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sábado, 6 de octubre de 2018

La guerra y la paz en América Latina

Considerar a América Latina y el Caribe como una Zona de Paz, como ha sido consignado en la II Cumbre de la CELAC en La Habana, es un alto principio a defender, pero sobre todo, un gran objetivo a lograr.

Javier Tolcachier / ALAI

Si se considera a la paz como una situación de no beligerancia abierta entre estados, puede afirmarse efectivamente que no hay guerras en la región desde 1995, en ocasión del conflicto fronterizo que desembocó en la Guerra del Cenepa entre Ecuador y Perú.

Como resulta obvio, esta visión escolar de guerra interestatal es por completo parcial, anticuada e inadecuada. Las estadísticas[1] mundiales indican que la mayoría de conflictos armados en curso involucran actores no estatales o violencia unilateral – ya sea por parte del Estado o con la participación de un alto número de factores irregulares, habitualmente en complicidad con instancias locales y extranjeras.

sábado, 28 de marzo de 2015

El futuro como construcción estratégica: América Latina y el Caribe en los informes del Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos

Las percepciones y los pronósticos sobre América Latina y el Caribe contenidos en los documentos del NIC, aunque sustentados en evaluaciones pretendidamente imparciales y objetivas, son funcionales a los intereses y objetivos de la política norteamericana hacia la región y, por tanto, constituyen una referencia básica para la elaboración, desde el lado latinoamericano y caribeño, de estrategias y políticas antihegemónicas y emancipadoras.

Roberto M. Yepe Papastamatin[1] / Especial para Con Nuestra América
Desde La Habana, Cuba.

Al reflexionar sobre las posibles trayectorias futuras de la política de los Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe a largo plazo, es importante tomar como referencia las percepciones e imágenes sostenidas y promovidas por los especialistas y funcionarios de ese país encargados de la planificación estratégica en materia de política exterior. En este sentido, dos aspectos son particularmente relevantes: el papel que atribuyen a los Estados Unidos en el sistema internacional -y, en particular, a nivel continental-, así como sus visiones sobre la situación presente y futura de los países de la región.

sábado, 27 de febrero de 2010

El bloque latinoamericano y caribeño

El bloque regional tiene muchos problemas y contradicciones internas que lo harán caminar lentamente. Nada de eso le impidió tomar cuerpo desde comienzos de los años 80 del siglo pasado, en una situación de mucho mayor peso y presencia de Estados Unidos, luego ampliarse y, ahora, comenzar a consolidarse. El tiempo largo hace su trabajo; lenta, pero inexorablemente, pulveriza el tiempo corto.
Raúl Zibechi / LA JORNADA
La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños forma parte del viraje mundial y continental, caracterizado por el declive de la hegemonía estadunidense y el ascenso de un conjunto de bloques regionales que van dando forma a un nuevo equilibrio global. La creación de este organismo sin la presencia de Canadá y Estados Unidos, se venía gestando desde tiempo atrás, pero comienza a cobrar cuerpo meses después del notable fracaso de la OEA para resolver la crisis provocada por el golpe de Estado en Honduras, país que por el momento no forma parte del organismo en gestación.
La decisión, que se preparó durante los dos años anteriores impulsada por el presidente Lula, completa un largo proceso de autonomización de la región respecto de la superpotencia. Miremos atrás para observar el profundo cambio producido en la región. Desde su creación en 1948, la OEA respondió a los intereses de Washington. Cuando Cuba fue expulsada en 1962, ningún país votó en contra para evitarse problemas con Estados Unidos, aunque seis se abstuvieron, entre ellos Argentina, Brasil y México. En 1983, la creación del Grupo de Contadora (Colombia, México, Panamá y Venezuela) para buscar salidas a las guerras civiles centroamericanas, representa el primer intento por dotar a la región de voces que se aparten del coro impuesto por la Casa Blanca y el Pentágono. Fue la intervención del primer ministro sueco, Olof Palme, la que resultó decisiva para que se formara este grupo que se fue ampliando, pese al rechazo de Washington.
En 1990 el Grupo de Río sustituyó a Contadora (ya convertido en Grupo de los Ocho), con la incorporación de los países sudamericanos que hasta ese momento no lo integraban, más la Comunidad del Caribe y los países de Centroamérica. En 2008 adquirió su actual fisonomía con la incorporación de Guyana, Haití y Cuba, y en 2010 durante la celebración de su 21 reunión, la Cumbre de la Unidad en la Rivera Maya, dio el paso definitivo al generar la nueva Comunidad de Estados. Son dos décadas y media de lenta construcción que culmina un proceso iniciado cuando la ofensiva imperial contra Nicaragua, El Salvador y Guatemala parecía omnipotente, que cuaja cuando se vive una coyuntura nueva.
La Declaración de Cancún, suscrita por los 32 presidentes (con la única ausencia de Honduras), señala que el objetivo del nuevo organismo es profundizar la integración política, económica, social y cultural de nuestra región, defender el multilateralismo y pronunciarse sobre los grandes temas y acontecimientos de la agenda global.
En el apartado dedicado a crisis económica promueve la creación de una nueva arquitectura financiera regional o subregional, incluyendo la posibilidad de realizar pagos en monedas nacionales y evaluar la creación de una moneda común, así como la cooperación entre bancos nacionales y regionales de fomento. Un claro énfasis en la integración, sin establecer plazos, puede rastrearse en el espíritu del documento. Sin embargo, los dos aspectos centrales y los más concretos que firmaron los presidentes son los apartados dedicados a energía y a la integración física en infraestructura. Se propone enfrentar los desafíos energéticos promoviendo la expansión de fuentes de energía renovables y promoviendo el intercambio de experiencias y transferencia de tecnología sobre programas nacionales de biocombustibles, entre otros, para permitir a las economías más pequeñas y los países menos desarrollados alcanzar un acceso justo, equilibrado y constante a las diversas formas de energía.
Respecto de la infraestructura, se propone intensificar las obras para la conectividad y el transporte aéreo, marítimo, fluvial y terrestre, así como el transporte multimodal. Quien dice integración vía obras de infraestructura y biocombustibles, dice Brasil, país que lidera a la región en ambos rubros y es el primer productor mundial de etanol, a la par de Estados Unidos.
Pero el documento dedica un apartado a desastres naturales, en el que llama a crear mecanismos para dar una respuesta regional rápida, adecuada y coordinada a los mismos. También aquí puede verse la mano brasileña, escaldada doblemente luego de la anémica reacción de la OEA en Honduras y de la brutal intervención-invasión de la Cuarta Flota en Haití. Aunque la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe es aún una declaración de intenciones, que habrá de dar sus primeros y verdaderos pasos en las cumbres de Caracas (2011) y Chile (2012), cuando deberá dotarse de estatutos, el hecho de que se haya puesto en marcha es lo más significativo. Su creación debe leerse desde tres ángulos.
En el tiempo corto representa un freno al reposicionamiento de Estados Unidos en Colombia y Panamá con 11 bases militares, pero también en Honduras y Haití. Recordemos que cuando se produjo el ataque de Colombia a Ecuador, primero de marzo de 2008, con el bombardeo del campamento de Raúl Reyes, se aceleraron los tiempos que llevaron a la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y del Consejo de Defensa Suramericano. El segundo tema se relaciona con el tiempo largo: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe completa el largo ciclo de autonomización respecto del centro imperial. No es casual que los dos pasos se dieran en momentos de graves tensiones: guerras centroamericanas, hace 25 años; crisis económica y polarización mundial, ahora.
La tercera cuestión tiene carácter geopolítico. México y Centroamérica ya no estarán tironeados sólo desde el norte. El bloque regional tiene muchos problemas y contradicciones internas que lo harán caminar lentamente. Nada de eso le impidió tomar cuerpo desde comienzos de los años 80 del siglo pasado, en una situación de mucho mayor peso y presencia de Estados Unidos, luego ampliarse y, ahora, comenzar a consolidarse. El tiempo largo hace su trabajo; lenta, pero inexorablemente, pulveriza el tiempo corto.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Obama: el “cambio” para que nada cambie

