa que cubre el centro del país (zona de Hincha) se ha convertido en una valiosa mercancía que se recolecta y se vende en los mercados. Es materia prima, increíblemente, para galletas comestibles que, con su sabor salobre y mineral, sacian el hambre de los habitantes empobrecidos de Haití.

Las noticias recientes que llegan desde Puerto Príncipe ahora, dan cuenta de una enorme crisis social, de movilizaciones y disturbios callejeros provocados por el aumento progresivo de los productos alimenticios que son cada vez más inalcanzables para los trabajadores haitianos.
Miles de personas se han lanzado a las calles para protestar contra el alza de precios, incendiando negocios y oficinas. Las protestas han llegado hasta el punto de que algunos manifestantes intentaron tomar por asalto el Palacio Presidencial, levantando barricadas y lanzando piedras contra la policía.

La tendencia alcista de los precios internacionales de las materias primas, sobretodo de los alimentos, se refleja automáticamente en Haití, sin que las autoridades puedan hacer mucho para evitarlo. La producción alimentaria local, diezmada por las importaciones, es incapaz, no sólo de responder positivamente ante el aumento de los precios internacionales, si no también de reducir el impacto negativo de la crisis mundial, garantizando alimentos a la población. Los precios de los alimentos suben y los ya alarmantes niveles de hambre y desnutrición tienden a crecer.

Pero, lo que sucede en Haití ahora, no es más que la consecuencia previsible de una crisis más antigua y latente, la que podemos definir como una crisis agroalimentaria. La crisis alimentaria haitiana, que amenaza con destruir mucho más la gobernabilidad de aquel país, es la consecuencia del empobrecimiento del país y de la destrucción de su aparato productivo agropecuario nacional.

La falta de soberanía alimentaría de la República de Haití, producto de las políticas de liberalización comercial acelerada, por un lado, y abandono del campo por otro, le impide al país caribeño enfrentar la escalada alcista de los precios de los alimentos en el mercado internacional, y tener un “colchón” alimentario para protegerse de la inestabilidad en los mercados internacionales y garantizar la alimentación de la población. Su alta dependencia agroalimentaria no le permite proteger a su población de los estragos del hambre. Esta fue una consecuencia previsible del modelo.

Y es qué las últimas tres décadas han sido decisivas para la desarticulación productiva de la economía haitiana actual y el aumento escalonado de la pobreza y las iniquidades sociales. La destrucción de la producción agropecuaria se vincula a una liberalización comercial acelerada e irresponsable, y a un abandono sistemático del sector en la política pública, ha ido sentando las bases para la eliminación de la cohesión social y política del país. La destrucción del campo haitiano, no sólo ha generado pérdida significativa en el empleo y en el producto, pobreza rural e impacto sobre el mercado cambiario y la balanza de pagos; si no que ha generado un enorme movimiento migratorio urbano-rural y hacia el exterior, con todas las consecuencias que este fenómeno conlleva, incluyendo un desarraigo y una pérdida de valores culturales.

Una aproximación general y rápida a la historia económica reciente de Haití permite sacar la conclusión de que ese país no logró una transición gradual que le permitiera una reestructuración económica desde la crisis del modelo sustitutivo de importaciones hasta el modelo neoliberal actual.

La liberalización económica emprendida en Haití en 1981, que incluyó la apertura de los puertos provinciales, y la reducción arancelaria (que pasan de 30 al 10% en los años 80’s), la eliminación de los impuestos a la exportación y licencias de importaciones, se inicia a instancias del Banco Mundial (BM) y la Agencia Desarrollo de los Estados Unidos USAID, quienes para esa época iniciaron una publicitada “estrategia de desarrollo conjunta” para Haití, basada en las cadenas de montaje y la exportación agrícola, que auguraba la conversión de la economía haitiana en el “Taiwán” del Caribe. La historia ha sido diametralmente diferente.

Este proceso de liberalización económica se afianza y continúa, con ciertos altibajos después de 1986 con la pérdida del poder de Duvalier. La segunda oleada neoliberal ocurre en Haití después del período del Golpe de Estado (1991-1994), cuando la política de liberalización comercial es reforzada en 1995 por la eliminación total y/o la fuerte reducción de los aranceles aduaneros a la importación. La estructura de los aranceles se simplificó para llegar a seis tipos: 0%, 3%, 5%, 10%, 15% y 57.8%. El arancel promedio en Haití pasa en 20 años, entre 1982 y 2002, de 27.7% en 1982, a 2.9% en 2002.

La liberalización generalizada del comercio en Haití se afianzó y desarrolló en el marco de un “Programa de ajuste estructural” de los que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) impusieron a los países subdesarrollados a raíz de la Crisis de la Deuda de principios de los 80´s y como una “condicionalidad” para el financiamiento. Estos condicionamientos convirtieron al régimen comercial haitiano en uno de los más abiertos de los países menos adelantados –PMA-.

La misma Organización Mundial del Comercio OMC, en sus tradicionales exámenes de políticas, ha criticado el modelo de liberalización comercial desarrollado en Haití a instancias del Banco Mundial y el FMI. Según la OMC “dada su gran dependencia de los gravámenes aplicados a las mercancías importadas, el país se enfrenta a riesgos crecientes de inestabilidad social, debidos, sin duda, a una liberalización del comercio demasiado intensa. En un contexto de dificultades internacionales, la fragilidad de sus estructuras socioeconómicas es cada vez mayor”. (OMC, 2003).

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lunes, 28 de abril de 2008

Oxfam: Biocombustibles traerán hambruna para otros 600 millones de personas

TeleSUR

El aumento en el consumo de biocombustibles es una de las principales causas de las actuales alzas en los precios de los alimentos en todo el mundo y, de mantenerse las políticas gubernamentales que los estimulan, el número de personas que sufren hambruna aumentará en 600 millones antes del año 2025.

Así lo aseguró este lunes el director regional de la ONG internacional Oxfam en Centroamérica, México y el Caribe, Joost Martens.

"Los biocombustibles se han convertido en uno de los principales causantes del incremento de precios de alimentos. (...) Es inaceptable que los países ricos establezcan metas para el incremento del uso de biocombustibles", criticó el directivo regional de Oxfam.

Según Oxfam, de continuar los países más desarrollados con la política de incrementar el consumo de bioenergéticos, "se calcula que el número de personas que sufrirán de hambruna en el año 2025 se incrementará en 600 millones", ya que el dinero de la ayuda internacional no es suficiente para paliar este problema.

Actualmente, según la ONG internacional, las familias pobres de las ciudades "destinan entre el 50 y 80 por ciento de sus ingresos a la compra de alimentos" mientras que "las del sector rural usualmente deben gastar el 100 por ciento".

Por ello, pide que se efectúe una "mayor y más sostenible inversión en agricultura de pequeña escala".

http://www.telesurtv.net/secciones/noticias/nota/27243/oxfam-biocombustibles-traeran-hambruna-para-otros-600-millones-de-personas/