sábado, 7 de febrero de 2026
Basureros llenos, vientres vacíos
sábado, 22 de febrero de 2025
Sombrío horizonte latinoamericano y caribeño
sábado, 26 de enero de 2013
Una amenaza que no viene de las armas
sábado, 10 de noviembre de 2012
Hambre: desafío ético y político
sábado, 9 de abril de 2011
Crisis de alimentos y maldesarrollo
En América Latina y el Caribe 52 millones de personas sufren de malnutrición, a pesar de que los países de esta región producen 40% más alimentos de los que consumen. Un “modelo de desarrollo” que genera este nivel de contradicciones es insostenible desde todo punto de vista. Es urgente abrir el debate sobre un desarrollo alternativo y sentar las bases de su progresiva construcción.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

Si algo ha quedado claro en los últimos meses, con los acontecimientos humanos –políticos, sociales y militares- y naturales ocurridos en distintas regiones geográficas, es la magnitud y la complejidad de los problemas que azotan a la humanidad, al punto de comprometer no solo la vida de la especie en el planeta, sino la integridad misma del mundo natural.
Son abundantes los indicadores y signos inocultables de lo que ya se reconoce como una crisis civilizatoria. Una de las dimensiones más delicadas de esta crisis es la que atañe a la producción y abastecimiento de alimentos, donde se combinan la especulación financiera con la subordinación de recursos naturales y volúmenes de producción agrícola de los países más pobres, para satisfacer las demandas de los mercados de las grandes potencias.
A inicios del mes de marzo, investigadores de la FAO, la CEPAL y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura revelaron que los contratos de futuros alimentos en el sistema financiero internacional “crecieron exponencialmente durante la primera década de este siglo, ya que tan sólo los correspondientes a granos básicos pasaron de cien mil a principios del año 2000, a 350 mil para diciembre de 2010”. Según explicaron, se trata de un fenómeno estimulado por “el comportamiento ‘de manada’ de los inversionistas y la velocidad y magnitud de las decisiones de inversión” (La Jornada, 06/03/2011), lo que incide en un aumento generalizado del precio de los alimentos. Por supuesto, la peor parte la llevan las poblaciones y países con bajo poder adquisitivo, que deban pagar más dinero por una cantidad igual, y a veces menor, de alimentos o productos derivados.
¿Cómo se lee esta problemática desde los centros del poder global? El FMI, pragmático como de costumbre, ha dicho que ante los cambios irreversibles en la economía internacional, y la escasez de agua, tierra y energía para los cultivos, “el mundo quizá deba acostumbrarse a alimentos caros” (La Jornada, 24/03/2011).
En un escenario así, y con un aumento en la cantidad de población mundial que sufre hambre, que pasó de 800 a 1000 millones de personas desde 2008 a la fecha, no debería sorprender que en la última reunión del Foro Económico de Davos, los dirigentes de los países industrializados expresaran su preocupación ante la posibilidad de que las alzas de los precios de los alimentos provoquen “más inestabilidad e incluso llevar a guerras”, en distintas partes del mundo (Agencia DPA, 19/01/2011).
Por su parte, el Banco Mundial, a través de su Corporación Financiera Internacional, ha sugerido que una salida a la crisis de los alimentos estaría en destinar “más tierras a la agricultura”, especialmente en “el África subsahariana y en América Latina”. Es la misma línea de reflexión que sigue la Organización Mundial del Comercio, cuyo director, Pascal Lamy, considera que el aumento de los precios más bien podría ser una bendición para “China, India y América Latina, en particular, [que] estarán actuando como un impulsor de las materias primas globales” (La Jornada, 20/01/2011).
La visión de los organismos financieros, como fácilmente se puede apreciar, combina una cierta resignación frente a los aparentemente inevitables designios del mercado; el temor a la insurgencia potencial que subyace al desigual reparto de los recursos y los bienes en el planeta; y las clásicas recetas/soluciones que profundizan los patrones de la división internacional del trabajo. Y como si esto no bastara, reproduce los mitos modernos occidentales relacionados con la dominación y explotación de la naturaleza, y el estímulo constante para alcanzar mayores niveles de producción y consumo como fines en sí mismos.
Desgraciadamente, en el caso específico de nuestra región latinoamericana, esta visión todavía gravita con fuerza, incluso entre los gobiernos progresistas y nacional-populares que han logrado llegar al poder, quienes, más allá de las impugnaciones antineoliberales y anticapitalistas presentes en el discurso político, no logran desembarazarse aún de las tendencias dominantes del desarrollo y de la llamada inserción estratégica en la economía global.