Pobre y débil presidente este que, en medio de sus manotazos de ahogado en el mar de la crisis del sistema capitalista, no comprende aún las causas profundas de la movilización social-popular en América Latina
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
Extraño presidente del “cambio” resultó Barack Obama, quien recibió en Oslo el Premio Nobel de la Paz tan solo unos días después de anunciar, desde ese templo militar que es la Academia de West Point, el envío de 30 mil soldados más para “construir” la democracia por las armas en Afganistán.
Avieso presidente este de las “guerras justas”, que ya en América Latina, en menos de un año, llevó más lejos que su antecesor el proyecto imperialista: logró posicionar la idea de la militarización de la frontera con México como una cuestión inevitable, que ocurrirá más temprano que tarde; apuntaló el control sobre Centroamérica por medio del Plan Mérida; y clavó siete puñales en el corazón de América, como certeramente definió Fidel Castro la instalación de las bases militares en Colombia.
Ambiguo presidente este que, en la Cumbre de Puerto España, anunció a los vientos del Caribe su ideal de construir una nueva “Sociedad de las Américas”, pero hoy, casi ocho meses después, es evidente que esa Sociedad se concibe solo desde los intereses y la lógica de exclusión de los dominadores históricos de nuestra América, y no desde las realidades y utopías de los protagonistas de la América marginada, la de los vencidos de ayer que ahora se levantan.
Contradictorio presidente este que, en Trinidad y Tobago, habló de la necesidad de “compartir con sentido de unión” los nuevos desafíos de los tiempos que corren, pero que, en la práctica, ha reivindicado la peor tradición de Washington en la conducción de sus relaciones interamericanas: esa que fomenta los odios, corroe los consensos, instiga, conspira y subvenciona a sus aliados, para reinar sobre el caos y la desunión de nuestros países.
Taimado presidente este que legitimó el “blanqueo” del golpe de Estado en Honduras, y que a partir de la ruptura del orden constitucional en el país centroamericano, desplegó una rápida ofensiva de reposicionamiento geopolítico, que incluye, al mejor estilo imperial, la puesta a prueba de su sistema de alianzas –militares y comerciales- en Centro y Suramérica, forjando de paso un nuevo eje panamericanista: con México, Costa Rica, Panamá, Colombia y Perú.
Abusivo presidente este que, aprovechándose de la dependencia de los países más pobres, ejerce a través de sus emisarios una vergonzosa coerción diplomática y comercial -la disciplina del terror imperial- como la que viene sufriendo el gobierno de El Salvador, y de modo particular el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, al que ahora se persigue por defender públicamente sus posiciones antiimperialistas en los foros internacionales, en lo que constituye un acto soberano, democrático y absolutamente consecuente con su historia y su identidad política.
Pero pobre y débil presidente, también, este que en medio de sus manotazos de ahogado en el mar de la crisis del sistema capitalista, no comprende aún las causas profundas de la movilización social-popular en América Latina, ni se percata que la derecha regional se aprovecha de sus “dificultades políticas internas (…) para forzarle la mano”, como bien lo explicó Immanuel Wallesrtein en un artículo reciente.
Triste ejemplo, en fin, el de este presidente que llegó el poder precedido de fama y esperanza, y que ha sumido su mandato en un profundo gatopardismo político: ese en el que todo cambia para que siga siendo lo mismo.
Tal parece que míster Obama no comprendió bien el sentido del obsequio recibido de manos del presidente Hugo Chávez en Puerto España: “Las venas abiertas de América Latina”, la obra clásica de Eduardo Galeano. O no leyó el libro, o si lo hizo, prefirió seguir jugando en el bando de los saqueadores de riquezas, de los opresores y de los que mancillan la dignidad de los pueblos. Porque hoy, como desde hace más de dos siglos, Washington apuesta a dividirnos para vencer y ejercer sobre nosotros su imperio.

sábado, 31 de octubre de 2009

1929 - 2009. Nosotros los de ahora, y los nuestros de entonces

Lo esencial, en esta circunstancia, es que los sectores oprimidos - siempre a la defensiva, siempre empujados a la dispersión por el acoso incesante de los opresores- despliegan hoy capacidades de iniciativa y concertación que habían estado ausentes de la política latinoamericana desde la década de 1980. Cada manifestación de esas capacidades, a su vez, ganará en fecundidad en la medida en que se vincule a una concepción general del mundo capaz de expresarse en una práctica política correspondiente a la novedad de los tiempos.

