Si
no se produce una inversión de valores, si no se instaurara una economía
sometida a la política y una política orientada por la ética y una ética
inspirada en una solidaridad básica no habrá posibilidad de solución para el
hambre y la subnutrición mundial.
Leonardo Boff / Servicios Koinonia
A
causa de la contracción económica provocada por la crisis financiera actual, el
número de hambrientos ha saltado, según la FAO, de 860 millones a 1.200
millones. Tal hecho perverso impone un desafío ético y político. ¿Cómo atender
las necesidades vitales de estos millones y millones de personas?
Históricamente
este desafío siempre ha sido grande, pues la necesidad de satisfacer las
demandas de alimento nunca ha podido ser plenamente atendida, sea por razones
de clima, de fertilidad de los suelos o de desorganización social. A excepción
de la primera fase del paleolítico cuando había poca población y
superabundancia de medios de vida, siempre ha habido hambre en la historia. La
distribución de alimentos ha sido casi siempre desigual.
El
flagelo del hambre no es propiamente un problema técnico. Existen técnicas de
producción de extraordinaria eficacia. La producción de alimentos es superior
al crecimiento de la población mundial, pero están pésimamente distribuidos. El
20% de la humanidad dispone para su disfrute del 80% de los medios de vida. El
80% de la humanidad debe contentarse con solo el 20% de ellos. Aquí reside la
injusticia.
Lo
que ocasiona esta situación perversa es la falta de sensibilidad ética de los
seres humanos hacia sus semejantes. Es como si hubiésemos olvidado totalmente
nuestros orígenes ancestrales de la cooperación originaria que nos permitió ser
humanos.
Este
déficit de humanidad resulta de un tipo de sociedad que privilegia al individuo
sobre la sociedad, valora más la apropiación privada que la coparticipación
solidaria, más la competición que la cooperación, que da más centralidad a los
valores ligados a lo masculino (en el hombre y en la mujer) como la
racionalidad, el poder, el uso de la fuerza, que a los valores ligados a lo
femenino (también en el hombre y en la mujer) como la sensibilidad hacia los
procesos de la vida, el cuidado y la disposición la cooperación.
Como
se deduce, la ética vigente es egoísta y excluyente. No se pone al servicio de
la vida de todos y de su necesario cuidado, sino que está al servicio de los
intereses de algunos individuos o grupos con exclusión de otros.
En
la raíz del flagelo del hambre hay una inhumanidad básica. Si no se fortalece
una ética de la solidaridad, del cuidado de unos a otros no habrá modo de
superarla.
Es
importante considerar que el desastre humano del hambre es también de orden
político. La política tiene que ver con la organización de la sociedad, con el
ejercicio del poder y con el bien común. Desde hace siglos en Occidente, y hoy
de manera globalizada, el poder político es rehén del poder económico,
articulado en la forma capitalista de producción. La ganancia no es
democratizada en beneficio de todos, sino privatizada por aquellos que detentan
el tener, el poder y el saber; sólo secundariamente beneficia a los demás. Por
tanto, el poder político no sirve al bien común, crea desigualdades que
representan una real injusticia social, y hoy mundial. A consecuencia de esto,
para millones y millones de personas apenas sobran las migajas que no dan para
cubrir sus necesidades vitales. O simplemente mueren como consecuencia de las
enfermedades derivadas del hambre, en su mayoría criaturas inocentes.
Si
no se produce una inversión de valores, si no se instaurara una economía
sometida a la política y una política orientada por la ética y una ética
inspirada en una solidaridad básica no habrá posibilidad de solución para el
hambre y la subnutrición mundial. Gritos desgarradores de millones de hambrientos
suben continuamente a los cielos sin que vengan respuestas eficaces de parte alguna
y hagan callar ese clamor.
Por
último, hay que reconocer que el hambre resulta también del desconocimiento de
la función de las mujeres en la agricultura. Según la evaluación de la FAO
ellas son las que producen gran parte de lo que se consume en el mundo: el 80%
– 98% en el África subsahariana, el 50% – 80% en Asia y el 30% en Europa
central y del este. No habrá seguridad alimentaria sin mujeres agricultoras, si
no se les da más poder de decisión sobre los destinos de la vida en la Tierra.
Ellas representan el 60% de la humanidad. Por su naturaleza de mujeres están
más ligadas a la vida y a su reproducción. Es absolutamente inaceptable que por
el hecho de ser mujeres se les nieguen los títulos de propiedad de tierras y el
acceso a los créditos y a otros bienes culturales. Sus derechos reproductivos
tampoco son reconocidos y se les impide el acceso a los conocimientos técnicos
concernientes a la mejora de la producción de alimentos.
Sin
estas medidas sigue siendo válida la crítica de Gandhi: «el hambre es un
insulto; envilece, deshumaniza y destruye el cuerpo y el espíritu… si no la
propia alma; es la forma de violencia más asesina que existe».
No hay comentarios:
Publicar un comentario