Las consecuencias perniciosas de esta modalidad de maldesarrollo, sin embargo, son cada vez más evidentes. Un informe del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), de febrero de 2011, ofreció un dato revelador de las profundas contradicciones implícitas en el modelo: 52 millones de personas sufren de malnutrición en América Latina y el Caribe, a pesar de que los países de esta región producen 40% más alimentos de los que consumen. Es decir, la inseguridad alimentaria, como reza el informe, “no está determinada por la escasez de alimentos sino por la falta de acceso a los mismos” (La Jornada, 27/02/2011).
¿Es posible revertir este rumbo? Contra la tentación del pesimismo, pensamos que sí. Los elementos y propuestas para construir una visión del desarrollo no atada al dogmatismo economicista, una visión plural, inclusiva y no depredadora del medio natural, están presentes en nuestra historia, en la cultura y la memoria de los pueblos, en las experiencias contemporáneas de movimientos urbanos y rurales, en las luchas políticas, las ideas y búsquedas de los nuevos sujetos sociales latinoamericanos y caribeños.
Para esa América Latina progresista -en la que creemos-, que ya ha logrado apuntalar un mayor grado de independencia y unidad política frente a los centros tradicionales de poder, el desafío de los próximos años pasa por abrir un debate urgente sobre ese desarrollo alternativo, y sobre la necesidad de sentar las bases de su progresiva construcción. Un debate que no será sencillo y que, probablemente, las sociedades latinoamericanas tendrán que conquistar en diversas luchas. Como todo lo ganado en estos años.
El actual modelo de maldesarrollo extractivo-agroexportador, más pronto o más tarde, termina por revelar sus insalvables contradicciones, producto de su origen moderno-colonial e imperialista. Insistir en ese camino, renunciando a todo juicio crítico sobre sus efectos a cambio de obtener unos buenos –pero temporales- indicadores macroeconómicos, solo puede prolongar esa triste condición que, durante cinco siglos, ha condenado a nuestra América a cumplir el papel de una inmensa factoría de materias primas: una tierra que alimenta la maquinaria global de la producción capitalista -la economía de rapiña-, pero condena al hambre, la exclusión y la injusticia social a sus propios habitantes.
sábado, 30 de octubre de 2010
François Houtart: crisis de civilización y nueva utopía
domingo, 19 de abril de 2009
La guerra que Obama ignora
El hecho es que hay una guerra peor que la de Afganistán o la de Irak, que Obama ignora, a diferencia de estas últimas: es la guerra de baja intensidad contra las agriculturas campesinas, indígenas y familiares que han emprendido un puñado de trasnacionales del agronegocio, la mayoría con base en Estados Unidos y sus aliados.
No, no es una guerra en sentido figurado. Es una guerra real con armas, con su cuota de destrucción, con bajas y terribles impactos sociales.
La guerra tiene como propósito aumentar el lucro de estas corporaciones y controlar los territorios que consideran valiosos. Nada diferente a los propósitos de otras guerras convencionales. En lo que sí difiere es en el tipo de armas de destrucción masiva que se utilizan: no son bombas ni cañonazos. Son de tres tipos preferentemente: especulación con los alimentos en las bolsas de valores; invasión de los mercados nacionales con alimentos producidos y comercializados por las trasnacionales; inundación de semillas genéticamente modificadas.
Créase o no, la destrucción producida por estas armas es enorme: las exportaciones a precio dumping destruyen los sistemas productivos nacionales, sobre todo los más tradicionales. La especulación con los alimentos los pone fuera del alcance de las familias más pobres. La invasión de semillas transgénicas arrasa con la dotación de simientes naturales y con ecosistemas antiguos. La necesidad de competir con las altas productividades de las trasnacionales hace que se sacrifiquen suelos, bosques, mantos acuíferos para poder ganar la loca carrera productivista y librecambista.
Como todas las guerras, la que se libra contra las agriculturas campesinas produce hambrunas y migraciones. Y, claro, también produce muertes. Señala la primera carta que el último arranque especulativo, el de 2008, hizo que 200 millones más de personas de todo el planeta cayeran en pobreza alimentaria.
Esto debe saberlo Barack Obama. Las trasnacionales, como Monsanto, Cargill, Continental Grain, etcétera, han utilizado y quieren seguir utilizando a la Casa Blanca para proseguir esta guerra que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni siquiera ha detectado, mucho menos tratado de impedir. Por eso es necesario que se informe, que escuche a los agricultores familiares de su patria, a los campesinos de todo el mundo.
En sus manos está modificar los tratados de libre comercio, que son verdaderos tratados de guerra; poner un alto a la especulación con alimentos. Detener en seco la inundación de semillas transgénicas.
Debe saber también que al lado de esta guerra ignorada, sus antecesores han promovido y apoyado una guerra hipócrita: la guerra contra las drogas.