Guillermo Castro Herrera / Especial para Con Nuestra América - AUNA Costa Rica
“Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver. […] Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.- Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo. Y se adquieren tamaños de hombres libres.”
José Martí, Cuadernos de apuntes, 1881.
Para Lourdes, siempre
1929
La crisis de 1929 tiene especial importancia para el análisis de la que enfrentamos hoy, al menos en dos sentidos. El primero y más general corresponde a su alcance y su importancia histórica: con ella culminó el ciclo de desarrollo liberal clásico, y el mundo ingresó en plenitud al siglo XX. El segundo tiene un carácter más específico. La gestión de la crisis de 1929 proporcionó un importante modelo de referencia en la formación de varias generaciones de científicos sociales latinoamericanos, en lo relativo a la comprensión del lugar y el papel de la región en los procesos de formación y transformación del moderno sistema mundial.
Así, el manejo de la crisis de 1929 fue percibido como exitoso en cuanto había logrado dos importantes objetivos. Uno, contener y revertir el terrible impacto inicial de la crisis sobre el sistema mundial. El otro, haber sido capaz de conducir a ese sistema a un escalón superior de desarrollo civilizatorio, en el que la ideología del progreso – sucesora a su vez de la de la civilización, tan cercana a las oligarquía de nuestra América - cedió su lugar a la del desarrollo, más adecuada a un mundo que dejaba de estar organizado en metrópolis y colonias para constituirse en una comunidad de Estados independientes vinculados entre sí por un mercado mundial que encontraba en el dólar norteamericano un referente monetario universal.
Como todo modelo, éste contiene imprecisiones. Lo descrito en el párrafo anterior, por ejemplo, corresponde a las formas más visibles de gestión de aquella crisis, tales como la intervención masiva del Estado en la economía, la ampliación de los derechos democráticos de las capas medias y los trabajadores en los Estados nacionales de la época, y la creación de servicios públicos eficientes de salud pública, educación masiva y seguridad social en esos países. John Maynard Keynes, en lo económico, como Franklin Delano Roosevelt en lo político y lo social constituyen sin duda los héroes más visibles de aquel momento histórico en este nivel de visibilidad.
Un segundo nivel, que ha ganado en visibilidad en estos tiempos, hace a las dos grandes reformas que conoció el sistema mundial. La primera se refiere a la creación de un verdadero sistema monetario internacional a partir de los acuerdos de Breton Woods, en julio de 1944. La segunda, y más notoria, a la de la creación del moderno sistema internacional, estructurado como una Organización de las Naciones Unidas, que pasó de medio centenar de Estados fundadores en octubre de 1945, a casi doscientos medio siglo después.
Estos dos niveles de visibilidad en la gestión de aquella crisis fueron el resultado, también, de circunstancias que estuvieron presentes entonces, pero no tienen equivalente ahora. De ellas, la primera y más notoria en el plano político es la de la claridad de las opciones enfrentadas: el liberalismo al centro, con el fascismo a la derecha y el comunismo estalinista a la izquierda, definieron de manera prístina el escenario de la geopolítica mundial entonces. Y a eso cabría agregar la amplitud de los espacios sociales, ambientales y políticos de maniobra conque contaba entonces el sistema mundial, y de los que carece hoy. Leer más...

sábado, 17 de octubre de 2009

El precio de un país y el hambre en América Latina

El mundo de la revista Forbes, donde los poderosos pueden comprar casi cualquier cosa, incluido un país, es el mundo del paradigma neoliberal. Para nosotros, en cambio, resulta simplemente inaceptable que el destino de nuestros pueblos sea el de someter el sentido de humanidad y la búsqueda del bien común, al poder adquisitivo, la cultura del individualismo y el consumo sin límites.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Fotografía tomada del portal Yahoo)
El portal de internet Yahoo divulgó, en días pasados, un artículo de Keren Blankfeld, de la revista Forbes, titulado “Los países que podría comprarse un multimillonario” (08-10-2009). El texto fue acompañado de una composición de imágenes que muestra el rostro de Bill Gates posado sobre la costa atlántica de Costa Rica. De acuerdo con esta publicación, la fortuna de Gates, estimada en 50 mil millones de dólares, “supera el producto interior bruto (PIB) de 140 países, entre ellos, Costa Rica, El Salvador, Bolivia y Uruguay”.
En el artículo, que parece escrito para los amantes del género pornofinanciero (“Castillos en Francia, islas del Caribe, jets privados... Con un total de 1,27 billones de dólares americanos a su disposición, los miembros de la lista Forbes 400 podrían comprar casi cualquier cosa”), Blankfeld afirma que si se sumara la fortuna de los tres últimos ricos de la lista de Forbes, cercana a los 2900 millones de dólares, “el importe seguiría superando el valor del trabajo de toda la economía de Belice”.
El mundo de la revista Forbes, donde los poderosos pueden comprar casi cualquier cosa, incluido un país, es el mundo del paradigma neoliberal que los medios de comunicación –productores del sentido común dominante de nuestro tiempo- difunden como el mejor y único posible, y el que numerosos políticos, hombres y mujeres, se empeñan en perpetuar.
Para nosotros, en cambio, resulta simplemente inaceptable que el destino de nuestros pueblos sea el de someter el sentido de humanidad y la búsqueda del bien común, al poder adquisitivo, la cultura del individualismo y el consumo sin límites.
El caos que ocasiona un mundo organizado así, en función de los intereses de los ricos y poderosos, fue retratado, con dramática precisión, por la Agencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en su reciente informe: Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe 2009.
Según documenta la FAO, debido al aumento en el precio de los alimentos y la crisis financiera del sistema capitalista global, la cifra de hambrientos y desnutridos en nuestra región aumentó a 53 millones este año. En 2008, esta cifra era de 47 millones de personas.
El problema del hambre no es únicamente un asunto de voluntad política, como lo han intentado presentar algunos gobernantes del G-20 (los países industrializados), sino que está intrínsecamente relacionado con las “formas”, fuerzas e intereses que, históricamente, han organizado y dominado el sistema mundial de explotación/producción, los términos del intercambio desigual entre los países ricos y pobres, los métodos de acumulación capitalista –sobre todo la acumulación por desposesión-, la lógica de la economía de rapiña implícita en las nociones hegemónicas de progreso, desarrollo y su influencia en la definición del tipo de relación del ser humano con el medio natural, a lo largo de ya varios siglos.
José Graziano, director de la FAO para América Latina y el Caribe, en declaraciones consignadas por la Agencia EFE (14-10-2009), explicó otras dimensiones coyunturales del problema: no se trata de que en la región escaseen los alimentos, “sino las oportunidades para acceder a ellos (…) a causa del aumento del desempleo y la ausencia de programas sociales para enfrentarlo (…). No trabajar significa no comer”, lo que afecta especialmente a los más pobres.
Al mismo tiempo, los pequeños agricultores no disponen de recursos para “responder al alza de los alimentos con un aumento de la siembra o la producción debido a que también aumentó el precio de productos importados, como fertilizantes, plaguicidas o semillas”.
Esto podría agravarse en los próximos años, en la medida en que las nuevas reglas de los tratados de libre comercio firmados por muchos de nuestros países limiten, aún más, las posibilidades de los agricultores de adquirir productos e insumos protegidos por leyes de propiedad intelectual, en un contexto de paulatina desaparición de los subsidios y apoyos estatales.
Queda claro, pues, que la solución del problema del hambre exige la transformación radical del sistema económico, social y cultural –el capitalismo neoliberal tardío- que permite, con complicidad indolente de las nuevas oligarquías transnacionales, que en América Latina un solo hombre, el mexicano Carlos Slim, acumule una fortuna de casi 24.000 millones de dólares, mientras 50,6 millones de compatriotas viven en condición de pobreza patrimonial, y otros 5,1 millones en pobreza alimentaria (La Jornada, 03-09-2009).
Este es el desafío de los gobiernos nacional-populares y progresistas de nuestra América: emprender, realmente, un camino alternativo al neoliberalismo basado en la solidaridad, la cooperación, la defensa mutua y la justicia social; inventar o errar; pero mantenerse siempre al lado de los pobres de la tierra.
En definitiva, de lo que se trata es de construir un presente y un futuro dignos para la vida de nuestros pueblos, pero asentados sobre los valores humanos que no tienen precio. Esos que, como dice Eduardo Galeano, “están más allá de cualquier cotización. No hay quien los compre, porque no están en venta. Están fuera del mercado, y por eso han sobrevivido”.
Por supuesto, esos no son los valores de Forbes, Gates o Slim.

