El glamoroso encanto de
la ecología se ha convertido en uno de los anestésicos más eficaces del mundo
moderno, un encanto que la realidad, cruenta y terrenal, termina desvaneciendo.
Víctor M. Toledo / LA JORNADA
En el ancho panorama del lavado
verde (green washing) podemos encontrar varios talentos en el arte de la
seducción propagandística. Ahí están Cementos Mexicanos (Cemex) con su “sello
verde”, Coca-Cola con su “planeta te quiero”, Monex con su “eco-banca” y Ford
con su “iniciativa ambiental”. Pero ninguna empresa había conseguido mayor
impacto en el público y en la academia que la frase de la Volkswagen, “por amor
al planeta”. Con este eslogan la corporación automotriz instituyó en México un
premio anual de investigación ecológica desde hace 10 años y lanzó una exitosa
campaña que lo pintó de un verde intenso. Su imagen emblemática a todo color es
un auto de la marca bajo un arco iris y seis colibríes revoloteando en un
paisaje de pinos y veletas eólicas acompañados de girasoles y animales
silvestres al estilo Walt Disney. Una de sus acciones más espectaculares fue
sumergir en el Caribe mexicano frente a las costas de Tulum un auto de cemento
de cuatro toneladas de peso como símbolo de su compromiso con los mares.



