El Plan Colombia, señalan los propios colombianos, ha gastado más de 7 mil 814 millones de dólares de 1999 a la fecha, pero la cifra resulta casi ridícula comparada con los 8 millones de toneladas de alimentos que el mismo plan les ha impuesto a importar a los colombianos, mismos que se preguntan: “¿No es imperialista una estrategia antinarcóticos que por un lado obliga a importar la comida que pueden producir nuestros campesinos e indígenas, y por el otro ordena fumigarlos como cucarachas cuando esos compatriotas, desesperados por la pobreza, siembran coca?” (senador Jorge Enrique Robledo).
En el caso de México las cifras son todavía más desproporcionadas: tan sólo el año pasado importamos, sobre todo de Estados Unidos, bienes agroalimentarios por más de 22 mil millones de dólares… ¿No les produjeron a los estadunidenses estas importaciones ganancias como para pagar varias veces los 300 millones de dólares que gastará este año la Iniciativa Mérida? ¿A cuántos miles de campesinos dejó sin opción de vida digna la competencia desleal de los alimentos importados? ¿Cuántos jóvenes del campo se vieron por ello más empujados a las garras del crimen organizado?
Obama debe dejar de ignorar la guerra contra la agricultura campesina. Debe replantear la guerra contra las drogas asumiendo el papel que su gobierno debe cubrir en relación con sus adictos, a quienes nos exportan armas, a quienes lavan dinero. De no hacerlo, el tiempo de las cartas puede tornarse en el tiempo de los zapatazos.
domingo, 7 de septiembre de 2008
El surgimiento de un nuevo sistema neocolonial
miércoles, 21 de mayo de 2008
Cepal: la carestía arrastrará a la indigencia a 15 millones en América Latina

■ Hay que subir el gasto social: PNUD.
Afp, Dpa y Reuters
San José, 20 de mayo. La fuerte alza en el precio de los alimentos amenaza con enviar a la indigencia a 15 millones de personas más en América Latina, advirtió el martes el director general de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), José Luis Machinea, y sostuvo que el incremento en los precios pone en riesgo el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para la región.
Si el incremento de los precios de los alimentos fuera de 15 por ciento y no hubiera aumento de ingresos, la indigencia aumentaría en 15 millones de personas, para situarse en más de 84 de millones, alertó el máximo responsable de la Cepal.
“Ahora se cierne la amenaza del encarecimiento en el precio de los alimentos, lo que podrá derivar en mayor pobreza extrema en la región”, advirtió Machinea.
El número de pobres pasaría de los actuales 189.5 millones a 204.5 millones, sin aumento de sus ingresos; con incremento de 5 por ciento de sus entradas económicas, serían 10 millones más en cada uno de los grupos, lo que revertiría las mejoras obtenidas en los últimos años en la región, alertó el organismo regional, durante la presentación de un informe sobre los avances en el área de salud de los objetivos de Desarrollo del Milenio en la región.
jueves, 15 de mayo de 2008
El espejo haitiano: defender la soberanía alimentaria
ALAI AMLATINA
Las noticias recientes que llegan desde Puerto Príncipe ahora, dan cuenta de una enorme crisis social, de movilizaciones y disturbios callejeros provocados por el aumento progresivo de los productos alimenticios que son cada vez más inalcanzables para los trabajadores haitianos.
Miles de personas se han lanzado a las calles para protestar contra el alza de precios, incendiando negocios y oficinas. Las protestas han llegado hasta el punto de que algunos manifestantes intentaron tomar por asalto el Palacio Presidencial, levantando barricadas y lanzando piedras contra la policía.
La tendencia alcista de los precios internacionales de las materias primas, sobretodo de los alimentos, se refleja automáticamente en Haití, sin que las autoridades puedan hacer mucho para evitarlo. La producción alimentaria local, diezmada por las importaciones, es incapaz, no sólo de responder positivamente ante el aumento de los precios internacionales, si no también de reducir el impacto negativo de la crisis mundial, garantizando alimentos a la población. Los precios de los alimentos suben y los ya alarmantes niveles de hambre y desnutrición tienden a crecer.
Pero, lo que sucede en Haití ahora, no es más que la consecuencia previsible de una crisis más antigua y latente, la que podemos definir como una crisis agroalimentaria. La crisis alimentaria haitiana, que amenaza con destruir mucho más la gobernabilidad de aquel país, es la consecuencia del empobrecimiento del país y de la destrucción de su aparato productivo agropecuario nacional.
La falta de soberanía alimentaría de la República de Haití, producto de las políticas de liberalización comercial acelerada, por un lado, y abandono del campo por otro, le impide al país caribeño enfrentar la escalada alcista de los precios de los alimentos en el mercado internacional, y tener un “colchón” alimentario para protegerse de la inestabilidad en los mercados internacionales y garantizar la alimentación de la población. Su alta dependencia agroalimentaria no le permite proteger a su población de los estragos del hambre. Esta fue una consecuencia previsible del modelo.