sábado, 12 de septiembre de 2009

La cuestionada supremacía estadunidense en América Latina

América del Sur se ha movido hacia la integración, un prerrequisito para la independencia; ha ampliado sus vínculos internacionales y ha empezado a enfrentar sus desórdenes internos, entre los cuales destaca el tradicional dominio de la minoría europeizada pudiente sobre un océano de miseria y sufrimiento.
Noam Chomsky / LA JORNADA
Estados Unidos fue fundado como un imperio infante en las palabras de George Washington. La conquista del territorio nacional fue una gran aventura imperial. Desde los primeros días, el control del hemisferio fue una meta vital.
América Latina ha conservado su primacía en la planeación global de Estados Unidos. Si Estados Unidos no puede controlar a América Latina, no puede esperar lograr un orden exitoso en otros lugares del mundo, declaró el Consejo Nacional de Seguridad del presidente Richard M. Nixon en 1971, cuando Washington estaba considerando el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile.
Recientemente el problema del hemisferio se ha intensificado. América del Sur se ha movido hacia la integración, un prerrequisito para la independencia; ha ampliado sus vínculos internacionales y ha empezado a enfrentar sus desórdenes internos, entre los cuales destaca el tradicional dominio de la minoría europeizada pudiente sobre un océano de miseria y sufrimiento.
El problema se agudizó hace un año en Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, donde, en 2005, la mayoría indígena eligió a un presidente de sus propias filas, Evo Morales.
En agosto de 2008, después de la victoria de Morales en un referendo, la oposición integrada por elites respaldadas por Estados Unidos se tornó violenta, desembocando en la matanza de unos 30 partidarios del gobierno.
En respuesta, la recién formada Unión de Repúblicas Sudamericanas (Unasur) convocó a una reunión cimera. Los participantes –todos los países de América del Sur– declararon su pleno y firme apoyo al gobierno constitucional del presidente Evo Morales, cuyo mandato fue ratificado por una gran mayoría.
Por primera vez en la historia de América del Sur, los países de nuestra región han decidido cómo resolver nuestros problemas, sin la presencia de Estados Unidos, observó Morales.
Otra manifestación: el presidente de Ecuador, Rafael Correa, ha prometido poner fin al uso por parte de Estados Unidos de la base militar de Manta, la última instalación de ese tipo de Estados Unidos en América del Sur.
En julio, Estados Unidos y Colombia firmaron un acuerdo secreto para permitir a Estados Unidos la utilización de siete bases militares en Colombia.
El propósito oficial es contrarrestar el narcotráfico y el terrorismo, pero altos oficiales militares y funcionarios civiles de Colombia familiarizados con las negociaciones revelaron a la Associated Press que la idea es hacer de Colombia un centro para las operaciones del Pentágono.
El acuerdo proporciona a Colombia un acceso privilegiado a abastecimiento militar de Estados Unidos, según informes. Colombia ya es actualmente el mayor recipiente de ayuda militar estadunidense (aparte de Israel-Egipto, una categoría separada).
Colombia ha tenido de lejos el peor historial de derechos humanos en el hemisferio desde las guerras centroamericanas de los años 80. La correlación entre la ayuda de Estados Unidos y las violaciones a los derechos humanos ha sido notada desde hace tiempo por académicos.
La Ap citó también un documento de abril 2009 del Comando de Movilidad Aérea de Estados Unidos, en el que se propone que la base Palanquero en Colombia podría convertirse en locación de seguridad cooperativa.
Desde Palanquero, “casi la mitad del continente puede ser cubierta por un (trasporte aéreo) C-17 sin recargar combustible”, señala el documento. Esto podría formar parte de una estrategia global en ruta que ayude a lograr la estrategia y contribuya a encaminar la movilidad a África.
El 28 de agosto, la Unasur se reunió en Bariloche, Argentina, para analizar la cuestión de las bases militares en Colombia.
Después de un debate intenso, la declaración final subrayó que Sudamérica debe mantenerse como una tierra de paz y que fuerzas militares extranjeras no deben amenazar la soberanía e integridad de ninguna nación de la región. E instruyó al Consejo de Defensa Sudamericano que investigue el documento del Comando Aéreo de Movilidad.
El propósito oficial de las bases no escapó a las críticas. Morales dijo haber sido testigo que soldados de Estados Unidos que acompañan a tropas bolivianas dispararon contra miembros del sindicato de cultivadores de coca.
Así que ahora somos narcoterroristas, continuó. Cuando no pudieron seguir llamándonos comunistas, nos llamaron subversivos, y después traficantes, y terroristas desde los ataques del 11 de septiembre. Advirtió que la historia de América Latina se repite.
La responsabilidad final de la violencia en América Latina yace con los consumidores de drogas ilegales en Estados Unidos, dijo Evo Morales. Si la Unasur enviara tropas a Estados Unidos para controlar el consumo, ¿lo aceptarían? Imposible.
El hecho de que la justificación de Estados Unidos por sus programas antidrogas en el extranjero sea considerada siquiera digna de debate es una ilustración más de la profundidad de la mentalidad imperial.
El pasado febrero, la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y democracia emitió su análisis sobre la guerra contra las drogas de Estados Unidos en las décadas pasadas.
La comisión, encabezada por los ex presidentes latinoamericanos Fernando Cardoso (Brasil), Ernesto Zedillo (México) y César Gaviria (Colombia) llegó a la conclusión de que la guerra contra las drogas había sido un fracaso total y exhortó a un cambio radical de política, alejada de medidas de fuerza en lo interno y en el exterior, y hacia medidas mucho menos costosas y más eficaces de prevención y tratamiento.
El informe de la comisión, como estudios previos y los antecedentes históricos, careció de un impacto detectable. Esta falta de respuesta refuerza la conclusión natural de que la guerra contra las drogas, como la guerra contra la criminalidad y la guerra contra el terrorismo se libran por razones ajenas a las metas anunciadas, que son reveladas por las consecuencias.
Durante el decenio pasado, Estados Unidos ha incrementado la ayuda militar y el adiestramiento de oficiales latinoamericanos en tácticas de infantería ligera para combatir el populismo radical, un concepto que, en el contexto latinoamericano, envía escalofríos a la espalda.
El adiestramiento militar está siendo desplazado del Departamento de Estado al Pentágono, eliminando previsiones de derechos humanos y democracia antes bajo supervisión congresional, siempre débiles pero al menos un disuasivo para los peores abusos.
La Cuarta Flota de Estados Unidos, desbandada en 1950, fue reactivada en 2008, poco después de la invasión de Colombia a Ecuador, con responsabilidad para el Caribe, Centro y Sudamérica, y las aguas que la rodean.
Sus operaciones diversas incluyen el combate al tráfico ilícito, cooperación de seguridad en el teatro, interacción de militares a militares y adiestramiento bilateral y multinacional, detalla el anuncio oficial.
La militarización de América del Sur se alinea con designios mucho más amplios. En Irak, la información es virtualmente nula acerca de las bases militares de Estados Unidos allí, así que debe suponerse que permanecen para proyección de fuerza. El costo de la inmensa ciudad-en-una-ciudad que es la embajada en Bagdad se elevará a mil 800 millones de dólares al año, de mil 500 millones que se habían estimado.
El gobierno de Obama también está construyendo megaembajadas en Pakistán y Afganistán.
Estados Unidos y el Reino Unido están exigiendo que la base militar de Diego García sea exenta de de la zona libre de armas nucleares de África, como lo están las bases de Estados Unidos en zonas similares en el Pacífico.
En pocas palabras, las acciones de un mundo de paz no caen en el cambio en el que puedes creer, para pedir prestado el eslogan de campaña de Obama.

sábado, 5 de septiembre de 2009

El Comando Sur y la IV Flota en el marco de la nueva ofensiva imperialista contra nuestra América

Para consolidar los procesos que se están dando en Nuestra América, creemos imprescindible la depuración y transformación de las fuerzas armadas, su total subordinación al poder civil, que sean salvaguardas de la paz, la adopción de una doctrina de defensa de la soberanía de nuestros países y terminar de una vez para siempre con los cursos, reuniones de adoctrinamiento y maniobras militares con los organismos del Pentágono.
Walter Martínez Alves* / Para CON NUESTRA AMÉRICA
Ponencia presentada al XV ENCUENTRO DEL FORO DE SAO PAULO, realizado del 20 al 23 de agosto de 2009, en Ciudad de México.
En los últimos años, en parte debido a la gran cantidad de tropas que EU ocupa en las empantanadas guerras en Irak y Afganistán, lo que le dificultaría abrir otros focos intervención bélica, el imperialismo parecía haber reemplazado la ocupación militar directa o indirecta en la región, por el dominio político y económico que pretenden ejercer por tratados de libre comercio, el frustrado ALCA, el Plan Puebla Panamá y a través de las corporaciones transnacionales.

Sin embargo, con la agresión y violación a la soberanía de Ecuador el año pasado, la administración Bush llevó a los hechos la estrategia enmarcada en el Plan Colombia y en la reestablecida IV Flota en los mares de Nuestra América. Sabemos que el verdadero objetivo de este tipo de operaciones militares es el control geopolítico de los países de la región, especialmente Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Aunque no hubo intervención militar directa en el frustrado golpe de estado en Bolivia, propiciado por la oligarquía racista y proimperialista, el presidente Evo Morales expulsó al embajador de Estados Unidos Philip Goldberg, al comprobarse su injerencia directa en los hechos.

Ahora con el golpe de Estado en Honduras, instrumentado por sus fuerzas armadas, en conjunción con una de las oligarquías más reaccionarias y entreguistas de Centroamérica, parece reeditarse la trágica experiencia de este recurso imperialista.
Los avances progresistas en Honduras, Nicaragua y El Salvador, afectan los planes geopolíticos de Washington, que buscan conformar en esta zona una plataforma de intervención hacia América del Sur. Son enormes los intereses relacionados con los hidrocarburos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, los inmensos recursos en la cuenca amazónica y el acuífero Guaraní.

Por otra parte, se pretendió asestar un duro golpe a la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) a través de Honduras, el eslabón más débil de ese organismo solidario.

Las empresas trasnacionales, el imperialismo y las oligarquías locales ven peligrar sus intereses y su hegemonía, proponiéndose recurrir a métodos más contundentes de intervención, a los efectos de revertir los procesos antiliberales impulsados por los gobiernos progresistas que han llevado adelante transformaciones radicales, debido a que no lo han podido conseguir por la vía electoral en sus repetidos intentos, a pesar de las enormes campañas mediáticas y recursos financieros por parte de las fuerzas de las derechas locales e internacional.

Lo que confirma la ofensiva conservadora en la región, es el acuerdo que está a punto de firmarse en estos días entre EU y Colombia de 7 bases militares con tropas de EU. Dos bases del Ejército y dos de la Armada, se sumaron a las tres de las Fuerza Aérea, de esta manera las bases de Cartagena, Larandia (Caquetá), Tolemaida (Cundinarca), Málaga, en el Pacífico son las nuevas que se suman a Apiay (Meta), Palanquero (Cundinamarca) y Malambo (Atlántico), todas éstas además de otra docena que ya estaban instaladas en varios países del continente. (* Ver anexo)

Las siete bases militares adicionales de EU en Colombia elevarán el total de bases en el extranjero a 872, lo que refleja la creciente expansión del imperialismo norteamericano a lo largo y ancho del planeta.

Los países de la región ya han reaccionado a la presencia militar estadounidense en América Latina. El rechazo más categórico fue el de Venezuela: “Estas nuevas bases militares constituyen un peligro real y concreto contra la soberanía y la estabilidad de la región sudamericana. Son puntas de lanza del nuevo coloniaje", afirmó el presidente Chávez.
Por otra parte, México, Perú , Panamá y también España, han estado de acuerdo con la instalación de las bases, aduciendo que es una decisión soberana del gobierno de Colombia.

Es claro que estas bases tienen como objetivo principal el control geoestratégico de la región y no el combate contra el narcotráfico, ni mucho menos contra las FARC, cuando el propio Uribe asegura que esa guerrilla está prácticamente desmantelada.

En este contexto intervencionista, la IV Flota, reestablecida el año pasado para tener una mayor presencia naval en el Caribe y América Latina, se va preparando en forma amenazante con el mismo propósito de control regional. Del 19 de abril al 7 de mayo de este año se realizaron los ejercicios navales UNITAS 50-09, en Mayport, Florida.

En este ejercicio naval organizado por la IV Flota, participaron las armadas de Estados Unidos, Brasil, Canadá, Chile, Colombia y Perú. Como observadores, lo hicieron oficiales marinos de Argentina y Uruguay. La armada de México participó por primera vez oficialmente, con la aprobación de la mayoría del Senado, donde inclusive legisladores que se asumen de izquierda votaron a favor. Sólo 14 senadores votaron en contra.