Y es qué las últimas tres décadas han sido decisivas para la desarticulación productiva de la economía haitiana actual y el aumento escalonado de la pobreza y las iniquidades sociales. La destrucción de la producción agropecuaria se vincula a una liberalización comercial acelerada e irresponsable, y a un abandono sistemático del sector en la política pública, ha ido sentando las bases para la eliminación de la cohesión social y política del país. La destrucción del campo haitiano, no sólo ha generado pérdida significativa en el empleo y en el producto, pobreza rural e impacto sobre el mercado cambiario y la balanza de pagos; si no que ha generado un enorme movimiento migratorio urbano-rural y hacia el exterior, con todas las consecuencias que este fenómeno conlleva, incluyendo un desarraigo y una pérdida de valores culturales.
Una aproximación general y rápida a la historia económica reciente de Haití permite sacar la conclusión de que ese país no logró una transición gradual que le permitiera una reestructuración económica desde la crisis del modelo sustitutivo de importaciones hasta el modelo neoliberal actual.
La liberalización económica emprendida en Haití en 1981, que incluyó la apertura de los puertos provinciales, y la reducción arancelaria (que pasan de 30 al 10% en los años 80’s), la eliminación de los impuestos a la exportación y licencias de importaciones, se inicia a instancias del Banco Mundial (BM) y la Agencia Desarrollo de los Estados Unidos USAID, quienes para esa época iniciaron una publicitada “estrategia de desarrollo conjunta” para Haití, basada en las cadenas de montaje y la exportación agrícola, que auguraba la conversión de la economía haitiana en el “Taiwán” del Caribe. La historia ha sido diametralmente diferente.
Este proceso de liberalización económica se afianza y continúa, con ciertos altibajos después de 1986 con la pérdida del poder de Duvalier. La segunda oleada neoliberal ocurre en Haití después del período del Golpe de Estado (1991-1994), cuando la política de liberalización comercial es reforzada en 1995 por la eliminación total y/o la fuerte reducción de los aranceles aduaneros a la importación. La estructura de los aranceles se simplificó para llegar a seis tipos: 0%, 3%, 5%, 10%, 15% y 57.8%. El arancel promedio en Haití pasa en 20 años, entre 1982 y 2002, de 27.7% en 1982, a 2.9% en 2002.
La liberalización generalizada del comercio en Haití se afianzó y desarrolló en el marco de un “Programa de ajuste estructural” de los que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) impusieron a los países subdesarrollados a raíz de la Crisis de la Deuda de principios de los 80´s y como una “condicionalidad” para el financiamiento. Estos condicionamientos convirtieron al régimen comercial haitiano en uno de los más abiertos de los países menos adelantados –PMA-.
La misma Organización Mundial del Comercio OMC, en sus tradicionales exámenes de políticas, ha criticado el modelo de liberalización comercial desarrollado en Haití a instancias del Banco Mundial y el FMI. Según la OMC “dada su gran dependencia de los gravámenes aplicados a las mercancías importadas, el país se enfrenta a riesgos crecientes de inestabilidad social, debidos, sin duda, a una liberalización del comercio demasiado intensa. En un contexto de dificultades internacionales, la fragilidad de sus estructuras socioeconómicas es cada vez mayor”. (OMC, 2003).
http://alainet.org/active/24037
lunes, 28 de abril de 2008
Oxfam: Biocombustibles traerán hambruna para otros 600 millones de personas
El aumento en el consumo de biocombustibles es una de las principales causas de las actuales alzas en los precios de los alimentos en todo el mundo y, de mantenerse las políticas gubernamentales que los estimulan, el número de personas que sufren hambruna aumentará en 600 millones antes del año 2025.
Así lo aseguró este lunes el director regional de la ONG internacional Oxfam en Centroamérica, México y el Caribe, Joost Martens.
"Los biocombustibles se han convertido en uno de los principales causantes del incremento de precios de alimentos. (...) Es inaceptable que los países ricos establezcan metas para el incremento del uso de biocombustibles", criticó el directivo regional de Oxfam.
Según Oxfam, de continuar los países más desarrollados con la política de incrementar el consumo de bioenergéticos, "se calcula que el número de personas que sufrirán de hambruna en el año 2025 se incrementará en 600 millones", ya que el dinero de la ayuda internacional no es suficiente para paliar este problema.
Actualmente, según la ONG internacional, las familias pobres de las ciudades "destinan entre el 50 y 80 por ciento de sus ingresos a la compra de alimentos" mientras que "las del sector rural usualmente deben gastar el 100 por ciento".
Por ello, pide que se efectúe una "mayor y más sostenible inversión en agricultura de pequeña escala".
http://www.telesurtv.net/secciones/noticias/nota/27243/oxfam-biocombustibles-traeran-hambruna-para-otros-600-millones-de-personas/