Los voceros de UNITAS dijeron que el objetivo es proporcionar a los países participantes la oportunidad de organizar y llevar a cabo operaciones navales combinadas, como parte de una fuerza multinacional, e incrementar la interoperabilidad y la cooperación, aunque recalcan que con el propósito de combatir el narcotráfico. Sin embargo, es difícil creer que grandes barcos y submarinos puedan emplearse con ese fin. Lo que se trata en realidad, es el control estratégico de la región también por vía marítima.

A principios de este mes en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias se llevó a cabo la Conferencia de Seguridad de Sudamérica, organizada por las Fuerzas Armadas de Colombia y el Comando Sur de Estados Unidos.

Las deliberaciones de la conferencia, se hicieron bajo el título "Futuros retos y misiones de las Fuerzas Armadas de Sudamérica".

"Se buscará estrechar lazos de confianza, cooperación y amistad de las Fuerzas Armadas, y de los comandantes de las Fuerzas Militares de América del Sur y del Comando Sur de Estados Unidos", precisó sobre el evento el comandante de las Fuerzas Militares de Colombia, general Freddy Padilla.

Al encuentro fueron convocados comandantes generales y oficiales de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Estados Unidos. (** Ver anexo)
Nuestra gran preocupación es que varios gobiernos progresistas emanados e integrados en todo o en parte, por partidos que pertenecen a este Foro, en cuyos países no han cicatrizado aún las profundas heridas provocadas en sus pueblos gracias a la aplicación de la “Doctrina de Seguridad Nacional” e instrumentada por la siniestra “Operación Cóndor”, siguen enviando a sus militares subordinados a participar y a reunirse con organismos del Pentágono, con dignas excepciones como las de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Como por razones de tiempo no podré referirme a todos los casos, pero en particular, como representante del Comité de Base del Frente Amplio de Uruguay en México en el Movimiento de Solidaridad Nuestra América, no podemos dejar de preocuparnos por la participación en este encuentro del Ministro de Defensa, José Bayardi y el Comandante en Jefe del Ejército de Uruguay, General Jorge Rosales.

Tal vez el gobierno tenga sus razones de Estado, que no conocemos, pero es difícil entender y explicar cuales pudieron haber sido aquéllas, para enviar una delegación convocada por el Comando Sur y las fuerzas armadas de Colombia, mientras por otro lado, en un comunicado de prensa, ante la visita del presidente Uribe a Uruguay, el presidente Tabaré Vázquez manifestaba acertadamente, una posición “contraria a la existencia o establecimiento de bases militares extranjeras, no sólo en el país, sino también en cualquier territorio de América Latina”.

Por otra parte, no se han tenido en cuenta lineamientos emanados del V Congreso Extraordinario del Frente Amplio, realizado en diciembre pasado, donde se aprobó por amplísima mayoría lo siguiente:

“Nuestro país deberá participar en el Consejo Sudamericano de Defensa, creado en ese ámbito. Significa un gran avance y deberá constituirse en un foro de consulta y debate sobre los temas de Defensa, que sirva para mantener a nuestro continente como zona de paz. Se buscará la elaboración de una doctrina sudamericana que favorezca el mando civil sobre las cuestiones de Seguridad y Defensa. En consecuencia no participaremos en actividades convocadas por el Comando Sur u otras agencias y organismos de EEUU. Cabe asimismo reafirmar el rechazo a la presencia de la IV Flota de los EEUU en las aguas de Nuestra América”

¿Qué de bueno se puede esperar para nuestros pueblos que las fuerzas armadas de Nuestra América vayan a estrechar “lazos de confianza, cooperación y amistad” con el Comando Sur, como lo hicieron recientemente en Cartagena de Indias?

¿O acaso el imperialismo ha cambiado y ahora instruye a los militares de Nuestra América, para que se porten bien y no apoyen a golpes de Estado?

¿O será una excepción o algo fuera del control del Comando Sur que los militares hondureños entrenados en la base norteamericana de Soto Cano hayan asestado el repudiable golpe de estado en Honduras?

Creemos oportuno recordar las ideas expresadas por uno de los más importantes ideólogos del imperialismo, donde se destacaban los temas del adoctrinamiento y el control político y militar por sus propias fuerzas armadas.

El secretario de Estado Mac Namara decía en 1964: “El mayor rendimiento de nuestras inversiones de ayuda militar proviene del adiestramiento de oficiales seleccionados y formados en nuestras escuelas militares y centros de adiestramiento en Estados Unidos. El principal objetivo del Pentágono consiste en el desarrollo permanente de las fuerzas militares y paramilitares locales, con el fin de lograr, conjuntamente con las fuerzas policiales el necesario poder interno”.

Nos preguntamos si se conoce alguna modificación en esta concepción estratégica imperialista o si está todavía vigente. De acuerdo a los últimos acontecimientos, todo parece indicar que la respuesta es la segunda.

La estrategia del imperio siempre ha sido la de procurar conformar unas fuerzas armadas latinoamericanas organizadas, equipadas y entrenadas para ser utilizadas como ejércitos de ocupación de sus propios pueblos.

Actualmente es evidente la existencia de importantes contradicciones entre el equipo de Obama y el grupo más conservador del poder imperial ante el golpe en Honduras, como sucede ante otros asuntos internacionales, pero aunque puedan diferir en las formas y plazos, el objetivo es impedir el desarrollo autónomo de los países de Nuestra América.

Percibimos que lo que se trata en esta nueva ofensiva imperialista, es de asestar un duro revés a la unidad e integración de Nuestra América, intentando acosar y desestabilizar a los gobiernos de los países que más avanzan en el proyecto bolivariano, basados en regímenes democráticos que se proponen construir sociedades independientes, soberanas, más justas, igualitarias y solidarias.

A través de los partidos participantes en este Foro, reclamamos a los gobiernos democráticos de Nuestra América tomar todas las medidas necesarias para evitar que elementos de sus fuerzas armadas tengan vínculos con organismos del Pentágono, especialmente el Comando Sur y la IV Flota.

Para consolidar los procesos que se están dando en Nuestra América, creemos imprescindible la depuración y transformación de las fuerzas armadas, su total subordinación al poder civil, que sean salvaguardas de la paz, la adopción de una doctrina de defensa de la soberanía de nuestros países y terminar de una vez para siempre con los cursos, reuniones de adoctrinamiento y maniobras militares con los organismos del Pentágono.

Un ejemplo a estas propuestas, es la “Doctrina Militar Bolivariana” que se imparte en los cursos de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Venezuela, donde fueron erradicados de sus planes, la doctrina militar imperialista.

Otro de los aspectos importantes a considerar, sería la formación de milicias populares, que en forma complementaria a unas fuerzas armadas conformadas en una nueva doctrina, serían los mejores garantes en la defensa de la soberanía de nuestros países.

Nos parece positivo el proyecto del Consejo Sudamericano de Defensa, propuesto por los presidentes Lula y Chávez, aunque con diferentes visiones, siempre y cuando sea para consolidar una identidad sudamericana en términos de defensa, basada en los principios de soberanía, no intervención, democracia e integridad territorial y con una concepción antiimperialista.

ANEXOS
(*) Bases de Estados Unidos en América Latina y el Caribe que ya existían:
Guantánamo, Cuba; Soto Cano ( Palmerola), Honduras; Comalapa. El Salvador; Tres Esquinas, Colombia; Iquitos, Perú; Reina Beatriz, Isla de Aruba (Protectorado de Holanda); Curacao, Isla de Curacao (Protectorado de Holanda); Liberia, Costa Rica; Florencia, Dpto. de Caquetá, Colombia; Fort Buchanan, Puerto Rico; Mariscal Estigarribia, Paraguay.
(**) Entre los altos mandos militares convocados por el Comando Sur al encuentro en Cartagena de Indias fueron: el comandante del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos, general Douglas Fraser; el presidente de la Junta Interamericana de Defensa, teniente general José Roberto Machado E. Silva y el viceministro de Seguridad Pública del Ministerio de Gobierno y Justicia de Panamá, Alejandro Garuz Recuero, el ministro de Defensa Nacional de Uruguay, José Bayardi ; el jefe del estado mayor conjunto de las Fuerzas Armadas de Argentina, Jorge Alberto Chevalier; el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional de Chile, general Alfredo Ewing Pinochet; el jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Perú, general de Ejército Francisco Javier Contreras Rivas, el jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Paraguay, brigadier general Rogelio Torales y el comandante en Jefe del Ejército de Uruguay, general de Ejército Jorge Washington Rosales Sosa.
* Brig. Gral. (R) Walter Martínez Alves es miembro del Movimiento de Solidaridad Nuestra América (México)

sábado, 15 de agosto de 2009

La guerra mediática en América Latina

No perder de vista esta nueva dimensión de la lucha política, a saber, "la guerra mediática" o el "terrorismo mediático", es una condición necesaria para comprender la naturaleza y tendencias de muchos de los conflictos y disputas -culturales e ideológicas- que se desarrollan hoy en América Latina.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
Recientemente, el Grupo Nación S.A. de Costa Rica, a través de su diario insignia La Nación, lanzó una furiosa diatriba –una vez más- contra la Revolución Bolivariana y el gobierno del presidente Hugo Chávez, por lo que consideran un tratamiento lesivo que se da a los medios de comunicación “independientes” en Venezuela. Pero esta vez incluyó una variante. En su editorial del 11 de agosto, entre los ya oficiosos y recurrentes argumentos de las derechas latinoamericanas, La Nación dio cátedra de ciencia política cuando sentenció que “la democracia es mucho más que el voto y solo brilla a plenitud cuando se preocupa por la protección de las minorías”.
Por supuesto, se trata de una definición de la democracia manejada a conveniencia, pues los editorialistas de ese diario no la aplican por igual para juzgar y “formar opinión pública”, por ejemplo, sobre al golpe de Estado contra el presidente legítimo de Honduras, Manuel Zelaya: desde el día 28 de junio, cuando se rompió el orden constitucional, ese grupo de empresarios del periodismo no ha dedicado uno solo de sus editoriales a condenar y atacar -con la misma virulencia con la que se refiere a los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua o Cuba- la brutal represión contra el pueblo hondureño, los asesinatos y las numerosas violaciones a los derechos humanos cometidas por los golpistas que lidera Roberto Micheletti, y que han sido documentadas por organizaciones no gubernamentales, la comisión especial de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Relatoría de Libertad de Expresión de la ONU.
Este peculiar concepto de la democracia, usado a conveniencia, también se aplica a lo que ocurre, por mencionar otro ejemplo, en el para-estado colombiano. La Nación guarda silencio absoluto sobre el secuestro del Dr. Miguel Ángel Beltrán en México y su traslado ilegal a Bogotá, y ni siquiera chista por la persecución de estudiantes, intelectuales, dirigentes sindicales y activistas de la sociedad civil en Colombia: minorías indefensas frente al poder político, judicial y mediático concentrado en la figura de Álvaro Uribe, y los factores nacionales y extranjeros que lo sostienen en el Palacio de Nariño.
El problema no solo es que un medio –La Nación o cualquier otro- omita, deliberadamente, informar a sus lectores sobre estos hechos, sino que lo haga con evidentes objetivos políticos, mientras se viste con el disfraz de la defensa de la libertad de expresión y la democracia. Aquí, el silencio del medio deja de ser simple expresión de su ideología e intereses específicos (realidad con la que debemos lidiar en democracia), para adoptar la forma de una abierta manipulación de la opinión pública por la vía de la desinformación.
Esta situación a la que nos referimos, se presenta en Costa Rica y en toda la región latinoamericana. En un reportaje publicado a finales del 2002 por Le Monde Diplomatique, el periodista Luis Bilbao analizó el papel de los más poderosos diarios, televisoras y radioemisoras venezolanas en el golpe de Estado cometido contra el presidente Chávez, en abril de ese año, y concluyó que “los medios de comunicación en Venezuela dejaron de reflejar e interpretar los acontecimientos para pasar a diseñarlos según su voluntad, imponerlos como realidad virtual y luego conducirlos. La osada operación ha fallado. Pero deja hondas y peligrosas heridas en la sociedad venezolana e inaugura una fase singular de la lucha política, más allá de aquel país y del presidente Hugo Chávez”.
No perder de vista esta nueva dimensión de la lucha política, a saber, la guerra mediática o el terrorismo mediático, es una condición necesaria para comprender la naturaleza y tendencias de muchos de los conflictos y disputas -culturales e ideológicas- que se desarrollan hoy en América Latina.
En el contexto de la globalización neoliberal, los medios de comunicación hegemónicos constituyen uno de los principales “aparatos” de producción de consenso y de reproducción del “sentido común” dominante y de la cultura de masas. Ahora, además, ante el fracaso y la deriva de muchos de los anquilosados partidos políticos latinoamericanos (devenidos en maquinarias electorales y “feudales”), se han convertido en bastiones de la oposición a los procesos de cambio social, político y cultural.
Conglomerados como Televisa, de México; O’ Globo, de Brasil; Clarín, de Argentina; el Grupo Cisneros, de Venezuela; la Casa Editorial El Tiempo, de Colombia; y hasta el español Grupo Prisa, son algunos de los principales portaestandartes de la contraofensiva de la derecha. Sus “contenidos informativos independientes” inundan los noticiarios, revistas, diarios, programas televisivos y radiofónicos de sus empresas de comunicación aliadas (satélites) en nuestros países.
Se trata de un fenómeno que profundiza rasgos históricos del desarrollo de la comunicación social, y particularmente del espacio audiovisual, en América Latina, que desde mediados del siglo XX se fue configurando como una estructura oligopólica, asociada al capital extranjero e íntimamente ligada al sistema político (incluso bajo las dictaduras militares), pero que no era representativa de la población, ni expresaba las aspiraciones más profundas y la diversidad cultural de nuestros pueblos. Como bien lo dijo una vez Jesús Martín Barbero, destacado teórico de la comunicación, estos grupos económicos pretendían –y pretenden- “hacer soñar a los pobres el mismo sueño de los ricos”.
Oligarquías decimonónicas, racistas y antidemocráticas; banqueros, financistas, cámaras patronales y empresas transnacionales que aguardan la oportunidad de dar el zarpazo a los recursos naturales de la región; y junto a ellos, una infaltable constelación de figuras de eso que Atilio Borón llama la intelectualidad bienpensante, se acuerpan tras los grandes medios de comunicación y sus modernos sistemas tecnológicos de difusión electrónica, televisiva, radial e impresa.
Una pantagruélica maquinaria que se alimenta de inmensas cantidades de dinero provenientes del jugoso pastel de la publicidad (los negocios que sirven para hacer más negocios) y, especialmente, del miedo: miedo de los opresores que ven levantarse a los oprimidos de ayer, reclamando el derecho de construir su destino; y miedo de los dueños de todo, frente a los olvidados y excluidos de siempre, dueños de nada, que con sus luchas van haciendo cada vez más fuerte aquella gran humanidad que ha dicho: ¡basta!, y que ahora marcha por nuestra América.

domingo, 9 de agosto de 2009

¿Bye bye Consejo Sudamericano de Defensa?

Con una simple maniobra diplomática Estados Unidos demostró que el recientemente creado Consejo Sudamericano de Defensa (CSD) de inspiración brasileña es, hasta ahora, un tigre de papel.
(Fotografía: Álvaro Uribe en su visita a Brasil, para dar su versión sobre el uso de bases militares en Colombia por parte de militares estadounidenses).
Juan Gabriel Tokatlian * / Página12
Todo indica que Estados Unidos podrá utilizar varias bases militares en Colombia. El acuerdo, a sellarse próximamente, se ha presentado en Bogotá como continuación y complemento de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y en Washington como sustitución de la base de Manta, en Ecuador –que EE.UU. debe abandonar este año–, y como localizaciones para llevar a cabo “operaciones contingentes, logística y entrenamiento”, de acuerdo al lenguaje del Pentágono.
Visto desde la situación concreta de Colombia, no existe ningún interés nacional en juego en este tema: los avances del Estado frente a los distintos actores armados han sido relevantes; los vecinos ideológicamente más antagónicos no han usado ni amenazan usar la fuerza contra el país; los vecinos más comprensibles con la situación interna no agreden a Colombia ni insinúan hacerlo; las naciones de Sudamérica no han mostrado conductas oportunistas –avanzar sus propios objetivos en desmedro de los nacionales– contra Bogotá ni antes ni ahora; y el hemisferio en su conjunto está procurando dejar atrás la dinámica costosa y agresiva de la Guerra Fría.
Sin embargo, el nuevo compromiso bilateral puede analizarse y evaluarse desde otras perspectivas. Una de ellas es desde la óptica de Estados Unidos y desde el prisma de la geopolítica global y regional. En ese sentido, hay un conjunto de presupuestos básicos que no se han alterado con la llegada al gobierno del presidente Barack Obama.
- En las últimas dos décadas –y en particular, después del 11-S– se ha producido un desbalance notable entre el componente militar y el componente diplomático en la política exterior de Estados Unidos. La militarización de la estrategia internacional de Washington ha implicado un desproporcionado gasto en defensa –en relación con cualquier potencial adversario individual o hipotética coalición de desafiantes, y en comparación a lo destinado a la diplomacia convencional–, una desmesurada y peligrosa preponderancia burocrática en el proceso de toma de decisiones, y una ascendente autonomía frente a los civiles en la política pública del país.
- En ese contexto, desde mediados de los noventa el Comando Sur se ha ido transformando en el etnarca militar de Estados Unidos para el Caribe y América latina. Estacionado en la Florida, el Comando Sur tiende a comportarse como el principal interlocutor de los gobiernos del área y el articulador cardinal de la política exterior y de defensa estadounidense para la región. El perfil proconsular del Comando Sur se observa y comprueba mediante el análisis empírico del vasto conjunto de iniciativas, acciones, desembolsos, ejercicios, datos y manifestaciones que diseña y ejecuta en torno de las relaciones continentales. El restablecimiento de la IV Flota es apenas uno de los últimos indicadores de una ambiciosa expansión militar en la región que no contó con ningún cuestionamiento del Departamento de Estado ni de la Casa Blanca.
- En ese sentido, el uso de varias instalaciones militares en Colombia le facilita al Comando Sur lograr parte de su proyecto proconsular: ir facilitando –naturalizando– la aceptación en el área de un potencial Estado gendarme en el centro de América del Sur. El mensaje principal es para Brasil y no para Venezuela. Más allá de las coincidencias políticas y de negocios entre Brasilia y Washington, Estados Unidos buscará restringir al máximo la capacidad de Brasil en el terreno militar y buscará acrecentar su propia proyección de poder en la Amazonia.
Ahora bien, con una simple maniobra diplomática Estados Unidos demostró que el recientemente creado Consejo Sudamericano de Defensa (CSD) de inspiración brasileña es, hasta ahora, un tigre de papel. América del Sur, una región donde no existen amenazas letales a la seguridad estadounidense, no hay países que proliferen nuclearmente, no se divisan terroristas transnacionales de alcance global que operen contra intereses de Washington, es una de las más pacíficas del mundo, tiene regímenes democráticos en todos los países y posee, conjuntamente, un bajo nivel de antiamericanismo, no podrá discutir por qué Estados Unidos necesita usar bases militares de Colombia. Ni Bogotá acepta debatir el tema –y de allí el despliegue de diplomacia presidencial bilateral de estos días del presidente Alvaro Uribe– ni Washington necesita explicar su política a la región. En todo caso, el consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el general retirado James Jones, ya visitó Brasilia y le informó al gobierno del presidente Lula la decisión de su gobierno.
En la medida en que América del Sur siga creando instituciones que no pueden abordar los temas centrales de la región, resultará evidente su nivel de fragmentación y su incapacidad de asumir los desafíos principales del área. Caracas y aun Brasilia pueden vivir con ello; para Argentina es funesto. Dado que Buenos Aires no es un interlocutor clave (ya sea por amistad u oposición) de Washington, carece de una visión estratégica desde hace años, ha perdido influencia en Sudamérica y no aporta a una mejor institucionalización regional. La situación del país es todavía más delicada: el fallido nacimiento del CSD es muy costoso para Argentina.
* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella y miembro del Club Político Argentino